Desde Dios los Cría hasta Los Caballeros de Pedro Juan, Mar del Plata ha incubado a lo largo de su historia una importante cantidad de bandas de culto que agitaron las arenas de la Perla del Atlántico más allá de la temporada de verano y construyeron a su paso una comunidad de fieles y seguidores de su obra sin la necesidad de ser bendecidos por la centralidad porteña.
En esa categoría auténticamente marplanauta (tal como bautizó el cantante Santiago Meona) aparece también —y más cerca en el tiempo— Hombrebomba, el proyecto que Matías Miralles activa desde principios de la década pasada con distintas formaciones a su alrededor. Sin embargo, después de quince años, cuatro discos y un volumen de canciones fabulosas que merecen el Olimpo del rock argentino, parece haber llegado el momento de una pausa indefinida.
Así se supo tras el anuncio del show que finalmente dieron el sábado pasado en el CCAVE, Colectivo Cultural a la Vuelta de la Esquina, acaso la meca central del under marplatense: el last dance de Hombrebomba hasta nuevo aviso. Una noche emotiva en la cual ofreció ante una salla llena sus últimas detonaciones antes de la desactivación.
A lo largo de 20 canciones, Miralles y compañía refrendaron toda la discografía de la banda, especialmente la surcada por los discos “Novelas”, “Néctar” y “Crema del cielo”. A lo largo de ese tramo, Hombrebomba se presentó con su última formación, completada por los guitarristas Lucas Rossi y Colo Quiroga, el bajista Facundo Aguirre, el tecladista Leo Casalinuovo, la corista Cata Quiroga y el baterista Nico Domínguez, el otro sobreviviente de las primerísimas horas.
Así pasaron, entre otras, “Abrazo chino”, “Coche a Tandil” y “Quema quema”, todos representantes de ese pop bailable pero elegante, con arreglos de muy buen gusto y la pluma sensible de Matías Miralles. Como en “Hermosos”, donde el cantante armoniza que “hay una voz que me dice que lo siga intentando, hay otra que me juega sucio y me quiere peder”.
La obra de Hombrebomba parece construirse sobre el graznido de un grito suave que abre sus heridas en público y pide un abrazo mirando al mar en un día de otoño mientras las olas se hamacan en melodías llenas de melancolía. El agua salada va y viene, choca contra las piedras y deja una espuma al viento.
Entre tema y tema Miralles agradece de corazón a la gente que siempre acompañó en estos años de militancia augestiva sobre los bordes de una industria musical que nunca les tiró un mimo. Hace un esfuerzo por no quebrarse ante un clima que tampoco ayuda: después de los últimos soles del verano que ya no era, aquel sábado arrimó un frío gris que quebró el fin de semana de pascuas en dos para dar inicio formal al otoño.
El calor lo aportan las emociones y también los momentos íntimos. Como cuando Miralles se colgó la guitarra acústica e invitó a Robert Martínez, el primerísimo bajista, para evocar junto al batero Nico Domínguez el trío fundacional de Hombrebomba a través de “La bolsita” y “Tesaire Country Club”, del epónimo disco debut de 2014, y el inédito “Rosa espina”.
Luego de eso, y ya con la formación actual nuevamente sobre el escenario, echaron mano a otras gemas como “A todo dije que sí”, el single “Mar del Plata” editado en 2019 y “El último lugar”, un hitazo doliente que para su interpretación contó con la participación de Juani Bruni, el guitarrista que la había grabado originalmente en “Néctar”. Los otros invitados fueron Lobito, que antes había actuado como soporte, y el tecladista Pablo Depaoli, líder de Panal, dueño del CCAVE y también gran agitador de esta fecha que pone en pausa una banda de culto del rock marplanauta.
“Nos siguieron durante mucho tiempo, nos quisieron, nos bancaron y cantaron nuestras canciones. Un honor que nos hayan escuchado. No sabemos si vamos a volver a tocar. Pero lo hecho, hecho está”, cerró Matías Miralles a la 1 de la mañana, cuando ya era, curiosamente, domingo de resurrección. (www.REALPOLITIK.com.ar)