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19 de mayo de 2019 | Historia

Todos Unidos ahorraremos

Perón y el plan Económico de Austeridad de 1952

Hace muchos años, el ahorro era considerado como la “base de la fortuna”. Para reafirmarlo, un congreso internacional reunido en Milán (Italia), en 1924, proclamó al 31 de octubre como “día internacional del Ahorro”. 

La necesidad de fomentar esta práctica en el marco de los procesos de recuperación de las economías gravemente dañadas por la primera guerra mundial, gravitó en esta decisión. Casi una década antes, en 1915, fue creada en nuestro país la Caja Nacional de Ahorro Postal, con el fin de fomentar los hábitos de ahorro. Sin embargo, sólo durante el segundo gobierno de Juan Domingo Perón el ahorro sería proclamado como una política de estado, en el marco del segundo plan quinquenal.

TIEMPOS DIFÍCILES

En 1951, una amplia mayoría renovó el mandato de Juan D. Perón en las elecciones presidenciales, plebiscitando así su gestión durante la primera presidencia. Sin embargo, las variables económicas presentaban oscuros nubarrones sobre el futuro de la sociedad argentina. Dos años sucesivos de sequía en la pampa húmeda redujeron sustancialmente el excedente exportable, lo cual provocó una significativa disminución de las reservas. Para peor, la política de boicot de los EEUU restringía los mercados potenciales para los productos argentinos y nos privaba del aprovisionamiento de los repuestos indispensables para una industria que comenzaba a ver limitada su capacidad operativa, debido al desgaste provocado por los récords de producción de los años previos.

Los indicadores son contundentes: la inflación se disparó en 1951, hasta alcanzar un 37 por ciento, el P.B.I. cayó un 6,1 por ciento en 1952 a consecuencia de la pronunciada baja de las exportaciones y el aumento de la importación de combustibles. La balanza comercial fue deficitaria, pasando de 2.000 a 3.000 millones de pesos entre 1951 y 1952, lo cual significó una reducción de una tercera parte de las reservas internacionales.

Obligado por las circunstancias, Perón decidió dar un golpe de timón en la orientación de su política económica del primer plan quinquenal, que privilegiaba el consumo interno, tomando una serie de medidas para superar la crítica coyuntura, a las que dio una matriz orgánica a través del plan Económico de Austeridad lanzado en febrero de 1952. En su convocatoria, el presidente instaba a los argentinos a realizar un esfuerzo solidario para superar la situación adversa, contribuyendo en el incremento de la productividad y la reducción de los consumos innecesarios, para favorecer el ahorro. Asimismo, apuntaba a aumentar la producción agropecuaria, reducir las importaciones y multiplicar las exportaciones.

La austeridad solicitada no implicaba sacrificar los consumos imprescindibles, sino suprimir el derroche y los gastos innecesarios. Si a esta “política le agregamos un aumento sólo del 20 por ciento en la producción solucionaremos: el problema de las divisas, parte del problema de la inflación y consolidaremos la capitalización del país”.

Perón repartía las responsabilidades para el éxito del plan del siguiente modo: el 50 por ciento correspondía al gobierno, el 25 por ciento a mutuales, cooperativas y sindicatos y el 25 por ciento a la acción popular en defensa de la economía hogareña. En este último segmento, las familias, y en especial las mujeres -“organizadoras del consumo” familiar-, debían jugar un rol esencial: “de su acción de todos los días –sostenía la publicación Mundo Peronista- depende en gran parte el éxito de nuestros planes. La mujer debe conocerlos, comprenderlos, ejecutarlos y vigilar por sí su ejecución. Estamos persuadidos de que desde mañana tendremos en cada mujer argentina una cooperadora económica”.

LA ÉTICA DEL AHORRO

A fin de superar la crítica coyuntura, Perón detalló algunas de las acciones que debían desarrollarse, a fin de convertir al ahorro en una política de estado. Perón recomendaba que las mujeres economizaran en las compras, adquirieran y consumieran lo imprescindible, evitaran descartar alimentos utilizables, no abusaran de las compras de vestuario y concurrieran a aquellos lugares donde los precios fueran menores, como ferias, mutuales, proveedurías gremiales o cooperativas. También solicitaba denunciar al comerciante inescrupuloso o al agiotista, considerados como enemigos declarados del bienestar de la comunidad.

