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En menos de un mes, el gobierno de Javier Milei pasó de celebrar una supuesta sintonía total con Estados Unidos a enfrentar una crisis diplomática y financiera creciente, marcada por exigencias incumplidas, la falta de dólares, el deterioro económico y el riesgo de perder apoyos internos y externos clave.
El amperímetro de la gobernabilidad argentina se mueve con una velocidad e inestabilidad arrolladora. Apenas un mes atrás, Javier Milei se sorprendía con una victoria inesperada en las elecciones de medio término y, parafraseando a Cristina Fernández de Kirchner, adoptó el slogan “Vamos por todo”. Los dialoguistas le creyeron y se fueron sumando al bloque de diputados de La Libertad Avanza (LLA), dejándolo a las puertas de convertirse en la primera minoría de la cámara y a un puñado de votos de conseguir quorum y mayoría sin demasiado esfuerzo.
Desde el norte, otro presidente, Donald Trump, se atribuía la victoria en la Argentina, debido al apoyo prestado a la administración Milei, a quien ha decidido concederle el trato de un lacayo. Es posible recordar aún las advertencias de que, en caso de una derrota del oficialismo, los Estados Unidos se alejarían de la Argentina. El problema es que si bien se obtuvo el triunfo, a apenas cuatro semanas, la relación entre ambos aparece muy dañada. No queda en claro si se trata de un mecanismo de presión para imponer condiciones o, simplemente, de un hartazgo con un gobierno argento que promete el paraíso a la hora de contratar, pero sólo entrega un terreno baldío a la hora de cumplir con esas condiciones. Sino que lo digan el Fondo Monetario Internacional (FMI), los gobernadores que lo acompañaron todo el 2024 a cambio de promesas vacías, o los legisladores a los que se les prometieron embajadas, cargos y otras yerbas.
Sin embargo, la situación actual es mucho más preocupante. Primero porque, en caso de que los Estados Unidos retiren su respaldo, el gobierno difícilmente encontraría otro aprovisionador externo de respaldos y de divisas de las que siempre adolece, y que en la actualidad consignan un rojo de más de 17.000 millones de dólares en el Banco Central de la República Argentina. También habría que preguntarse si la actitud tolerante del FMI sería la misma sin la intervención norteamericana.
¿Qué es lo que sucedió para pasar, en menos de un mes, de las “relaciones carnales” a las alarmas de ruptura?
La primera señal la dio la suspensión del viaje de Milei a Washington, para participar del sorteo de las zonas del Mundial de Fútbol 2026 como invitado especial de Donald Trump. Si bien informalmente en las proximidades del presidente argentino deslizaron que la decisión se debió a la decisión de la Conmebol y de la FIFA a asignarle un cargo en el comité ejecutivo de la casa madre del fútbol mundial al Claudio “Chiqui” Tapìa, con la consiguiente advertencia de que, si se insistía en la estrategia del gobierno de avanzar con la intervención de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), la Argentina sería desafiliada y se quedaría sin Mundial 2026 cuanto menos. “Se arriesgaría demasiado por muy poco”, filtraron. Pero la razón de la suspensión de una nueva visita al país del norte no parece pasar por allí, sino por la tensión que se habría establecido con la gestión Trump.
¿Cuáles serían las otras señales que parecen corroborar ese malestar? Brevemente, la casi segura suspensión de la visita anunciada por Scott Bessent a la Argentina; los reclamos de Barry Bennett por la marginación de Santiago Caputo dentro de la mesa chica del gobierno; el archivo de la “ayuda” que el JP Morgan Chase estaba organizando con otros tres bancos de primer nivel internacional para otorgarle al gobierno un préstamo por 20.000 millones de dólares, y que finalmente colapsó; y la dilación indefinida del acuerdo entre los Estados Unidos y la Argentina, reiteradamente anunciado antes de las elecciones pero nunca concretado.
