En la madrugada del 3 de enero, Caracas se despertó con explosiones, el sobrevuelo de helicópteros y aeronaves. Además, parte de la ciudad quedó sin luz. Fueron atacados la base aérea La Carlota y el Fuerte Tiuna, principal guarnición del ejército venezolano. No trascendieron detalles de la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, personaje vinculado a la estrategia política del régimen. La responsable del operativo fue la Fuerza Delta, elemento conjunto de las fuerzas armadas de Estados Unidos, especializado en operaciones antiterroristas y para dar golpes estratégicos.
En los meses anteriores a su captura, en el marco de la guerra de nervios, el presidente Maduro cambiaba constantemente de lugar de residencia, celulares -para impedir su rastreo- y al parecer reforzó su seguridad con agentes cubana. Según el The New York Times, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) operaba en el terreno y pudo ubicar con precisión los movimientos de Maduro.

Vale destacar que la dirección de Inteligencia de Cuba, conocida como G-2, se hizo célebre por su eficacia. Durante la Guerra Fría, La Habana desarrolló una extensa red inteligencia en toda América Latina. Es de público conocimiento el grado de infiltración alcanzado durante el régimen chavista, especialmente con la creación del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, el temido SEBIN, policía política venezolana. El personal cubano se caracteriza por su alto nivel profesional, una eficiente contrainteligencia, años de experiencia en operaciones encubiertas no solo en América Latina, sino en lugares tan distantes como África. La G-2 montó redes de inteligencia en el mismo Estados Unidos, como la Red Avispa, que actuó contra la disidencia cubana, o el caso protagonizado por Manuel Rocha, exembajador de Washington en Bolivia, condenado a quince años por un tribunal de Florida, luego de declarase culpable por haber espiado a favor de Cuba por 40 años.
La infiltración de los servicios cubanos en Venezuela permitió contar con un régimen afín, siendo una verdadera válvula de oxígeno a La Habana, luego de la caída de la Unión Soviética. En ese marco, vale la pena recordar que desde el castrismo fue impulsado el Foro de San Pablo, estructura que permitió en el plano político mantener una red de simpatías y afinidad con Cuba, en un clima de crecientes críticas por cuestiones vinculadas a los derechos humanos y la democracia. En fallido golpe de estado de 2002, puso en evidencia las limitaciones del aparato de seguridad venezolano, abriendo las puertas a un mayor nivel de presencia cubana.
Las operaciones de inteligencia de Cuba en Venezuela tienen que ver con la supervivencia de la “revolución”, especialmente por el abastecimiento de petróleo, pero ello no implicó un alineamiento con Caracas. En 2023 trascendió la mediación de La Habana entre los gobiernos venezolano y guyanés por la cuestión del Esequibo, donde por razones de política interna, Caracas escaló en conflicto. Las buenas relaciones de Cuba con la Comunidad del Caribe (más conocido como CARICOM, el bloque económico que aglutina a las excolonias británicas del Caribe más Guyana), permitió que Irfaan Ali, presidente guyanés, solicitara la intervención cubana para generar canales de comunicación con Venezuela.
El temor cubano era la reacción de Estados Unidos, dado que importantes compañías petroleras operan en las aguas reclamadas por Venezuela a Georgetown, por la disputa de Esequibo. El incremento de la presencia militar venezolana, sus despliegues navales y el referéndum nacional para legitimar la creación del estado de Guayana Esequiba, generó alarma en la región, por temor a una crisis militar.
La estrategia de Maduro para canalizar el descontento interno hacia su régimen en un conflicto externo, no hizo más que obligar a Guyana a un mayor acercamiento con Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y un mayor distanciamiento del CARICOM con Venezuela. Brasil movilizó fuerzas militares en la zona de frontera entre Guyana y Venezuela, por orden del presidente Luiz Inácio "Lula" da Silva, poniendo en evidencia que los intereses nacionales y geopolíticos están sobre los ideológicos. En febrero de 2024, las fuerzas brasileñas desplegadas en el área, fueron nuevamente reforzadas ante las tensiones renovadas entre Venezuela y Guyana.
Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de Joe Biden, de la mano de su secretario de Estado, Anthony Blinken, hizo saber su respaldo a Guyana, considerado aliado estratégico de Washington, especialmente por su potencial energético. Mientras tanto Maduro subía el nivel de escalada verbal, al anunciar que pronto empresas venezolanas iniciarían actividades de exploración petrolera en el Esequibo. La reacción de Brasilia y La Habana en la crisis con Guyana debería haber sido una llamada de atención a Maduro. Un grueso error de cálculo que pagaría tiempo después.
El incremento de la presión militar sobre Venezuela se incrementó, con el despliegue de un grupo de combate liderado por un portaaviones y unos 15 mil efectivos, unido a la actitud de Pekín y Moscú, cuyo apoyo a Caracas fue más retórico que real. Desde el “estado profundo” del régimen venezolano se dieron cuenta que estaban en un callejón sin salida. Las fuerzas armadas venezolanas carecen de la preparación, voluntad y capacidad para resistir una embestida de Estados Unidos. Los generales que se benefician con la corrupción del régimen, posiblemente optaron por algún tipo de negociación, estando bajo la atenta mirada de los cubanos. La Habana precisa el petróleo venezolano. Es altamente probable que optaran por dejar “la puerta abierta” para que los estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro y su esposa. Mientras tanto, Trump obtuvo una victoria política, pudo hacer su show frente a la opinión pública doméstica y extender una amenaza velada hacia América Latina, a todos los países que tengan alguna aspiración de no apegarse a la subordinación a los dictados de Washington. China y Rusia, utilizarán la condena a la agresión militar estadounidense para alimentar la retórica antioccidental en sus espacios de interés geopolítico.
El gran desafío es el cambio de régimen. Se estima que hay decenas de miles de agentes cubanos, los “colectivos” chavistas que están armados y la milicia bolivariana que cuenta con cientos de miles de efectivos armados. Por ende, es factible que desde Cuba se busque alguna manera de continuismo. Washington sabe que no será fácil deshacerse de los miles de cubanos presentes en el estado venezolano.
Trump lo ratifica al señalar sobre la líder opositora María Corina Machado Parisca, respecto a la posibilidad de que encabece o sea parte del nuevo gobierno de Venezuela: “Creo que le sería muy difícil estar al frente del país. No cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país. Es una mujer muy amable, pero no inspira respeto”.