Por cierto, no era la primera vez que el peronismo convocaba a las mujeres como defensoras primordiales de los ingresos familiares. En efecto, un mes antes de que Perón asumiera su primer mandato presidencial, en 1946, Evita dio un discurso para anunciar una campaña “pro abaratamiento de la vida”, con el fin de incrementar el rendimiento del salario de los trabajadores. Sin embargo, la coyuntura económica era muy diferente, y la iniciativa naufragó en medio de la abundancia.

En 1952 y 1953 las cosas habían cambiado: ahora la consigna era ahorrar, y esa urgencia atravesaba el discurso de Evita, al ponerse a la cabeza de la campaña, destacando el rol primordial asignado a la mujer, esas “anónimas heroínas del hogar humilde” que habían pasado a desempeñar un nuevo rol protagónico en el marco del proyecto nacional: “No podemos excluir a la mujer argentina de esta responsabilidad social y menos a las mujeres peronistas, que además representamos la esencia viva y fecunda del autentico pueblo argentino. Por eso queremos asumir y asumimos, nuestra responsabilidad en la patriótica tarea común… El general Perón ha reclamado la colaboración de su pueblo en este momento especial de la vida económica argentina”.

Las instituciones públicas inmediatamente se sumaron a la iniciativa, produciendo y repartiendo cartillas con consejos y sugerencias. Los noticieros, la prensa escrita y la radiofonía divulgaban comidas económicas y proporcionaban recetas alternativas que excluían la utilización de carne vacuna, a fin de reducir su consumo interno. También en unidades básicas y asociaciones se dictaban cursos de cocina, a los fines de diversificar la dieta y aprender a utilizar los productos de estación.

De este modo, la pericia en la preparación de la comida a bajo costo y con alto valor alimenticio pasó de ser una práctica rutinaria y tradicional a convertirse en una cualidad patriótica. La nueva dieta, rica en frutas, verduras, hortalizas y pescados, era recomendada por el ministro de Salud, Ramón Carrillo, quien destacaba su contribución a la mejora de los hábitos alimenticios, mientras el ministro de Agricultura, Carlos Emery, instaba a que el ejército cediera parte de sus tierras para obtener productos agrícolas a bajos costos.

Tampoco faltaban las publicaciones de la caja de ahorro que enseñaban a organizar el presupuesto familiar, distribuyendo tareas entre el ama de casa (medicinas, educación, alimentos, alquiler y esparcimiento) y el jefe de familia (periódicos, transporte y comidas en su lugar de trabajo).

Según se ha indicado, en la asignación de funciones dentro del grupo familiar, la responsabilidad principal era asignada a la mujer, definida por Perón como una fundamental “cooperadora económica”. Los niños también eran convocados a participar activamente de la empresa comunitaria. En este caso, los libros escolares como Obreritos o Patria Justa divulgaban los hábitos de ahorro. La revista Mundo Infantil lo adoptó como tema prioritario, creándose personajes como Don Derrochin o Maese Ahorrín, y la Libreta de Ahorros fue reconocida socialmente como indicador de educación y de responsabilidad social hacia el futuro. “Para todos es necesario el ahorro -sentenciaba su contratapa-, y para todos es posible”, al tiempo que los estimulaba a reemplazar el consumo de golosinas por el de estampillas.

A los hombres se les solicitaba evitar los gastos superfluos, limitar la concurrencia a los cabarets, al hipódromo y a las salas de juego, privilegiando la satisfacción de las necesidades esenciales. Desde Mundo Peronista, Raúl Mendé los instaba a desempeñar un rol más comprometido con la situación crítica que atravesaba la Nación: “¿A usted no se le ha ocurrido que como representante del movimiento en su barrio o su pueblo, usted tiene la obligación de hacer algo para que las ideas de Perón se conozcan en toda la zona de su influencia? Entonces, ¿qué hace que no se mueve? Por ejemplo, realizar reuniones con los jefes de familia afiliados a su unidad y explicarles el plan, discutirlo y ver qué va a hacer cada uno. Al cabo de algún tiempo reunirse nuevamente para analizar qué había hecho cada uno”.

E incluso iba mucho más allá, al rematar: “Si a usted le da el cuero, puede tratar asimismo de estudiar algún problema local de producción: reúna a los agricultores peronistas o a los industriales o a los comerciantes y explíqueles lo que quiere Perón de cada uno de ellos”.

