Lunes 6 de abril de 2026

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El Dorado, historia de la salvaje epopeya dorada de América

18/12/16 | La leyenda de El Dorado atrapó durante siglos la imaginación de los exploradores europeos que pugnaban con hacerse un nombre y una fortuna en el nuevo mundo, siguiendo la estela de Cristóbal Colón.


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Por:
Sabino Mostaccio

La leyenda de El Dorado atrapó durante siglos la imaginación de los exploradores europeos que pugnaban con hacerse un nombre y una fortuna en el nuevo mundo, siguiendo la estela de Cristóbal Colón. Ya el mismo Colón, en su juventud, quedó fascinado por los relatos del veneciano Marco Polo y las fabulosas maravillas que este vio en oriente, en especial, las ciudades donde abundaban los metales preciosos y los fabulosos tesoros de los monarcas. Él mismo halló a su llegada a las indias occidentales ciertas cantidades de oro ofrendado por los nativos como presente, que inflamaron su curiosidad y sus apetencias.

Nuevas generaciones de exploradores y conquistadores vinieron de Europa en los siglos siguientes y dos españoles, Hernán Cortez y Francisco Pizarro, fueron quizás los que mejor suerte tuvieron, pues hallaron fabulosas riquezas en metales preciosos y doblegaron a grandes imperios, el azteca y el inca, quedándose con sus fabulosas fuentes de oro y plata, por esa época, metales valiosos para una Europa en expansión. Para la década de 1550, Perú y Mesoamérica se hallaban casi bajo total control hispano y muchas minas ya estaban siendo explotadas (como el Cerro Rico de Potosí, en el Alto Perú, y sus reservas inmensas de plata) o bien agotadas. Los antiguos templos indígenas habían sido destruidos y saqueados, y la riqueza resultante, remitida por la flota española hacia la metrópoli, donde sus reyes la dilapidaron en guerras o pagando cuantiosas deudas.

Pero los conquistadores no estaban satisfechos y empezaron muchos de ellos, en especial los más jóvenes, a inquirir del indígena que entregue todas sus reservas escondidas. Y es entonces que comienzan a circular historias sobre fabulosas ciudades bañadas en enormes riquezas. Habitadas por nativos sabios y poderosos. Pero con el aliciente de que dichas ciudades estaban situadas lejos del alcance de la conquista europea de la época, en lugares no tan accesibles, como montañas, valles, desiertos y selvas. Así, muchos exploradores se lanzaron a lo desconocido en busca de nuevos tesoros que saquear.

Francisco Vázquez de Coronado, en la década de 1530, exploró el sudeste de los actuales Estados Unidos sin haber podido hallar las fabulosas ciudades de “Cíbola”, donde se presumían grandes cantidades de oro y plata. También, más al sur, otros conquistadores intentaron hallar fortuna. Diego de Rojas (el primero en explorar el norte argentino), Pedro de Valdivia (que halló la muerte luchando contra los araucanos chilenos), Juan de Garay (quien en sus exploraciones llegó al río Negro buscando la fabulosa ciudad de los “Cesares”, versión vernácula de la leyenda de “El Dorado”, junto a Jerónimo Cabrera, fundador de nuestra Córdoba), hicieron grandes sacrificios, pero sin hallar nada. Aunque sus exploraciones aportaron a la cartografía y las ciencias naturales de la época.

Se vivieron en medio de esta fiebre episodios de exaltación y locura, como las del aventurero español Lope de Aguirre, que exploró la Amazonia en busca de la ciudad del oro, dejando a su paso un espiral de muerte y destrucción entre los indígenas que se topaban con él y sus compañeros y amigos expedicionarios españoles, cegado por la ambición. Pero también, otros europeos fueron más prácticos. No esperaron hallar dinero fácil sino nuevas rutas de comercio a las indias orientales. Así, en la búsqueda de pasos que conectaran América con oriente, varios navegantes dejaron su vida y su fortuna, entre ellos Juan Díaz de Solís, Fernando de Magallanes, Giovanni Verrazzano, Giovanni Caboto, entre tantos otros.

La fiebre del oro tuvo su último gran episodio en la América Latina a mediados del siglo XVIII cuando los colonos lusitanos de Brasil empezaron a explotar las ricas minas del centro del país, en el actual estado de Minas Gerais. Los fabulosos recursos que hallaron llegaron a Europa y deprimieron los precios de los metales, por su abundancia. En la América anglosajona, los colonos ingleses nunca abrigaron la ambición de hallar oro y plata, y sí lo hicieron pronto se desengañaron por la falta de dotación de las tierras dónde se asentaron, y se volcaron a menesteres más prácticos como la artesanía y la agricultura, además de regentear grandes plantaciones tropicales.

La fiebre de oro de California, entre 1850 y 1860, en los actuales Estados Unidos, sea quizás el último corolario de los sueños y ambiciones de generaciones de aventureros, muchos de ellos sin escrúpulos, que buscaron una vida mejor en América y soñaron con hallar aquí su tierra prometida, a costa de mucho sufrimiento y fatigas, que forjaron el duro e intrépido carácter de muchos pueblos de las Américas. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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