Todo comenzó como un desafío personal: por 1985, Adolfo Castelo lo quiso convencer de aceptar la exótica propuesta de Radio El Mundo AM 1070. Ambos se habían hecho amigos en 1974 a través de “Plin caja”, un programa producido por Castelo que significó el debut radial de Dolina (y del Sordo Gancé, una de sus creaciones fundamentales, todavía vigente). El medio volvió a unirlos los sábados a la mañana de 1977 en “Claves para bajar de la cama”, con un staff que incluía a Fernando Salas y Federico Bedrune, espadas fundamentales en el cambio del paradigma de un humor radiofónico que buscaba aflojarse el rígido corset del libreto irrestricto a través del flirteo con la improvisación, el sarcasmo, la utilización de personajes delirantes y la ridiculización de situaciones cotidianas. “Un humor que al oyente le hace decir: ‘¡Mirá lo que dice este tipo, qué hijo de puta!’”, graficó Castelo alguna vez.
La propuesta en cuestión de AM El Mundo no variaba del formato ya transitado por Alejandro Dolina. Exceptuando un detalle: el horario. “Nos ofrecieron la medianoche, que era una franja de exilio y desolación: cuando se perdían las esperanzas en un programa lo confinaban a esa hora, que era peor que no existir. No tenía fe ni en el horario ni en el programa; con mucha suerte nos escucharían nuestros familiares, si es que antes no se quedaban dormidos”, recordó Dolina. Para convencerlo, Adolfo Castelo le propuso probar un mes para ver qué sucedía. “Y tuvo razón –reconoce–. No se levantó una gran polvareda, pero al menos recogimos alguna luz de respuesta y fuimos encontrando una forma adecuada de discurso, de relato y de forma artística. Entonces me quedé. Y aquí estamos, todavía”.
Hasta ese entonces, Alejandro Dolina había trabajado como redactor publicitario en la Editorial Atlántida (“Recuerdos de papel que se volaron al primer viento”, contó sin contar) y venía de un tránsito intenso por la gráfica a través de las revistas Satiricón y Humor, donde, se sabe, insinuó los textos que más adelante compondrían las “Crónicas del Angel Gris”, su primer libro. Aún no había iniciado su camino en la literatura y la radio era tan sólo un escenario de experiencias breves y sinsabores: sólo acumulaba proyectos rechazados, tal como le sucedería luego en televisión.
La sociedad con Castelo y la novedad que proponía el programa “Demasiado tarde para lágrimas" le aseguraron una continuidad laboral que no alcanzaría con ninguna de sus otras expresiones artísticas (entre las que también se incluyen la música y el teatro). Sombras chinescas por radio (¡!), partidas de dados en vivo, la presencia de un hombre bala rebotando en el estudio, los tangos del maestro Gancé, conversaciones de matriz filosófica y relatos mitológicos fueron los elementos que configuraban un formato inédito en un horario marginal. Y que despertaron una curiosidad a través del oído: allí comenzaron a aparecer unos primeros curiosos, luego otros, y la demanda dejó de caber en los modestos estudios de Radio El Mundo. Primero los viernes (y así, sucesivamente, hasta completar toda la semana) la presencia de un público numeroso otorgó, con sus risas aprobatorias y sus silencios reverenciales, otra espesura a un código que aun en 2025 sigue pregnante y vigente.
Después de cuatro temporadas, hacia 1990 “Demasiado tarde para lágrimas” inició un curso errante por el dial. Radio Rivadavia AM630, Radio Nacional y la extinta FM Viva (aquí, ya como “El ombligo del mundo”) fueron los destinos inciertos hasta que 1993 los encontró en FM Tango bajo el nombre de “La venganza será terrible”. Aunque Dolina asegura que nada se modificó entre tanto cambio de emisora y de frecuencia, lo cierto es que “La venganza será terrible” estableció una instancia de perdurabilidad que se consolidaría en 1994 con el paso a Radio Continental, estación en la que permanecería durante 16 temporadas casi consecutivas (interrumpidas por un breve paso por AM Del Plata). Allí, además, profundizaría el carácter radioteatral del programa con el legendario ciclo de audiciones en el Café Tortoni y sus multitudinarias giras por teatros del interior del país. Una marca propia de “La venganza…”
Cuatro décadas de continuidad inalterable confirman un formato exitoso, aunque Alejandro Dolina discrepe con ambas expresiones. “Tuve suerte con el público, pero nunca logré éxito en términos económicos. No nos pagan mucho dinero, al menos no el que la gente piensa, y eso se debe a que nunca conseguí la admiración de los agentes mediáticos ni de las empresas”, asegura. Acerca del formato, se extiende un poco más: “Eso no es muy difícil ni importante; puede aparecer en media hora. ¿Qué importa si estoy acompañado de un tipo o tres, o si primero hay un bloque humorístico y luego aparezco tocando el piano? Hacer un programa no es eso, sino encontrar una forma de hacer fluir ideas. Y también de encontrar ideas para hacerlas fluir. Lo que fue difícil, y aún hoy encontramos, perdemos y recobramos, es discurrir un discurso alumbrado por algunas ideas que todos los días copiamos de otros y que, muy de tarde en tarde, se nos ocurren a nosotros mismos. Hay ideas propias y otras tantas que juntamos por ahí, en los libros más que en los diarios. La oficina de producción la tiene uno adentro, y el trabajo consiste en leer, aprender... y tratar de aprender a pensar”.
