El 2 de abril de 1982 se produjo el desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas y pocas horas después se produjo la primera muerte. Se trató de la de Pedro Edgardo Giachino, capitán de fragata de infantería marina nacido en 1947 en Mendoza y que al frente de una patrulla de comandos anfibios y buzos tácticos fue asesinado mientras las tropas rodeaban la residencia del entonces gobernador británico para instarlo a su rendición. Desde ese entonces fue elevado a categoría de héroe.
Su cuerpo fue luego trasladado a Mar del Plata, donde hasta ese entonces reportaba en la Base Naval de esa ciudad, y sus restos yacen desde ese entonces en un mausoleo en el parque principal del Cementerio de La Loma, donde además figuran innumerables placas en su honor de distintas reparticiones militares. Además un retrato con su rostro presidía el Concejo Deliberante de esa urbe balnearia.

Sin embargo, décadas después se supo algo más aterrador: Giachino no solo fue el responsable principal de la seguridad de ese enclave de la marina argentina en Mar del Plata sino que además sometió a torturas y tratos inundamos a varias personas.
Esto se supo a partir de los denominados Juicios por la Verdad iniciados una vez que la Corte Suprema declaró la nulidad de las leyes de Obediencia de Vida y Punto Final, dando lugar a numerosos procesamientos contra militares denunciados por delitos de lesa humanidad.
El primero que declaró en su contra fue Alfredo Molinari, un subordinado de Giachino a quien este le ordenó en 1977 que fusilara de un disparo a un detenido que se encontraba esposado y encapuchado. Molinari confesó ante un juez federal de Santiago del Estero, a quien además le dijo que por negarse a tal orden fue degradado, arrestado y enviado en 1978 a la frontera con Chile en pleno conflicto con el canal de Beagle que casi deriva en una guerra.
Luego otras dos personas reconocieron que Giachino los había torturado personalmente en la Base Naval de Mar del Plata, donde era el encargado de la seguridad.
En junio de 2011, y a pedido tanto de distintos organismos de derechos humanos como de algunos colectivos de veteranos de guerra, su retrato fue retirado del Concejo Deliberante, no sin la resistencia de grupos de extrema derecha, entre ellos uno que lleva el nombre del represor a quien la muerte en batalla le evitó cargos y condenas por delitos de lesa humanidad.
Sin embargo, su legajo aún conserva dos deseos que expresó sin sonrojarse: “Ocupar un puesto que me permita intervenir activamente en la lucha contra la subversión” y “efectuar el Curso de Guerra Subversiva en la Escuela de las Américas de Panamá”. (www.REALPOLITIK.com.ar)