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11 de mayo de 2021 | Opinión

Diferencias entre error y delito

A diferencia de otros países, la Argentina no tiene que pensar en la pandemia como el principal problema para su población.

HORACIO DELGUY

por:
Gustavo Mura

Azuzan, es cierto, al COVID-19 para que esté de modo omnipresente en la atención de todos, pero en rigor, subyace otro virus, para el cual no hay vacuna ni antídoto, pese a que en varios pasajes de la historia de la humanidad se hizo visible: el odio.

Ese sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia otros seres resurgió en nuestro país gracias al aporte de Cristina Fernández de Kirchner, quien con su misantropía logró hacerse carne en sectores resentidos de la sociedad por haber quedado fuera del sistema. Aunque en realidad fueron fabricados sin que se dieran cuenta por la propia maquinaria electoral a la que le rinden culto.

Cuando Axel Kicillof mandó cortar rutas para medir su masculinidad frente a Horacio Rodríguez Larreta, no solo estaba jugando una pulseada al estilo del Telematch alemán de los ‘80. Kicillof también baja su mensaje de cuota-odio hacia los “oligarcas” que viven en CABA y tienen casas en barrios privados de PBA. Sabe bien que esa gente a él no lo va a votar nunca. De modo que se congracia con sus “pobres y populares”, les muestra cómo los castiga, y mantiene los puntos que lo llevaron adonde está hoy. En rigor, también se los mantiene a sus jefes: Cristina y su hijo, al cual todo el kirchnerismo quiere verlo encabezando la fórmula de la próxima elección presidencial.

La campaña es todo para ellos: CFK se compara con Joe Biden. A Alberto le enrostran que tiene un “okupa” en el ministerio de Economía (la pelea por las tarifas es porque Kirchner cree que Macri perdió en 2019 por el ajuste en ese rubro). Mienten permanentemente para tratar de hacer caer un poco en las encuestas a sus adversarios (ella los llama “enemigos”). Hacen negociados como en sus mejores tiempos de la obra pública, ahora con las vacunas y los test. Rompen protocolos en Ensenada y hasta en la cabina del avión con los pilotos. Luchan de modo incansable para alcanzar la impunidad de su jefa política.

Ah, pero Macri, está siempre presente. La última fue salir a comparar el error político de Macri al vacunarse en Miami, con los múltiples delitos que el Frente de Todos comete a diario. Porque: ¿Queda claro que lo de Macri fue un error y lo del Frente de Todos son delitos, no? ¿O hay que explicarlo?

Mínima explicación: Macri no le robó la vacuna a nadie. En todo caso, la que le hubiese correspondido la dejó vacante. Tal vez para reponer la que se choreó Carlos Zannini, que se hizo pasar por personal de salud.

La grieta es tan trágica en la Argentina, que se devoró a la pandemia. En otros países, los gobernantes sólo piensan en salvar la vida de sus habitantes frente a la mortal enfermedad. Acá no. Aquí el único objetivo es cómo ganar las próximas elecciones. ¿Cuánto falta para que los punteros del PJ especulen y comercien con la desesperación de los electores: 1 vacuna = 1 voto ?

Si no fuera porque soy protagonista de la historia que se está construyendo, podría escribir lo siguiente como cronista que llega a un lejano país de característica similares: “Era tan patético ver cómo ese pueblo se había olvidado de la grieta y cómo ignoró el peligro que supone estar frente a un abismo, que sin que se dieran cuenta, todos cayeron y perecieron. Entre ellos los que no estaban de un lado ni del otro del acantilado. A partir de un punto, la tragedia se tornó inevitable”.

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