Esto podría ser indicio de algún tipo de negociación entre los militares, verdaderos actores de peso en el régimen venezolano, y la Casa Blanca. El secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció que hubo negociaciones con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez (de la cual depende el temible SEBIN).
Trump anunció, desde su residencia de Mar-A-Lago, que Estados Unidos “gobernará” Venezuela hasta que se concrete una “transición segura”. Recuerda cuando durante la presidencia de George W. Bush, luego de la ocupación de Irak y el derrocamiento del gobierno de Saddam Hussein, se impuso la figura del “administrador”, en manos del diplomático Paul Bremer, quien ejerció el gobierno del citado país árabe por un año, hasta que lo entregó a un nuevo gobierno iraquí.
El intento de desmantelar la influencia del partido Baaz Árabe Socialista en las fuerzas armadas, de seguridad y la administración pública, abrió las puertas a la violencia que duró años. La Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), como se denominó oficialmente el gobierno de ocupación en Irak, entre las primeras medidas avanzó en la apertura del mercado local a las importaciones, al ingreso de las grandes corporaciones petroleras estadounidense y la privatización de la economía iraquí. ¿Recuerdos del futuro para Venezuela?
El presidente estadounidense no descartó incrementar la presencia militar estadounidense en Venezuela. Sobre cómo será gobernada Venezuela en etapa, Trump señaló a la prensa que se asegurará de que “el país es manejado adecuadamente" y sobre quiénes serían los responsables del gobernarlo, si serían venezolanas o no, dijo: “Estamos designando a la gente ahora mismo y anunciarán quiénes son esas personas”. También señaló, sobre la llegada de empresas petroleras estadounidenses, que pronto solucionarán los problemas sobre la infraestructura petrolera y “empezarán a hacer dinero para el país”.
Las amenazas ahora se extienden a Colombia, al señalar: “Tiene fábricas de cocaína. Tiene fábricas donde produce cocaína. La están enviando a Estados Unidos”. Y agregó que Gustavo Petro (el presidente de Colombia) “tiene que tener cuidado”. La misma advertencia se dirigió a México y Cuba. En el caso mexicano: alegando que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no tiene el control de su país y que los carteles de la droga dominan el país.

La captura del presidente Nicolás Maduro es una clara violación del derecho internacional y un acto de beligerancia. La intervención de Estados Unidos, no obedece a poner fin a la dictadura chavista, destacándose que en la Corte Penal Internacional está abierto un proceso de investigación contra el régimen venezolano por crímenes de lesa humanidad; el real objetivo de Washington es el control de los recursos energéticos venezolanos, negar su acceso a China y reducir la influencia de Rusia. Esto está plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, donde los intereses en la región se centran en el control migratorio, evitar / disuadir influencias de actores con intereses en conflicto con Estados Unidos; garantizar el acceso a ubicaciones estratégicas; y el acceso a cadenas de suministro esenciales. Reemplaza el diálogo por una imposición de los intereses estadounidenses.
Lo acontecido en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, con la captura de Maduro y su esposa, no debe confundirnos. No es un acto en defensa de la democracia, sino una nueva versión de neocolonialismo del siglo XXI. (www.REALPOLITIK.com.ar)