Viktor Orbán lleva 16 años consecutivos en el poder como primer ministro de Hungría, y llega a 20 veinte si se cuenta su primera legislatura, desde 1998 a 2002. Es una figura central en la política del país tras la caída del comunismo, y el propio Orbán estuvo entre los impulsores de la retirada de las tropas soviéticas de Hungría en 1989.
Pero mucho ha cambiado desde entonces. Hoy, con 62 años, Viktor Orbán es la piedra en el zapato de la Unión Europea: se ha enfrentado constantemente con Bruselas por su posición sobre el estado de derecho, los derechos de LGTBIQ+ e inmigración, además de ser un acérrimo opositor a las ayudas a Ucrania en la guerra con Rusia. La mayor parte de los fondos de la UE destinados a Hungría han sido retenidos -17.000 millones de euros- por incumplimiento de la normativa europea.

Uno de los enfrentamientos más duros dentro de la UE ha sido, precisamente, la posición de Hungría respecto a Ucrania. Orbán ha construido su campaña electoral sobre la narrativa de que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, respaldado por Bruselas, pretende arrastrar a Hungría a la guerra, y que solo su reelección garantiza la paz. Ha acusado a Ucrania esta semana -sin pruebas- de intentar sabotear un gasoducto en Serbia que abastece a Hungría con gas ruso.
El enfrentamiento más directo son los 90.000 millones euros aprobados por la UE como préstamos a Ucrania que Hungría ha bloqueado. “Sin petróleo no hay dinero”, ha dicho Orbán directamente. El conflicto empezó a fines de enero, cuando ataques rusos dañaron infraestructuras del oleoducto Druzhba, que transporta crudo desde Rusia hacia Hungría y Eslovaquia. Orbán acusa a Ucrania de demorar las reparaciones deliberadamente, y hasta tanto el crudo no vuelva a fluir no levantará el veto al préstamo.
Hungría y Eslovaquia compran petróleo y gas natural ruso, sancionados desde la invasión a Ucrania, por medio de exenciones o a través de la compra de productos refinados.

Otro de sus temas clave son las políticas antiinmigración. Desde la crisis migratoria del año 2015, en la que miles de personas llegaron a la Unión Europea a través de Hungría, el gobierno decretó el “estado de crisis” que renueva cada 6 meses, sellando las fronteras. Se negó a recibir la cuota que correspondía según la reglamentación europea y, entre otras medidas, ha elevado vallas en las fronteras del sur del país, y suspendido las concesiones de asilo. Esto le ha causado millonarias multas por parte de la UE por incumplimiento de las normas comunitarias, pero Orban no ha cambiado su postura. Dijo, directamente, que no quiere multiculturalismo: “No queremos que nuestro propio color, tradiciones y cultura nacional se mezclen con los de otros”.
Pese a su abierto enfrentamiento, el gobierno húngaro no busca salir de la Unión Europea, de la que forma parte desde 2004. En cambio ha dicho que se deben reformar las instituciones supranacionales, como la Comisión Europea o el propio Parlamento Europeo, para que tengan menos poder. (www.REALPOLITIK.com.ar)