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8 de agosto de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXIII)

A Laprida se lo persiguió desde Pilar hasta mucho más allá de San Francisco del Monte. Había en la zona un abrevadero que, en los días de sequía extrema, dejaba al descubierto osamentas y carnes descompuestas de caballos, tortugas y perros. 

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

En el dosel de los chañares del lugar los caranchos esperaban pacientemente su ración de ofrendas diarias mientras las ráfagas arremolinadas pero menguantes del Zonda levantaban el polvo que las cabalgaduras iban desprendiendo en su fuga solitaria y desesperada hacia las tierras de salvación. 

Laprida iba al frente de su escolta. Tres fusileros montados en agotados zainos riojanos lo seguían a poca distancia como una triplicada sombra. Media legua más atrás, con caballada fresca y refuerzos de milicias sanjuaninas, venían los montoneros de Aldao. El comandante del piquete era un cordobés ilustrado de apellido Rearte. Educado en el culto estricto a Robespierre y los jacobinos franceses, no era menos decidido para la sajadura en los cuellos de los enemigos y la exhibición de sus cabezas en las picas. Vestía un traje de húsar con entorchado y galones dorados y llevaba en bandolera un sable corvo y dos arcabuces de procedencia toledana. De los pantalones afirmados con cinto de correa asomaba un facón caronero de hoja de espada; el fusil iba atado al recado. 

Los montoneros de Aldao eran diecisiete. Habían sido seleccionados personalmente por Rearte poco tiempo después de la batalla de La Tablada. Del grupo destacaban dos hermanos de apellido Centurión -expertos en el degüello “a la brasileña” y el desmembramiento de los cuerpos de las víctimas- y un pardo perteneciente a las tropas del “negro” Barcala. Poco antes de la llegada al abrevadero uno de los baqueanos de Laprida sofrenó el caballo y miró los cielos posteriores: las nubes de la polvareda levantada por los perseguidores y la circunvalación del vuelo concéntrico y progresivo de las rapaces anunciaban el final de todas las esperanzas. Espoleó el caballo hasta alcanzar a Laprida y le dijo:

- Señor, ya nos dan alcance. Disponga usted como los enfrentamos. Deben ser unos veinte.

Laprida condujo el piquete hasta los chañares situados a pocos metros de la aguada. Los caballos fueron atados a la orilla miserable del abrevadero. El piso ya atronaba bajo el ruido de los cascos y los gritos de los perseguidores. Laprida se acercó entonces a los miembros de la escolta y pasándoles la mano les dijo brevemente:

- La mejor de las suertes para ustedes, y todo el coraje.

Pocos minutos más tarde Laprida vio llegar la montonera en una formación cerrada de dos hombres por fila. En la primera línea venían Ceferino Centurión y un viejo matarife mendocino; en la segunda, Realte con el sable en alto y un indio asimilado de la tribu de los ranqueles. Casi todos portaban fusiles pero los primeros en abrir fuego fueron los hombres de Laprida. Uno de los adelantados de Rearte cayó muerto mientras era atropellado por el desorden fragoroso de la tropa. El resto fue sencillo: el grupo perseguido fue ultimado en pocos segundos a tiros y lanzazos. No se desenvainó ningún facón. A Laprida le destrozaron el cráneo de un disparo de fusil y lo remataron con una lanza tacuara que lo atravesó de lado a lado a la altura de la tetilla derecha. Rearte ordenó:

- Les cortan los pies y las manos y llevamos dos de las cuatro cabezas. Entierren los troncos y las otras dos cabezas. Dejen el resto a los caranchos.

Laprida, de quien Rearte ignoraría para siempre la identidad, fue enterrado a pocos metros del chañaral. El cordobés, hombre violento pero piadoso, ordenó el rezo del padrenuestro en los bordes de la fosa común. Como último y compasivo gesto descendió trabajosamente a la profundidad del enterratorio para orientar los rostros de dos de los finados hacia arriba, mucho más arriba del sol declinante de la tarde, de las nubes que comenzaban a velar los colores de los cerros, del canto de las aves en las estribaciones de la cordillera, de los anhelos truncados para siempre jamás en la destrucción de todos los confines, antes de que las trabajosas paladas finales hicieran todo el resto. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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