Me acomodé expectante en mi viejo sillón de roble, frente a la torre de libros apilados sobre el escritorio, que un instante antes los había seleccionado de la biblioteca, ilusionando con que esas lecturas me ayudaran a descifrar el misterioso estímulo.
Generalmente, uno no piensa que tiene que escribir, como tampoco que debe vivir; solo lo hace en una forma genérica, como una manera de alentarse o justificar desatinos. Vivimos naturalmente, sin precisiones. Ocupados en nuestros menesteres cotidianos, la energía de la inercia nos deriva y, a falta de un designio claro, nos dejamos llevar, alucinando un camino venturoso, por obra del azar o de algún ser superior, como un obsequio divino por alguna buena acción oportunamente dada.
Así tenía que escribir ahora, tratando de descifrar en su transcurso el origen del ímpetu desconocido.
Los grandes planes, los centrales, las autovías de nuestras convicciones, pueden verse con claridad; pero los caminos laterales, las bifurcaciones, los pasadizos transversales, los letreros ilegibles, nos confunden y, a menudo, desvían. Y algunas veces, unas pocas, resultan buenos los puertos a los que vamos a parar.
Aquella imagen que me acechaba no guardaba relación con lo que conscientemente ocupaba mi mente, que divagaba en forma inconstante por la charla que había mantenido en la mañana con el profesor Salvatierra, un investigador conspicuo del área de sistemas informáticos de la Universidad Tecnológica Nacional. Él me había relatado, no sin notoria aflicción, la situación que vislumbraba en torno al desarrollo global de la inteligencia artificial.
El profesor se esmeró para ilustrarme sobre el documento que más de mil expertos universales habían firmado, haciendo un llamamiento a todos los laboratorios de inteligencia artificial para que pausen inmediatamente, al menos durante seis meses, el entrenamiento de los sistemas en desarrollo, más potentes que los que ya estaban disponibles al público, hasta estar seguros que los efectos de sus avances fueran positivos y los riesgos emergentes pudieran resultar manejables.
Según el académico, los firmantes del comunicado, publicado en la página de internet del Future of Life Institute, no eran personas que se opusieran al progreso sino, todo lo contrario, figuras del mundo tecnológico que lo estaban llevando adelante: titulares de grandes empresas como Twitter, OpenAI, Apple o Microsoft, quienes solicitaban que se establecieran, antes de la puesta en funcionamiento de esos avances, sistemas de seguridad y vigilancia y que se desarrollen técnicas que permitan distinguir lo real de lo artificial.
El texto revelaba que esto obedecía a que habían advertido que los sistemas con inteligencia humana-competitiva planteaban riesgos alarmantes y profundos para la sociedad y la humanidad, demostrados por investigaciones realizadas por ellos mismos y reconocidos por los principales laboratorios; lo que podría representar un cambio profundo en la historia de la vida en la Tierra, por lo que su empleo debía planificarse y administrarse con el cuidado y los recursos legales correspondientes, lo que no estaba ocurriendo hasta el momento.
Algunos líderes, incluso, habían confesado abiertamente encontrarse “un poco asustados” por los avances logrados, y que en los últimos tiempos los laboratorios habían entrado en una carrera fuera de control para desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas, que nadie, ni siquiera los propios creadores, podían entender, predecir ni controlar de forma fiable.
El profesor Salvatierra me dijo que el texto consignaba que estos sistemas se estaban haciendo cada vez más competitivos respecto de los humanos, aún para tareas generales, y que los expertos se planteaban si era correcto dejar que las máquinas inundaran los canales de información con propaganda y falsedades; automatizar todos los trabajos; seguir desarrollando mentes no humanas que eventualmente podrían superarnos en número y en inteligencia, hasta reemplazarnos totalmente; en definitiva, si se podía correr el riesgo de perder el control de la civilización, delegando las decisiones a líderes tecnológicos que, por otra parte, no habían sido elegidos por nadie.
El panorama que me describió me dejó pasmado, aunque estuve momentáneamente protegido del pánico por mi ignorancia para comprender la totalidad de sus temores y de proyectar las consecuencias a los niveles de alarma que pude percibir en sus palabras.
Lo que sí puede advertir por cuenta propia fue que se trataba de una parálisis autoimpuesta por este conglomerado de líderes, no de una acción o imposición gubernamental de algún Estado.
Y eso me resultó extraño y sospechoso. Que una medida de este tipo provenga espontáneamente de semejantes personalidades, mentes brillantes caracterizadas por hábitos de insaciable afán acumulativo, no era propio ni acorde con sus historiales. Esto debía tener un significado. Algo quería decir. Y me propuse desentrañarlo.
Y la repuesta me resultó tan velozmente obvia, como lo sería para cualquiera que pudiera escuchar al profesor Salvatierra, que me estremeció el solo pensarla, y no pude menos que percibir la misma íntima preocupación que él, junto con la sensación desoladora de encontrarnos a merced de manos psicopáticas, que se sobresaltan por las consecuencias posibles de sus propias acciones y solicitaban a gritos ser impedidos.
Esos seis meses de parálisis autoimpuesta me sonaron más a un ruego intimatorio, a un plazo graciosamente concedido para que alguien haga algo para detenerlos, que a una actitud empática con la humanidad y con la vida humana, tal como la conocemos.
A esta altura, seguramente, algunos países primermundistas comenzarán a ocuparse de ver las implicancias de estos desarrollos, despabilados por el comunicado, mientras que otros, y nosotros, seguiremos sumidos en el atraso y la ignorancia que nos dejan inermes para cualquier acción.
Mientras el enigma me era develado, pude ver la alegoría que mi ordinaria mente humana configuró y escuchar con nitidez los ruegos del drogadicto que, consciente de su autodestrucción, comienza a clamar por la ayuda que detenga su devastación total, que avizora como irremediable sin un auxilio superior. (www.REALPOLITIK.com.ar)