—Es verdad. El código radial parece ser un tipo que nos dice si hace frío o calor, otro que nos cuenta cómo está el tránsito, más adelante viene el de la Oral Deportiva o el del noticiero. Buscar la conexión con eso que se llama “realidad”, para ponerle un nombre pretencioso. Acá, en cambio, estamos en un teatro, hablando de cuál era el régimen en el Tártaro, o el Averno de los griegos, tocamos música, improvisamos. Definitivamente, esto que hacemos no es radio.
—Ojalá sea así, es lo que humildemente intentamos cada noche. No hay un “trabajo de producción” en “La venganza…”, al menos no en los términos convencionales. Lo que se habla, lo que se discute, lo que se actúa y lo que se ejecuta musicalmente no se prepara en una reunión de consorcio, sino que tiene que ver con acumulaciones de lecturas, de experiencias y, fundamentalmente, de inquietudes. Pero hoy la cosa parece que está cambiando y nos encontramos con millones de usuarios en todo el mundo pensando en 30 palabras y generando más textos y mensajes de lo que esos mismos millones serían capaces de leer.
—Yo había escrito hace muchos años un cuento llamado “Historia de la Nueva Historia” (N: Publicado en 1981 en la revista Humor y cuatro años más tarde en el libro “Crónicas del Angel Gris”, de 1985). En ese entonces imaginaba un mundo en donde absolutamente todo era registrado. Tenía por ahí algunos costados humorísticos, por ejemplo cuando señalaba que para registrar todo lo que ocurría en la vida de una persona hacia falta otra que pusiera la suya al servicio del registro, y lo mismo otra que hiciera lo mismo para registrar la de aquel registrador, y así, sucesivamente. Ahora, más de 40 años después de aquel cuento, veo que ese problema más o menos se ha solucionado. De manera que no esta lejano el día en el que no haya en el mundo una persona, un hecho y un detalle que quede sin registrar. Una idea que asusta un poquito, ¿no?.
–-Uno se hace la ilusión de que el público siempre es el mismo, ya que desde el punto de vista de la edad hay una mayoría de jóvenes. Pero, claro, se produce una situación metabólica: entran por un lado y salen por el otro. Cumplen 20 años y te empiezan a escuchar, hasta que llegan a los 35 años y dejan de hacerlo. El programa tiene una clientela propia, pero es cierto también que hay radios que facilitan el acceso de estos clientes y de otros que no lo son, tal como hace uno con los kioscos que están mejor ubicados. En cambio, hay radios que no sólo no abren las puertas a nuevos clientes, sino que también se las cierran a los antiguos, que por vivir en determinado barrio no pueden escuchar la radio. En todo caso, creo que el secreto de su longevidad estuvo en no morirse. Y en no abandonarlo: lo hubiese dejado si me iba bien en otras cosas o si, supongamos, alguien me contrataba para hacer películas en Hollywood.
—Hay algo de eso, pero no tanto como se dice. Creo que en el programa tenemos un discurso que se parece mucho al de la estudiantina, al de los chistes del colegio o de la universidad. Existe esa misma clase de ironía y, quizás, también una vecindad temática de ciertos asuntos librescos. O a lo mejor los muchachos disfrutan con el trato que nosotros le damos a las cuestiones sobre las que versamos. Bioy Casares decía que le gustaba mas el humor que ejercían los amigos inteligentes que los profesionales. Y el carácter no profesional que tiene nuestro discurso humorístico me parece que es decisivo. Porque nunca decimos: “ahora les vamos a contar un chiste”. Buscamos por otros caminos que no son los usuales. Ni siquiera utilizamos esa improvisación que algunos llaman “desfachatez”. La cual presupone un discurso descuidado, con un aflojamiento general de la mente y del aparato fonador. Un realismo crudelísimo que emula a los diálogos de las pizzerías. Y, como bien sabemos, los diálogos de las pizzerías nunca han sido memorables, de modo que no los frecuentamos.
—Yo diría que hay, pero sostenida por una preparación previa muy grande. Patricio Barton improvisa muy bien porque sabe hacerlo, está preparado y conoce las reglas. La improvisación tiene sus rigores: así como el músico trabaja con libertad pero dentro de unas escalas que están previamente pautadas, lo mismo ocurre con una situación teatral o humorística, sostenidas por aquellas escalas que marcan la lógica. La idea es improvisar para ir preparando un desenlace, lo cual es muy distinto al delirio, donde cada uno dice lo que quiere. Lo que erróneamente caracterizan como si fuera “surrealismo”. Eso no significa decir cualquier pavada que se te viene a la cabeza. ¡De ninguna manera era esa la idea de André Breton!
— Como decía Antonio Roma: “Atajar cada vez mejor”. No es hacer algo que yo nunca haya hecho, porque no se tratan de asignaturas pendientes. Por el contrario, no las tengo. O mejor todavía: diría que todas aún están pendientes. Quiero rendir de nuevo todas las materias que di, incluso las que aprobé. Porque no es una cuestión de llenar casilleros y decir “esto lo hice, “esto no”, “a esta ciudad fui, así que tachámela”. Mi vida está llena de Rubicones, algunos los cruzo y otros no. Pero nunca son decisiones que me hagan exclamar: “Alea jacta est”. A veces los cruzo sin darme cuenta y aparezco en Roma al frente de mis tropas creyendo que estaba durmiendo del otro lado del río. (www.REALPOLITIK.com.ar)