Sábado 28 de febrero de 2026

Cultura

Cultura y poder

Darío Lopérfido, el negacionista que banalizó el rock 

27/02/26 | Virtuoso para conchabarse en el estado con números cargos, usó al rock como ariete durante la época de la infausta Alianza mucho antes de rechazar la cifra de los desaparecidos en Argentina.


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Por:
Juan Provéndola

“Las despedidas son tristes y dejan una señal en el corazón”, dijo con pretensiones emotivas en River Plate el entonces alcalde porteño Fernando de la Rúa mientras entregaba una plaqueta de reconocimiento a los tres músicos de Soda Stéreo antes de su primer show de despedida, el 20 de septiembre de 1997. A su lado lo miraba con fingida conmoción quien se encargaría de gestionarle la cultura tanto en el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como en el de la Nación: Darío Lopérfido. Un tipo con jactancias de bon vivant y sapiencia cultural que quedó en la historia por haber dicho que “en la Argentina no hubo 30.000 desaparecidos”, cifra que según él “se arregló en una mesa cerrada para conseguir subsidios”. Su principal mérito, por lejos, fue haber vivido de onerosos conchabos en el estado, el último de ellos con la mascarada de una agregaduría cultural en Berlín pero que en verdad revestía un nombramiento desde la Agencia Federal de Inteligencia, según revelaron distintas investigaciones periodísticas.   

De los pasos de De la Rúa por los poderes ejecutivos de Buenos Aires y de la Nación (en ninguno de los casos terminó el mandato) quedaron numerosas postales rockeras que no sólo expresaban el deseo ya atávico que persigue todo político por mostrarse cercano a ese género de relevancia juvenil, sino también las desavenencias que esta relación ofrece cuando la misma es exageradamente forzada y conducida a un uso funcionalista y vaciado de discurso. En todos esos bretes siempre estuvo involucrado Lopérfido.

El ejemplo principal de aquello sucedió el 1 de marzo de 1999, cuando dos jóvenes murieron electrocutados durante un show que Divididos y Los Caballeros de la Quema ofrecían en Costanera Sur el marco de “Buenos Aires Vivo”, ciclo que alineaba a convocantes músicos en shows gratuitos. Diego Aguilera tenía veinte años, Alejandro Lumille veintiuno y ambos provenían del sur conurbano en procura del recital gratuito que organizaba el gobierno porteño. Dos días antes, Charly García había realizado en el mismo ciclo aquel concierto famoso por su intento frustrado de tirar muñecos al Río de la Plata desde un avión. Pero además de las muertes de Aguilera y Lumille, se registraron en ese show veintiún heridos, varios de ellos con heridas de arma blanca y de los que nadie se hizo cargo. El entonces alcalde porteño continuó su camino hacia la presidencia de la Nación, que obtendría meses después.

Incluso una vez que De la Rúa llegó a la primera magistratura, el ciclo en cuestión alcanzó carácter federal ya con el nombre de “Argentina en vivo” y un despliegue de artistas y logística que demandaba gastos superlativos en época de ajustes, reducción del estado y recesión. Una vez más el brazo ejecutor fue el ya exsecretario de Cultura de la Ciudad, Darío Lopérfido, premiado con el mismo cargo pero en Nación. 

La llegada a artistas importantes y la disposición de voluptuosos presupuestos en un contexto de recortes y austeridad le dio a Lopérfido una relevancia inusitada. Integrante del Grupo Sushi (un “think tank” de jóvenes pero no tanto al servicio de De la Rúa), supo usufructuar incluso mucho mejor que su jefe este vínculo que lo llevó a la tapa de la edición argentina de la revista Rolling Stone. “El rock al poder” decía la publicación, mientras Lopérfido aparecía en una cama junto a María Gabriela Epúmer, su pareja de entonces, fundadora de Viuda e Hijas de Roque Enroll y guitarrista de Charly García. Evidentemente el rock y el poder político nunca habían estado tan “íntimamente” cerca como bajo esa era.

El gobierno del radical consagrado por la tristemente recordada Alianza terminó de la peor manera, aunque Lopérfido sobrevivió a ello y luego se acomodó en distintos gobiernos del Pro y Cambiemos. Su voracidad por los contratos llegó a ser tan alevosa que hasta le valió la crítica de otro exgrupo Sushi y también fanático de los cóncavos: Hernán Lombardi. “Tenía demasiados cargos concentrados sobre sí mismo”, fustigó. Como director del Teatro Colón rechazó al rock con el que tanto había usufructuado: “El rock tiene un problema: suena mal en esta sala, así que les pido que dejen de intentarlo. Es común este empecinamiento de los rockeros que siempre quieren tocar en estadios y de golpe quieren tocar en un teatro. El rock le causa daño a la sala y además se escucha mal”. Darío Lopérfido falleció en Madrid a los 61 años y era portador de ELA, una enfermedad para la que la ciencia aún no ha encontrado cura. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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