REALPOLITIK | 27 de septiembre de 2009
En la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, una noticia recorrió el país y el mundo: la marina japonesa atacó la flota estadounidense anclada en la base naval de Pearl Harbor, Hawai. El ataque duró dos horas y destruyó 13 buques de guerra y 188 aeronaves.
En plena II Guerra Mundial, inmediatamente, el presidente Franklin Delano Roosevelt anunció que Estados Unidos se lanzaría a la guerra, una guerra de autodefensa contra el expansionismo del imperio japonés. En ese entonces afirmó: "Nuestro pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses están en grave peligro. He pedido que el Congreso declare que desde que Japón lanzó este cobarde ataque sin provocación alguna el domingo 7 de diciembre, ha existido un estado de guerra entre Estados Unidos y el imperio japonés".
LA OTRA HISTORIA
Paralela y contrariamente, voces no oficiales aseguran que los Estados Unidos habían interceptado los mensajes japoneses y sabían del ataque inminente antes de que sucediera, pero no hicieron nada porque ellos querían que Japón hiciera el primer disparo, ¿con qué objetivo?
El entonces secretario de Estado Henry Stimson dijo al Congreso, después de la guerra, que el gobierno de los Estados Unidos quiso manipular a Japón para que "hiciera el primer disparo, para obtener el completo apoyo del pueblo estadounidense" para la entrada del país en la guerra. Esto resulta consecuente si se analiza el posterior inusitado interés del pueblo norteamericano en ir a la guerra, cuando minutos antes del atentado se volcaban mayor y abiertamente en contra de incursionar en el conflicto armado.
Después del ataque a Pearl Harbor, en el que más de dos mil soldados estadounidenses perdieron su vida, el gobierno norteamericano y los medios noticiosos iniciaron una campaña histérica contra los japonés-americanos. El presidente Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que internó a más de 120 mil japonés-americanos en campos de concentración.
El ataque del Pearl Harbor fue usado también para justificar el tirar bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, costándole la vida a más de 200 mil personas.
Otrora, el presidente Truman justificó el bombardeo atómico sobre la premisa de que salvó vidas al propiciar un fin más rápido de la guerra. Pero Japón estaba ya listo para rendirse antes de que las bombas fueran lanzadas. Así lo observó el General Mayor Curtis LeMay en septiembre de 1945: "La bomba atómica no tuvo nada que ver con el fin de la guerra".
La razón verdadera por Hiroshima y Nagasaki era demostrar a Rusia y al resto del mundo el poder impresionante de la nueva arma de terror en masa de los Estados Unidos.
Los paralelos entre el Pearl Harbor y el reciente ataque a las Torres Gemelas nos conducen a hacernos la misma pregunta propuesta por Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair. "¿Se supone que nos creamos que el presupuesto anual de 30 billones de dólares en inteligencia, la inmensa capacidad de espionaje electrónico y miles de agentes alrededor del mundo, produjeron nada en la forma de una advertencia?".