Jueves 29 de enero de 2026

Literatura

Dudas

Camus vive

16/03/23 | El fallecimiento de Albert Camus siempre fue puesto en duda, no en sí mismo, sino en su razón última. Pero la supuesta muerte de sus ideas, es objeto de algunos reparos.


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Por:
Diego Marín

Por lo menos, así me lo refirió en una oportunidad el eminente filósofo diletante franco-argentino, Jean-Luc Cobanegra. Me recordó que era sabido que Camus había muerto al mediodía del 4 de enero de 1960, producto de un infortunio: viajaba en el automóvil conducido por su editor Michel Gallimard cuando despistó en una ruta en las afueras de París. El vehículo golpeó contra unos plátanos que bordeaban la carretera, rebotó contra otro automóvil y rodó hasta quedar montado sobre el tronco de un árbol. Camus sufrió lesiones en la cabeza y murió en el acto.

Pero Cobanegra no descartaba la versión del escritor italiano Giovanni Catelli, que según describe en su libro “Camus debe morir”, basado en un testimonio de Jan Zábrana, un poeta checo, disidente del régimen soviético, el accidente vial no fue una casual fatalidad, sino un hecho organizado y ejecutado por el espionaje soviético, que habría montado un instrumento predispuesto para dañar el neumático cuando el vehículo alcanzara cierta velocidad.

El origen del atentado habría sido un artículo periodístico publicado en 1957, en el cual Camus cuestionaba severamente la invasión soviética a Hungría. Aunque algunos lo atribuyen, con menor fuerza, a su explícita admiración y apoyo al escritor ruso Boris Pasternak, autor de “Doctor Zhivago”, al que la Unión Soviética había impedido recibir el premio Nobel de Literatura de ese año.

Sin embargo, Cobanegra creía que su muerte, haya sido consecuencia de la fatalidad o de un complot, no lo había matado en forma omnímoda. Y para sostener esa afirmación, recurría a la importancia que le asignaba a los planteos existenciales de Camus, en particular, a los que expone en el libro “El mito de Sísifo” (1942).

En él, Camus se atreve a situar al absurdo como la cuestión principal de su ensayo, en el cual reflexiona, evalúa y analiza si la vida vale o no vale la pena vivirla, la que, a su juicio, es la pregunta fundamental de la filosofía, considerando que las demás cuestiones filosóficas vienen recién a continuación de ese interrogante primordial.

Aclara, para empezar, que solo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio, puesto que su dilucidación llevaría directamente a la repuesta buscada. Y se basa, para juzgar que esa cuestión es más urgente que otras, en los actos a los que ella obliga, apuntando que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena vivirla, o se hacen matar por sus ideas, o por ilusiones que le dan una razón para vivir, por lo cual concluye que la pregunta más apremiante es: ¿cuál es el sentido de la vida?

Sostiene que matarse es confesar que ha sido sobrepasado por la vida o que no la entiende, lo que sería equivalente a decir “no merece la pena”. Que la vida es vivida siguiendo las costumbres, repitiendo los gestos que ordena la existencia, mientras que morir voluntariamente implica un reconocimiento del carácter irrisorio de esas costumbres, de la ausencia de razón, de la insensatez de su mantenimiento y de la inutilidad del sufrimiento, lo que configuraría el sentimiento del absurdo.

De ahí que su corriente filosófica fuera llamada “Absurdista”, y parte de reconocer abiertamente el absurdo de la vida. Afirma que el suicidio es considerado por muchos como una solución al absurdo, sentando como principio que para un hombre que no hace trampas, lo que cree verdadero debe regir su acción. Por ende, la creencia de lo absurdo de la existencia debe gobernar su conducta, lo cual lo conduciría inexorablemente a esa solución.

Sin embargo, para Camus, impera el juicio del cuerpo, que impide, generalmente, el suicidio, retrocediendo ante el aniquilamiento. Dice que se adquiere la costumbre de vivir antes que la de pensar, y en la carrera que nos precipita cada día un poco más a la muerte, el cuerpo conserva una delantera irreparable.

Estima que para ello se recurre a la evasión, es decir, el juego constante de eludir. Y se apela a la esperanza. La esperanza de otra vida a la que hay que merecerla o el engaño de quienes no viven para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera y le da sentido. Esto sería, según su criterio, un “suicidio metafísico”.

No es el objetivo de este breve recuerdo ingresar a los detalles de la teoría camusiana, que Cobanegra me explicitó con creíble solvencia, y que debe analizarse conjuntamente con su posterior obra “El hombre rebelde” (1951) para tener una idea completa; sino, tal como él procuraba, resaltar su vigor y vigencia.

En efecto, para Cobanegra, Camus fue uno de los pocos filósofos que desarrolló una teoría completa que apunta directamente al corazón de la angustia existencial, a la par de las corrientes nihilista de Nietzsche y existencialista atea de Sartre, con quienes compartió el razonamiento que advierte el dilema existencial del sinsentido de la vida, pero con diferentes planteos generales y caminos posibles.

Cobanegra se indignaba por la tendencia moderna de tildar de antiguas a estas teorías, como si la cuestión ya se hallara resuelta, si ello fuera posible, o como si la pregunta esencial del ¿para qué? alguna vez podría dejar de tener vigencia, obviándose que se alude a la madre de todas las preguntas.

Decía que esa era la razón que mantenía vivo a Camus, a su idea, a su pensamiento; porque se atrevió a desarrollar una teoría, una hipótesis, que podría ser aceptada por unos y rechazada por otros, pero que invitaba a pensar, a avanzar en un razonamiento.

Y también porque pone a la existencia humana en el centro de la discusión, desde una perspectiva realista y no como un planteamiento meramente abstracto. Argumenta que todo lo que señala tiene como base a la realidad, a los comportamientos humanos concretos, y no construye una mera abstracción sin concordancia o sustento con lo que ocurre o puede ocurrir, lo que tiene correlación con su “Pensamiento de mediodía”, que metafóricamente expone  en “El hombre rebelde”, con el cual rechaza la idea del racionalismo abstracto e introduce la necesidad de que el pensamiento sea concreto, es decir, que tenga el contrapeso de la realidad y considere al hombre en su totalidad: razón, sentidos y corazón.

Reconocía que Camus expuso una idea que, como todo pensamiento filosófico, no era indiscutible y mucho menos definitiva, y que hizo un señalamiento, si bien relevante y fundado, que tampoco necesariamente debía ser el seguido, pero aducía que ambos contribuían al debate y a la búsqueda indefectiblemente eterna del sentido de nuestra existencia.

Cobanegra logró convencerme suficientemente de que los razonamientos que discurren tras esa pesquisa fundamental no son susceptibles de ser desestimados con la banalidad argumental del paso del tiempo, más aún cuando ese transcurso no proporciona nuevos elementos o verificaciones que permitan desmentirlo; y que, además, le otorgan a sus autores una sobrevida, eximiéndolos de la oscuridad absoluta.  

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DIEGO MARíNALBERT CAMUS

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