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Rosas y la Gran Bretaña: Relación mítica y ambivalente

REALPOLITIK | 30 de abril de 2017
Por: Sabino Mostaccio

La relación entre Juan Manuel de Rosas y el Reino Unido de Gran Bretaña sigue dando mucha tela para cortar, aun en nuestra época. La misma figura de Rosas sigue envuelta en un controversial manto de niebla. Héroe para muchos, villano para otros; sin embargo debemos coincidir en que no deja a nadie indiferente su semblante. Y es la relación con los “ingleses” quizá uno de los puntos más espinosos de su vida, que vaya casualidad, se ve tocada por la sombra de Albión en los momentos claves.

Hijo de hacendados, descendiente de funcionarios y militares españoles, Juan Manuel de Rosas nació en Buenos Aires en 1793. Su educación formal fue reducida, pese a la fortuna de sus padres y se basó más que nada en los temas agrarios, ya que pasó parte de su infancia en las estancias familiares de la campaña bonaerense. Pero en 1806 y 1807, la vida de Rosas fue sacudida por las Invasiones Inglesas. El joven adolescente se presentó como voluntario junto a sus primos y hermanos para combatir a los invasores. Sirvió en una batería de artillería bajo el mando de Santiago de Liniers y luego, de Martin de Alzaga.

Pese a distinguirse en la lucha y ser tentado por la carrera militar, el joven Rosas abandonó la vida pública y se retiró al campo, para ayudar a su padre con la administración del patrimonio familiar. Al morir su padre heredó parte de las estancias familiares y hasta la década de 1820 hizo grandes negocios como proveedor de los ejércitos patrios que luchaban por la Independencia. Comenzó, también, a tratar con mercaderes británicos. A fines de 1820, preocupado por la inestabilidad política que reinaba en la provincia, armó su propio ejército privado, los “Colorados del Monte”, por su uniforme rojo punzó. Estaba integrado por gauchos, indígenas y veteranos de la guerra de Independencia, y armado con pertrechos británicos.

Intervino en política por primera vez al imponer a Martin Rodríguez como gobernador provincial, y ayudó a Buenos Aires a hacer las paces con las provincias vecinas. Pasó el resto de la década dedicado a sus negocios rurales, a la familia y a reorganizar sus milicias, que se encargaron de defender la frontera provincial. La guerra con Brasil le dio la oportunidad de hacer grandes negocios como proveedor militar, pero las desacertadas políticas del presidente Bernardino Rivadavia y el bloque del puerto de Buenos Aires por la armada brasileña lo enfrentan al gobierno y lo acercan al bando federal.

En 1828, apoyó a Manuel Dorrego como gobernador provincial, pero discrepó con él acerca de dos puntos: la oposición a los unitarios y la relación con Gran Bretaña. Rosas quería mano dura con los unitarios y una relación más cercana con el Reino Unido, ya que creía que beneficiaria el comercio provincial y sus negocios.

En 1829, tras la muerte de Dorrego y el estallido de la guerra civil entre unitarios y federales, Rosas pegó el salto a la política y fue elegido gobernador bonaerense. Allí empezó una relación especial con los británicos, cuyo apoyo fue decisivo para la victoria federal en esta primera etapa de la guerra civil -en armas, dinero y apoyo político-. Rosas incluso fue fervoroso defensor del libre comercio con Europa y Gran Bretaña, en contra del deseo de muchos de sus camaradas del bando federal argentino.

Retirado de la política al vencer su mandato, en 1833 realizó su “campaña al Desierto” contra de los indígenas hostiles de la Patagonia y la Pampa. Logró un gran éxito ampliando la frontera provincial, y en su campamento acogió a un joven inglés, el naturalista y estudioso Charles Darwin, quien lo acompañó en parte de su expedición y lo ayudó a estudiar el territorio.

Vuelto a la política en 1835, ante la amenaza de una nueva guerra civil, asumió su segundo período de gobierno dando un vuelco a su política económica hacia el proteccionismo, rompiendo la tradición porteña. Los comerciantes británicos al principio no se molestaron mucho, ya que su principal mercado en América del Sur era Brasil y sus negocios en la actual Argentina aun no tenían mucho volumen. Aparte, Rosas garantizó a los ingleses residentes en Buenos Aires privilegios de extraterritorialidad vastos, como la exención de tributos y del servicio militar.

Pero las intromisiones de Rosas en la política de los países vecinos, como Uruguay y Bolivia, incomodaron a sectores de la política británica, que creían que estaba saliéndose de control. Al llegar los conservadores al gobierno británico en 1842, empezó a enfriarse la relación con Rosas hasta que en 1845, el Reino Unido da un ultimátum exigiendo la libre navegación de los ríos interiores argentinos, la vuelta del libre comercio y el retiro de las tropas de Rosas acantonadas en Uruguay. Tras la negativa de Rosas y el inicio del bloque naval, ocurrió el emblemático episodio de la Vuelta de Obligado, donde si bien la flota anglo-francesa no fue detenida, se elevó la moral de las tropas argentinas y se produjo el desprestigio de la pretensión británica.

Ambas partes, agotadas por el conflicto, debieron negociar una tregua y luego la paz, que se materializó -en el caso del Reino Unido- con el tratado Arana-Southern (1848). Empezó a recomponerse la relación y se volvió al libre comercio, pero las otras demandas británicas fueron descartadas, logrando Rosas una paz favorable y ganándose el respeto de los británicos, que aceptaron en silencio las condiciones de una nación periférica.

Tras su traumática expulsión del poder en 1852, debido a la rebelión del gobernador de Entre Ríos Justo José de Urquiza, Rosas partió al exilio con sus dos hijos. Gran Bretaña fue el destino que lo acogió con brazos abiertos. Allí pasó los últimos años de su vida llevando una existencia sencilla como agricultor, siendo ocasionalmente ayudado por familiares y por amigos de la alta nobleza británica.

En su entrevista con el joven periodista Adolfo Saldias -que después sería el primer historiador de la corriente revisionista- hacia 1870, Rosas intentó explicar su relación con Gran Bretaña diciendo que para él ayudaba a estabilizar y poner en marcha el país. Se vanagloriaba de que los gobiernos siguientes hubieran continuado su política, pero también advertía la necesidad de marcar un límite y de buscar una relación madura, evitando la sumisión exagerada al Imperio Británico, lo cual no fue entendido por muchos de sus sucesores.

Rosas murió en 1877 y sus restos permanecieron en suelo británico hasta ser repatriados en 1990. Ningún gobierno argentino se preocupó por los mismos, hasta que a mediados del siglo XX el peronismo comenzó a revalorizar su figura. No obstante, el velo sobre su relación ambivalente con Gran Bretaña sigue hasta el día de hoy, cubriendo su memoria. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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