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26 de febrero de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XV)

-Tierra quemada -había ordenado el brigadier después del desbande de las tropas comandadas por Balcarce, en la acción posterior a Fraile Muerto-. No me dejan ni una res viva. Incendien los ranchos, quemen todos los aprovisionamientos. Que las tropas de los porteños mueran de hambre. 

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Cada vez que le recordaban la acción de Fraile Muerto -en la que se habría de robar la caballada de Bustos-, el brigadier Estanislao López no podía evitar la carcajada. La vanidad abultaba su pecho, y el deleite experimentado era suficiente para poner rubor en su cara de mentón prominente y entradas visibles. Contestaba invariablemente:

-No hablemos de hazaña. Lo nuestro fue acechanza y oportunidad, no otra cosa.

Acechanza, oportunidad, y una táctica que tomaba de los animales carniceros, la enorme preponderancia de la sorpresa.

-Tierra quemada -había ordenado el brigadier después del desbande de las tropas comandadas por Balcarce, en la acción posterior a Fraile Muerto-. No me dejan ni una res viva. Incendien los ranchos, quemen todos los aprovisionamientos. Que las tropas de los porteños mueran de hambre. 

Algunos meses después, en una comunicación formidable dirigida al Cabildo de Buenos Aires, López expresaría: “La provincia de Santa Fe -podría agregar lo propio con la de Entre Ríos- ya no tiene nada que perder. Nos han privado de nuestras casas, porque las han quemado; de nuestras propiedades, porque las han robado; de nuestras familias, porque las han muerto. Existen solamente campos solitarios por donde transitan los vengadores de tales ofensas, para renovar diariamente sus juramentos”.

Este tono de epopeya, que acompañaría cada una de las comunicaciones de López, retrataba perfectamente los hechos acontecidos durante la invasión del ejército directorial.

La acción tenaz de las fuerzas del brigadier sobre las tropas de Bustos y Balcarce, durante el tórrido verano de 1819, habría de ser realizada por menos de mil hombres desharrapados y orgullosos.

Sobre ellos escribiría el general Mitre: “Su escolta, compuesta de dragones armados de fusil y sable, llevaba por casco - como los soldados de Atila una cabeza de oso-, la parte superior de una cabeza de burro con las orejas enhiestas. Los escuadrones de gauchos que lo acompañaban, vestidos de chiripá rojo y botas de potro, iban armados de lanzas, carabinas, fusil o sable, indistintamente, con boleadoras a la cintura y enarbolaban en el sombrero, llamado panza de burro, una pluma de avestruz, distintivo que desde entonces comenzó a ser propio de los montoneros. Los indios, con cuernos y bocinas por trompetas, iban armados de chuzas emplumadas, cubiertos en gran parte con pieles de los tigres del Chaco, seguidos por la chusma de su tribu, cuya función era el merodeo”. 

Tan variopinta formación, constituiría el orgullo de López y la desgracia de las fuerzas que al mando de Juan Ramón Balcarce intentarían vencer a las fuerzas santafecinas y entrerrianas en febrero de 1819.

Francisco Ramírez no sería ajeno a estos movimientos de tropas: más de 400 hombres suyos serían apostados en las proximidades de la “Bajada del Paraná”, donde esperarían y derrotarían a las huestes de Eusebio Hereñú transportadas por la escuadrilla porteña.

Unos meses antes, Pueyrredón había ordenado a los ejércitos comandados por San Martín y Belgrano la represión de las fuerzas federales de López. El de San Martín -Ejército de los Andes- no llegaría nunca. Del ejército de Belgrano -el del Alto Perú- serían destinados 400 hombres de línea a las fuerzas que comandaba en Córdoba Juan Bautista Bustos. Marchas y contramarchas -un inoperante Balcarce había sido suplantado por el general Viamonte- signarían la contienda entre los federales litoraleños y las fuerzas del directorio. En una etapa posterior de las acciones, Ramírez contribuiría a la causa con el envío de 800 de sus montoneros al mando de López Jordán.

El 19 de abril se firmaría un armisticio en San Lorenzo que salvaguardaría, por muy poco tiempo, la vida de muchos de aquellos hombres. Hombres feroces e inocentes que, a semejanza de la serpiente del uróboro, mordían su propia cola en la muerte dada a sus enemigos.

Francisco Ramírez comenzaba a caminar por terrenos peligrosos. No podía saber en ese momento, y lo sabría mucho más tarde, que la suerte que empezaba a inclinarse hacia el lado de López, sería la primera estación de su calvario. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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