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21 de mayo de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXVIII)

Norberta Calvento comenzó a escuchar el nombre de la Delfina a comienzos del año 1821.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

En un primer momento pensó que estaba siendo objeto de una broma, a tal punto le parecieron ridículos el nombre y la procedencia de la supuesta usurpadora. Solamente dijo, con el semblante grave que acompañaba cada una de sus intervenciones:

—Es imposible. Francisco no va a atar nunca su yunta al imperio de una fortinera.

Las amigas presentes callaron, y no volvieron a hablar del tema con Norberta. El particular tono elevado y distante del carácter de la engañada, impedía cualquier tipo de burla, y producía una compasión que aumentaba en razón proporcional al tiempo transcurrido desde la revelación de la afrenta.

De muy diferente naturaleza era el sentimiento experimentado por Calvento padre. Si bien era hombre, y sabía y autorizaba la presencia de “queridas” en la vida de un militar, esta vez la cosa era diferente: era su hija la que sufría, y no una representación abstracta de la mujer. Hacia ella serían dirigidas las miradas de compasión de todo el pueblo, y el honor de la familia quedaba mancillado. El odio y el menosprecio eran inmensos, pero las conveniencias también: debería aclarar muy bien este incordio en el espíritu de su amada hija.

Una tarde calurosa de abril, Norberta fue llamada por uno de los sirvientes de la casa a la presencia de su padre. Calvento la esperó en la biblioteca familiar mientras simulaba leer —con gesto grave y comedido— una de esas novelas epistolares que su hija amaba más que a casi todas las cosas, y solamente dejó los quevedos sobre el escritorio de roble cuando Norberta entró.

 —Hija -comenzó Calvento-. Han llegado a mis oídos noticias poco auspiciosas. Se comenta en el pueblo, y es probable que esto haya llegado también hasta ti, que tu prometido tiene una querida –Calvento hizo una pausa deliberada-. Nada puedo decir de la verdad o la mentira de esa afirmación, pero debes saber que la vida de un general de la patria está muy lejos de ser fácil. Los rigores y los sinsabores, pueden arrojar a un hombre apuesto e inteligente como Ramírez a entretenimientos e inclinaciones que contarán con la reprobación de muchos y el beneplácito de unos pocos. Eso lo debes saber, a pesar de tu juventud y tu inocencia. Queda en ti la aceptación de este destino y esta vida. Como hombre maduro y sensato que soy, sólo puedo pedirte prudencia y lealtad. No vayas a creer, ni por un minuto, que una mujer cualquiera encontrará lugar en el corazón de Ramírez. Para eso se necesitan muchas prendas, y creo, humildemente, que solamente tu persona las reúne a todas. Escucha tu corazón, por supuesto –Calvento miró firmemente a su hija-, pero no dejes de escuchar también el consejo de la experiencia. Los hombres, muchas veces, cometemos desvaríos que no están relacionados con la familia y el amor. Como buena lectora de novelas, sabes que eso sucede a menudo, y no por eso se ha derribado el mundo. 

Norberta no contestó nada al principio. Su mirada recorría las librerías con gesto distraído. Al cabo de un momento miró la parte baja del rostro de su padre, como acostumbraba a hacerlo cada vez que hablaba y dijo con resolución:

—Por supuesto no creo esas infamias. Francisco no es hombre de alternar con rameras, perdone usted padre este término, y conoce el decoro. Estoy bien informada de sus intenciones y sé mirar su corazón. No hay de que hablar, padre, haremos oídos sordos a la malevolencia de la gente. Dios es testigo de mi amor y de la constancia de mi amado. Es todo lo que tengo para decir.

—Lo agradezco, Norberta –contestó el padre, sinceramente aliviado.

Durante el resto de la conversación, el nombre de Ramírez estuvo absolutamente ausente. Eran mucho más urgentes el arreglo de las goteras del dormitorio principal de la casa y algunos pequeños ajustes en la economía familiar. De eso fue de lo que hablaron. Los Calvento no dejaron de comentar el último recibo de dos novelas españolas, fijando para la semana entrante la lectura familiar y en voz alta de una de ellas.

La tranquilidad había retornado al ánimo atormentado de Norberta. Esa noche pensó complacida, que nadie como su padre podía conocer mejor los fantasmas que la apenaban, y señalarle con sabio juicio el camino que habría de alejarla del mal influjo de los mismos. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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