La Argentina forma parte desde 2024 de la Fuerzas Marítimas Combinadas (CMF), iniciativa impulsada por el exsecretario de Asuntos Internacionales de la Defensa, Juan Battaleme, durante la gestión de Luis Petri al frente de la cartera de Defensa. La citada organización es una coalición internacional cuyas principales áreas de actuación son la lucha contra el narcotráfico, el contrabando, la represión de la piratería, el fomento de la cooperación regional y la colaboración con socios regionales y de otro tipo para fortalecer las capacidades pertinentes, mejorar la seguridad y la estabilidad generales y promover un entorno marítimo seguro, libre de actores no estatales ilícitos.
Está formada por 47 naciones bajo el comando de un vicealmirante de la Marina de los Estados Unidos y su adjunto, un comodoro de la Marina Real británica. En 2023, Washington invitó a la Argentina a formar parte de dicha entidad, pero no hubo interés por parte del gobierno de Alberto Fernández. La llegada del presidente Javier Milei a la Casa Rosada significó una política de alineamiento con la Casa Blanca, profundizándose con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. En este contexto, nuestro país adhirió a la CMF y, tal como señaló Battaleme en una entrevista: “Argentina se posiciona de cara al siglo XXI como una parte central en materia de seguridad energética y alimentaria. Tenemos que tener la capacidad de poder proteger eso. No nosotros solos, sino como se hace tradicionalmente, con coaliciones multilaterales. Y la única de ese estilo que además es plenamente compatible con nosotros es la Fuerza Marítima Combinada”.
La CMF tiene cinco fuerzas de tarea, desde la 150 a la 154. Cada país elige en cuál y en qué calidad se suma. “Nosotros hacemos algo escalonado: vamos a ir a la 154, que es de entrenamiento. Con eso definido, vamos a dar un segundo paso: evaluar qué más podemos aportar. En ese sentido, puede ser, por ejemplo, alguno de los cuatro aviones P-3 Orión que vamos a recibir”. Realismo mágico del exfuncionario, desconociendo los graves problemas que atraviesan las Fuerzas Armadas y, particularmente, la Armada, que impiden a todas luces un despliegue de semejante magnitud en un teatro de operaciones tan lejano, junto con los costos asociados, aunque sea para fines de entrenamiento.
En otras palabras, bajo el amparo de entrenar al personal y fomentar intercambios profesionales con otras fuerzas navales, el gobierno de Milei involucró a la Argentina en la agenda geopolítica de Estados Unidos y aliados de la OTAN en el Mar Rojo y el Océano Índico.
Es altamente probable que Marc Zell conozca el compromiso que tiene Argentina con la CMF, lo acontecido en el pasado relativo a los casos AMIA y Embajada de Israel, y el alineamiento que mantiene el presidente Milei con los gobiernos de Trump y Benjamín Netanyahu, y que, por lo tanto, considere a nuestro país para participar en la guerra con Irán. Apela a un verdadero “bluff”, posiblemente para impactar o seducir tanto al liderazgo político argentino como al militar, proponiendo que Estados Unidos, en el hipotético caso de que Argentina participe en las operaciones navales en el Estrecho de Ormuz, reciba como “moneda de cambio” apoyo político por parte de Washington para resolver el diferendo con Gran Bretaña relativo a Malvinas.
Existe en sectores militares la fantasía con que el alineamiento con Estados Unidos se traducirá en algún tipo de apoyo al reclamo de soberanía sobre nuestras islas en el Atlántico Sur. No cabe duda de que Marc Zell está muy bien informado sobre esta postura en ciertos círculos militares argentinos.
La coalición formada por Estados Unidos e Israel ha sido objeto de críticas y los aliados europeos han sido más bien renuentes a una participación activa en el conflicto. Posiblemente ese sea el argumento de referentes políticos republicanos como el caso de Zell, que instan a buscar otros países, ante el alejamiento o postura crítica de los socios tradicionales de Washington, que puedan participar, aunque sea de manera muy limitada, pero con un fuerte simbolismo político.
Esto recuerda a la aventura estadounidense en Irak: salvo el Reino Unido, la mayor parte de los aliados de la OTAN se opusieron a la invasión. Washington buscó, por medio de diversas concesiones y ayudas, el apoyo de países de menor peso para mostrar ante la opinión pública que la guerra de Irak era, en verdad, una coalición internacional y no un acto unilateral de la Casa Blanca. Así encontramos en la ocupación de Irak tropas de El Salvador, Nicaragua, Tonga, Georgia, Mongolia y una larga lista de países, incluyendo algunos que querían ser parte de la OTAN. Posteriormente se sumaron estados tales como Corea del Sur, Japón y España, pero, por cuestiones políticas domésticas, se retiraron de la Fuerza Multinacional creada por la ocupación estadounidense. En el caso de Irán, la historia vuelve a repetirse.
