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6 de junio de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulos IX y X)

De todas las luchas intestinas entre el espíritu y el cuerpo de Aldao, ninguna fue más difícil que la prueba soportada durante meses en el interior profundo de los claustros del convento de la Recoleta Dominica, en pleno corazón de Santiago de Chile, y muchos años antes de su accionar violento en las sierras de Perú.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Desde el ventanuco de la celda en la que estudiaba a San Agustín y Aristóteles para preparar el objeto de su tesis, podía atisbar las luces de la Cañada de Santiago, y la abigarrada multitud de los paseantes vocingleros y entusiastas que hasta bien entrada la noche -y muchas veces con cánticos estruendosos- recorrían con paso festivo las calles y las tiendas. El olor de la carne asada en los paradores cercanos y la necesaria proximidad de las bebidas espirituosas sumían al joven estudiante en una suerte de estado paroxístico del que le era muy difícil reponerse.

No eran suficientes entonces la disciplina ejercida con el cilicio más lacerante ni las palabras dichas en voz alta que el mismo Aldao se repetía con fruición y de manera sostenida. El placer sensual experimentado ante la proximidad de todos los dones de la tierra, sin excluir, claro está, a las mujeres presentidas, era un acicate que ninguna teología o filosofía podían derrotar. Los amaneceres siguientes a esas noches de sueño entrecortado y presuroso lo encontraban postrado y sin fuerzas, en un estado casi comatoso del que emergía con el ánimo agriado y un deseo de violencias que solamente con mucho esfuerzo podía ser aplacado.

El transcurrir de las horas, con su acumulación de episodios minúsculos y siempre repetidos, volvía a traer la tranquilidad a su alma exhausta y siempre desengañada, tranquilidad que sobrevivía hasta los primeros momentos del crepúsculo, cuando la inminencia de la noche volvía a someterlo a tormentos de los que el mito de Prometeo sería el comentario más adecuado.

En una ocasión, Aldao había ganado las calles nocturnas en medio de las festividades del carnaval. Lo hizo disfrazado con los mismos hábitos de la orden a la que pertenecía, después de haber forzado con enorme fuerza las fallebas de una de las ventanas de la sala de retiros que daba al callejón posterior al convento. De una de las casas ubicada a poca distancia de la plaza central de Santiago robó una jofaina de bronce que algún dueño desprevenido o borracho había dejado a pocos centímetros del umbral. Aldao olió el bronce. Del fondo de la jofaina ascendía el aroma agrio y pasado del vino: todo el episodio era una invitación a una noche de juergas y delicias a la que su cuerpo viril y joven no quería ni podía resistirse. Pensó para sí mismo, mientras se hablaba en voz baja: “Padre, perdona estos pecados. Ten compasión de mi alma extraviada”.

En la calle de San Ignacio cruzó a un grupo de juerguistas vestidos con disfraces de diablos. Uno de ellos le dijo:

- Pero padre, usted está en pecado mortal. Espero que purgue sus penas acompañando a estas almas perdidas.

Aldao, que no estaba de ánimos para bromas, agarró al juerguista del cuello, y le dijo:

- Mejor le sería seguir mudo calle abajo, no sea que lo encuentren destripado en algún aljibe abandonado.

La calle estaba iluminada de punta a punta. Sobre los mostradores alumbrados con lámparas de querosén, las botellas de distintas formas -bordelesas, jeresanas y franconias- dejaban adivinar un contenido inequívoco que despertaba la sed de los paseantes. Los letreros eran agitados por el viento cálido y descendente de febrero, y en cada uno de los pocos rostros descubiertos, las gotas perladas del sudor trazaban canales que, deslizándose hasta la pera, iban a perderse en el cuello cubierto de pañuelos de los hombres y en la juntura de los senos parcialmente desnudos de las mujeres. En una de las fondas más pequeñas, Aldao observó una muchacha sentada en las proximidades de una ventana con rejas. El disfraz era el de una monja mendicante. Por debajo de una cofia adornada -y en este consistía la singularidad del atavío- con una estola de armiño, se adivinaban unos ojos sombreados por cejas espesas. La boca era pequeña pero de contorno simétrico y elegante. La nariz tenía montura pronunciada y diseño imperativo. Todo el conjunto evocaba sensualidades de otras tierras y al joven religioso le fue imposible no acercarse hasta la mesa solitaria.

- Disculpe si la molesto -le dijo a medio metro de la mesa-, pero no siempre se encuentra gente de la nuestra en estas taperas.

La muchacha contempló a Aldao de hito en hito y contestó con una sonrisa:

- No lo crea, somos muchos más de lo que cree.