En su momento, las tres exigencias principales de la gestión Trump al gobierno argentino fueron el desplazamiento de Guillermo Francos; la firma de un acuerdo de gobernabilidad con Mauricio Macri y la "oposición dialoguista", y, fundamentalmente, la ruptura con China. Sólo se cumplió con la primera. Con Macri la relación está mucho peor que las elecciones, y la designación de Diego Santilli, quien tiene juego propio, nada tiene que ver con el reclamado protagonismo para el fundador del Pro. Pero lo más importante es que la ruptura con China no avanzó; lejos de eso, su presencia en el comercio y la economía es cada vez mayor, y el gobierno precisa conservar el swap oriental ante la conmovedora carencia de dólares “crocantes” en el Banco Central.
Aquí el gobierno afronta una disyuntiva de difícil solución, ya que la economía norteamericana es competitiva de la nuestra, mientras que la china es complementaria, e involucra a los principales empresarios locales que respaldan desde un principio a Javier Milei. En lo que va de 2025, las importaciones desde China que superaron los 13.091 millones de dólares, lo que implica un aumento del 66 por ciento respecto del mismo período en 2024. Si se avanza en la ruptura podría perder su apoyo del Círculo Rojo; si no lo hace, la tensión con la gestión Trump avanza hasta el borde del precipicio.
Otras condiciones, no menos importantes, son la acumulación de divisas en el Banco Central, exigida por el FMI con el aval norteamericano, que nunca se produjo seriamente por el temor del gobierno a su impacto en los índices de inflación. Según el acuerdo con el FMI, el gobierno debería tener un rojo de 2.600 millones de dólares, pero en realidad ya ha escalado a los 17.000 millones. Tampoco hay ni noticias sobre la habilitación para el establecimiento una base militar yanquee en Ushuaia. Y ni qué decir del malestar por el desplazamiento de Santiago Caputo también de las negociaciones con el gobierno de los Estados Unidos, desde la llegada a la Cancillería del antimalvinero, Pablo Quirno.

Tan mal está la situación financiera argentina que no cuenta con fondos para afrontar los vencimientos por 4.000 millones de dólares con el FMI en los primeros meses de 2026. Tal vez lo “salven”, en última instancia, el consorcio de bancos que “archivó” la ayuda de 20.000 millones, o una autorización a recurrir al swap norteamericano, acompañado de una nueva presión del Tesoro norteamericano sobre el FMI para reformule por completo el programa argentino y evitar la caída en default. Pero aquí el problema es que, más allá de la excelente relación que mantiene con Luis Caputo y los JP Morgan boys del área económica desde hace décadas, Scott Bessent no está sólido en su cargo, e incluso ha recibido la advertencia de Donald Trump, entre risas y amenazas, de "pegarle una patada en el culo". "Scott está metiendo la pata en el Sistema de la Reserva Federal, porque las tasas están demasiado altas", disparó en público el presidente norteamericano.
En este contexto pantanoso, la variable financiera se despeña, mientras que la política parece consolidarse. La cotización de los dólares se incrementa nuevamente; el riesgo país sube, y tìtulos y acciones argentinos, después de una breve recuperación postelectoral, vuelven a caer. En lo político, la gobernabilidad parece incrementarse debido a la guerra civil intestina que enfrenta el panperonismo desde hace tiempo, sumado a la decisión de los dialoguistas de retomar el papel de sumisión que desempeñaron hasta fines de 2024, sin obtener casi nada a cambio. Pero no encuentran otro árbol adonde ponerse a la sombra.
Por estas razones, las advertencias sobre una devaluación desordenada, “impulsada por el mercado”, nuevas corridas financieras y hasta la amenaza de default vuelven a las bocas y las plumas de los economistas de todo el arco ideológico, retomando la enjundia preelectoral, tal como es característico de este gobierno. Hasta ahora no le ha ido mal y siempre consiguió auxilios impensados de último minuto. La pregunta del millón es si los seguirá recibiendo. (www.REALPOLITIK.com.ar)
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