En la coyuntura, Perón popularizó el término “rastacueros” para definir a quienes trataban de mostrarse como adinerados, pagando precios excesivos por sus consumos. Para evitar que el pueblo se convirtiese en “rastacueros”, se abrieron los “grandes almacenes justicialistas”, cuyo slogan era “una gran tienda para una gran ciudad, con noble mercadería a precios equitativos y donde todos pueden comprar”. Así se trataba de auxiliar a las cooperativas y mutuales en su esfuerzo por mantener los precios bajos. También la fundación Eva Perón inauguró en 1951 una serie de proveedurías de bajos precios, además de fomentar actividades económicas productivas.

Tampoco la política estuvo ausente del esfuerzo. El consejo superior del Partido Peronista prohibió todo banquete, agasajo o vino de honor durante el año 1952.

Los mecanismos de control se extremaron. Las censistas fueron instruidas para realizar tareas de control y fiscalización de precios máximos, reparto de cartillas y asesoramiento de las amas de casa. Además debían supervisar que mercados, ferias y comercios exhibieran las listas de precios, y si éstos se adecuaban a los fijados por las autoridades. Las unidades básicas femeninas colaboraban con ellas, organizando equipos que efectuaban sus propias inspecciones, distribuyéndose horarios y áreas de acción, aunque esto no siempre resultaba efectivo: “Hemos observado –relataba por entonces una militante– que nuestra acción no resulta del todo eficaz cuando los comerciantes llegan a conocernos. En cuanto nos conocen los agiotistas dejan momentáneamente sus maniobras y solamente se salvan de sus garras las clientas que tienen la suerte de comprar en nuestra presencia”.

TIEMPOS DIFÍCILES

La coyuntura era sumamente crítica, y quedaba en claro que el futuro del proyecto nacional estaba en juego, ya que la alimentación de la población desempeñaba un papel esencial en el proceso de inclusión social impulsado por el peronismo. La oposición no lo ignoraba y aprovechó la situación para tratar de instalar el descontento y el derrotismo en el campo popular. De este modo, muchos productores, intermediarios y comerciantes recurrían a prácticas que, en la coyuntura, resultaban desembozadamente conspirativas, como el incremento abusivo de los precios, la retención de productos para forzar la suba de su cotización, la alteración del peso de las mercaderías o la venta de bienes de inferior calidad a precios multiplicados. Estos comportamientos se multiplicaron a partir de mediados de 1952, aprovechando el clima de congoja popular que había generado la muerte de Evita.

Como respuesta, Mundo Peronista recogió una vez las directivas del general Perón, instando a que “cada comprador sea un inspector del gobierno, para mandar preso al comerciante que no cumpla con los precios que se han comprometido a respetar. Es menester que cada ciudadano se convierta en un observador minucioso y permanente, porque hoy la lucha es subrepticia… No vamos a tener un enemigo enfrente: colocan la bomba y se van. Aumentan los precios y se hacen los angelitos. Organizan la falta de carne y dicen que ellos no tiene la culpa”.

A pesar de los esfuerzos de la oposición para tratar de provocar el malestar popular dañando el consumo de las capas más expuestas de la sociedad, los resultados de las políticas de estado tuvieron un éxito llamativo desde un primer momento. La inflación de 1952, a pesar de las prácticas especulativas, apenas superó la del año previo, para disminuir al 4 por ciento en 1953 y al 3 por ciento en 1954. El salario real, que había sufrido un descenso suave desde 1949 –el año en que alcanzó su nivel más alto- comenzó a recuperarse. Los criterios de participación y control popular, y de coordinación entre pueblo y gobierno, constituyeron los fundamentos del Segundo Plan Quinquenal, aprobado en 1952, que debía ser el “plan de todos y para todos”, ”para el país y para el pueblo”. Para ello, el pueblo debía desempeñar un papel protagónico para garantizar su cumplimiento total y efectivo. El slogan, una vez más, fue contundente: “Apoyemos al Plan Quinquenal que es la afirmación de la patria”. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Juan Domingo Perón, Eva Perón

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21 May | 07:39
Garlopio | [email protected]
los peronchos siempre inclulcando la delacion como politica de estado jefes de manzana, manzaneras etc no cambian mas
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