La leyenda del rey Arturo se ha convertido en uno de los mitos más importantes y representativos de la Edad Media europea, y en un pilar de la nacionalidad inglesa. Las primeras menciones al legendario monarca y su reino Camelot arrancan con la obra del monje ingles Godofreddo de Mommouth en 1138, aunque se cree que tales historias estaban difundidas en el folclore de las islas británicas y habrían sido transmitidas durante siglos de forma oral por distintos bardos y trovadores, poetas anónimos que recorrían las aldeas y parajes difundiendo las hazañas de héroes del pasado.
El rey Arturo está desde un principio asociado a los ideales caballerescos medievales, encarnados en la celebre “Mesa Redonda” y la corte de valientes caballeros. Éstos representan las virtudes más esperables de los guerreros medievales, como el honor, la lealtad, la valentía y la piedad.
Precisamente, la religiosidad y la intensa espiritualidad cristiana es uno de los rasgos que más simbolizan a los caballeros del rey Arturo, que desde la obra del francés Chretien de Troyes en 1143, se encomiendan a un propósito digno que desvelaba la imaginación de los nobles medievales: la búsqueda del “Santo Grial”.
Así comienza el ciclo de obras basadas en la leyenda artúrica endobladas en la llamada “materia de Bretaña”, que abarca entre los siglos XI y XVI. Allí participaron destacados autores franceses e ingleses, entre ellos el celebre William Shakespeare, cuyo poema “La muerte de Arturo” ayudó a cristalizar la leyenda moderna de Arturo tal cual se conoce desde las primeras adaptaciones cinematográficas de los años 20.
Arturo reina unas cuantas décadas en Camelot, trayendo una edad de oro, aconsejado por el sabio y gran mago Merlín (nexo entre la era pagana y la flamante época cristiana de Arturo) y auxiliado por sus caballeros -entre ellos Lancelot, su mano derecha- Gawain, Percival y Galahaad, quien tuvo el honor de ver el Santo Grial debido a su pureza de corazón.
Siempre avanzando en la leyenda, no obstante sus virtudes, serán los defectos de Arturo y su gente (que al final se revelan tan humanos como el pueblo común), lo que llevará a la perdición a Camelot y hundirá su obra.
La lujuria de Arturo y su esposa Ginebra (quien engaña al rey con su fiel Lancelot y la ambición de poder de sus caballeros y familiares que codician el trono, llevarán a una guerra atroz donde Mordret, sobrino de Arturo auxiliado por mercenarios bárbaros sajones, se enfrenta a éste y ambos hombres pierden la vida.
Lancelot se reconcilia con Arturo momentos antes de su muerte, y hay una luz de esperanza en el triunfo final de la cristiandad en esas tierras, a la cual Arturo contribuyó con su espada Excalibur, con cuyo filo impartía justicia.
Durante dos siglos los historiadores modernos han tratado de encontrar visos históricos tras la leyenda y varias son las pistas. Las crónicas galesas previas a la conquista del rey ingles Eduardo I (gran admirador de Arturo y padre del imperialismo ingles) a fines del siglo XIII, hablan de Arturo como jefe de las tribus bretonas y romanas que resistieron a los sajones y anglos que querían someter Bretaña a principios del siglo VI.
Otra vertiente habla de un rey bretón de Cornualles, península al oeste de Inglaterra, que dio problemas a los reyes sajones en el valle del Tamesis hacia le siglo VII, y que es nombrado en las crónicas del monje anglo Beda el Venerable hacia el año 690.
Por esas épocas se cumplió el centenario de la conversión de los anglosajones al cristianismo, algo que ayudó a apaciguar la resistencia bretón que hacia el año 800 había cesado en Inglaterra y se había confinado en Gales y en la península de Bretaña, que acogió en épocas del rey franco Clodoveo a numerosos refugiados bretones que huían de los ataques bárbaros.
Desde el siglo XVII en adelante, cuando Inglaterra develó su conciencia imperial, el mito artúrico se volvió parte de la mitología nacional inglesa y luego britanica, siendo reivindicado y exaltado como parte de la misión civilizadora del pueblo de las islas británicas.
Desde Cronwell hasta Margareth Thatcher, pasando por Cecil Rhodes, la reina Victoria I y el escritor indio y fiel poeta pro británico Rudyard Kipling, la leyenda del rey Arturo ha sido seña del patriotismo y parte importante de la conciencia imperial inglesa. Vale la muestra de que muchos buques de la orgullosa Armada Británica llevaban nombres de caballeros de la mesa redonda, como el “Sir Galahaad”, hundido en la guerra de Malvinas por pilotos argentinos.
Al día de hoy, la fascinación de Arturo atrapa la imaginación de cineastas, escritores, activistas políticos (como el nacionalista ingles Nigel Farage) e historiadores, nobles y plebeyos, de sangre azul o sin ella. Arturo aún sigue blandiendo su espada a través de los siglos. (www.REALPOLITIK.com.ar)