El canciller Pablo Quirno, en una entrevista dada al periodista Eduardo Feinmann en el canal A24, descartó en una primera instancia el envío de fuerzas militares, pero dejó abierta dicha posibilidad al afirmar: “En la medida que lo necesite, está claro de qué lado vamos a estar”. Desde los medios y redes sociales, las usinas de rumores señalaron la posibilidad del envío de dos buques de la Armada.
La situación de nuestra marina de guerra, luego de años de falta de inversión, es crítica. La gestión del presidente Milei no adoptó acciones concretas para mejorar su capacidad operativa. Más allá del show mediático por la adquisición de aviones de exploración y guerra antisubmarina P-3 Orión de segunda mano a Noruega y la compra de un lote de cuatro helicópteros AW109M, la situación de los medios de la Flota de Mar es delicada.
De las tres fragatas tipo Meko 360 (llamadas destructores en la Armada Argentina), solo funciona una, agregándose las limitaciones por el embargo británico, que restringe la adquisición de repuestos para sus plantas de propulsión. A pesar de algunas mejoras en los sistemas de navegación, sensores electroópticos y la extensión de la vida útil de los misiles antiaéreos Aspide y antibuque Exocet, se trata de buques tecnológicamente desfasados y no aptos para un teatro de operaciones como el Estrecho de Ormuz para proveer escolta a buques petroleros considerados de países hostiles por las autoridades iraníes.
Las corbetas Meko 140 también requieren una actualización en sus sistemas de armas, combate y sensores.
Los buques más modernos de la Armada son cuatro patrulleros de altura de la clase ARA Bouchard, construidos en Francia e incorporados entre 2020 y 2021. Estos medios son aptos para operaciones de seguridad marítima y búsqueda y rescate. Sus capacidades militares son más bien escasas y no resultan adecuados para operar en el Estrecho de Ormuz.

Irán ha desarrollado en la zona del Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz tácticas de guerra asimétrica en el mar, en manos de la rama naval del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (conocidos como “Pasdaran”). La otra fuerza naval, heredada de tiempos del sha, está orientada a operaciones más convencionales, centradas en la negación del mar, pero complementa la estrategia de los pasdaran.
Las fuerzas navales iraníes, en su conjunto, cuentan con una estrategia bien desarrollada de guerra no convencional en el mar, lo que permite, con medios exiguos, alto nivel de alistamiento, adiestramiento y comando descentralizado, generar serios contratiempos, derivados de la experiencia de la denominada Guerra de los Tanqueros en los años 80, durante el conflicto con Irak.
El Estrecho de Ormuz, un cuello de botella, representa un serio desafío, donde los iraníes despliegan fuerzas navales que atacan en enjambres de lanchas rápidas —entre ellas las célebres Boghammar—, drones, misiles antibuque en plataformas móviles, submarinos enanos, minas navales y fuerzas especiales, lo que requiere medios adecuados para lidiar con dichas amenazas.
No solo Ormuz es un problema para la seguridad: otro punto de “estrangulamiento”, Bab el-Mandeb, que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén, está controlado por fuerzas navales yemeníes del gobierno de los hutíes (oficialmente denominado Supremo Consejo Político), donde Irán, llegado el caso, podría apelar a sus aliados para generar contratiempos al tráfico marítimo internacional, como ocurrió durante la guerra en Gaza.
A todas luces, las Fuerzas Armadas tienen serias carencias y limitaciones para actuar en un contexto de la complejidad y riesgo como el descripto. También se requiere un importante esfuerzo en materia de inteligencia en el terreno y cooperación con los actores involucrados en la crisis.
El hipotético despliegue de un buque de la Armada Argentina en el Oriente próximo sería un verdadero acto de irresponsabilidad por parte de las autoridades políticas. No solo por no contar con las capacidades mínimas para operar en dicho teatro de operaciones y poner en riesgo la vida del personal que participe, sino también por los costos asociados y, en definitiva, por enviar a nuestros efectivos militares a librar una guerra que no nos pertenece.
En suma, la historia reciente demuestra que las coaliciones construidas por Estados Unidos en escenarios lejanos suelen apoyarse en aliados periféricos con escasa incidencia real, pero alto valor simbólico. En ese esquema, la Argentina corre el riesgo de ocupar un lugar marginal, asumiendo costos desproporcionados sin obtener beneficios concretos para sus intereses estratégicos. (www.REALPOLITIK.com.ar)