Las mesas vecinas estaban desiertas. Sobre el mostrador de granito y madera se amontonaban botellas de aguardiente llenas y vacías, y en la pared del fondo, las manchas negras y grises del uso, hablaban de deterioro y desidia. Un viejo araucano de aspecto inofensivo y maneras suaves servía las mesas y el dueño del local cabeceaba cerca de una de las ventanas el comienzo de la modorra nocturna. Los gritos de la calle llegaban amortiguados por las frondosas parras de la acera.

- Me gustaría acompañarla -dijo Aldao a la muchacha, mientras la miraba con rostro risueño-. No sé si corresponde.

- Puede sentarse, por supuesto -contestó la mujer-. No vine a este lugar, y en este día, a vestir santos.

Aldao sintió un deseo que nunca hubiese imaginado, pero se sentó en la silla vecina con un movimiento sosegado y calmo.

- Mi nombre es Félix Aldao, ¿cómo se llama usted?

- Concepción Cernadas -contestó la muchacha, apartando del todo la cofia-. Para lo que guste.

Capítulo X

La fonda del encuentro entre Aldao y Concepción Cernadas estaba ubicada a pocos metros del Tajamar o Paseo Público, un largo rectángulo en las inmediaciones del convento de los dominicos. El Paseo discurría entre una doble hilera de álamos de Lombardía, y tenía, en cada uno de sus extremos, fuentes circulares de taza de porcelana y vertederos copiosos.

Durante el carnaval de 1806, las casas de estilo y concepción españoles que cerraban a ambos lados el paseo, estaban engalanadas con los símbolos del Reino, y en cada uno de los balcones de la segunda planta, las familias acomodadas gozaban del desfile de los enmascarados y el estruendo sordo de los fuegos de artificio.

En el interior de la fonda, casi todo era silencio. Aldao y Concepción, abrazados, miraban por la ventana el andar de los paseantes. El fondero, acodado sobre el mostrador, dormitaba un sueño sobresaltado y de las otras mesas llegaba hasta los amantes, con una intermitencia que participaba a su vez del sonido de las campanas próximas y el canto aislado de las aves en los tejados, un murmullo ininteligible y bajo, imperceptible, sin sentido, y sin lenguaje. En este ambiente intimista y recogido había comenzado el romance de Aldao y Cernadas. A la provocación inicial de Concepción, Aldao había respondido con un control absoluto de las reglas de la galantería. Nada más sentado, llamo al araucano que cumplía los servicios de mesa, y le dijo: 

- Caña bien cargada para la señorita. Para mí, lo mismo, pero en el recipiente más grande.

- Está sediento -dijo Concepción con una sonrisa.

- No siempre me sucede -respondió Aldao-. Soy religioso.

La carcajada contenida de Concepción fue acompañada de un tono arrastrado y sensual, con el que dijo:

- La mejor broma de estos carnavales. Yo también soy dama de caridad, y virgen.

- No es una broma -replicó Aldao-. Pertenezco a la sagrada de los monjes dominicos, y este hábito que me viste, es el emblema cabal de lo que digo. El hábito y el escapulario.

- ¿Me lo muestra? Al escapulario, digo -respondió Concepción mientras acercaba la mano derecha al pecho de Aldao.

- ¿En este lugar, y bajo pena de encierro?

Los dos rieron buenamente, y Aldao acercó la mano de Concepción al lugar del pecho en el que los latidos eran más sonoros. La incomodidad del lugar y la hora les impidió ir más allá en el cumplimiento del deseo, pero les permitió conocer a cada uno de ellos, algo del otro: la niñez solitaria de Aldao en los fortines de la zona sur de Mendoza, la muerte temprana de su padre, el capitán Francisco Esquivel y Aldao, el camino de la fe como una imposición familiar; la vocación musical de Concepción, sus estudios en el Conservatorio de Lima, su soltería feliz y desenfadada. Estuvieron hablando y besándose más de cuatro horas hasta que el sol naciente comenzó a dorar el campanario de la Iglesia de San Diego.

De mañana, los amantes dormirían su agotamiento feliz en el cuarto descabalado de un albergue cercano mientras los paseantes tardíos recorrían borrachos las aceras próximas, y ese momento de aquellas inolvidables jornadas del carnaval de 1806, momento que no habría de repetirse nunca más para ninguno de los dos, quedaría para siempre grabado en el recuerdo de cada uno de ellos, un poco a la manera de aquellas escasas pepitas de oro del desierto australiano, que aisladas y solitarias, sobreviven mezcladas en las arenas innúmeras de todo el resto. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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