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24 de febrero de 2019 | Historia

Barbarie del patriciado criollo  

El trágico duelo entre Lucio V. López y el coronel Carlos Sarmiento

La Argentina experimentaba en la segunda mitad del siglo XIX un acelerado proceso de modernización en todas sus variantes. Sin embargo, como suele suceder en los procesos históricos, estos suelen combinar cambios y continuidades. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Uno de los rasgos entre cambio y persistencia, en la “gran aldea” porteña, fue la persistencia de una antigua práctica que se volvió mucho más común dentro de las clases altas en los tramos finales de ese siglo: el duelo en defensa del honor. 

Si bien, en general, los duelos se definían a primera sangre -es decir, cuando se producía una herida-, o bien bastaba con demostrar la valentía disparando un tiro cada contendiente, o bien cruzando algunas estocadas, en algunos casos tuvieron consecuencias trágicas. Una de las excepciones fue el certero balazo al corazón que le disparó Lucio V. Mansilla al periodista Pantaleón Gómez, en 1890. Otro caso fue la contienda que terminaría costándole la vida al Lucio V. López, autor de “La gran aldea”.

Mimado por la vida Lucio V. López había nacido en 1848 en Montevideo y pertenecía a una de las más tradicionales familias porteñas. Su padre fue el historiador y hombre público Vicente Fidel, y su abuelo Vicente López y Planes, autor del himno nacional y figura relevante de la política y la Justicia porteña hasta fines de la década de 1850. Su lugar de nacimiento se debió al exilio de su padre durante el segundo gobierno de don Juan Manuel de Rosas.

Lucio tuvo una excelente formación: era doctor en Jurisprudencia, había viajado a Europa, era profesor universitario, había escrito libros reconocidos sobre historia y derecho público y ejercido también el periodismo de opinión en la "Revista del Plata" y "El Nacional". En los años 1880 había fundado el periódico "Sud América", junto con Carlos Pellegrini, Delfín Gallo y Paul Groussac y publicó un auténtico best seller costumbrista: "La gran aldea". Según un contemporáneo, Martín García Mérou, era un "periodista temible por el empuje del ataque y las mil puntas aceradas de su sátira implacable".

Tal como era costumbre en su familia, y en las élites de la época en general, la vocación política superaba a todas las demás actividades. Con poco más de 25 años fue legislador y luego diputado nacional, participó de la Junta Revolucionaria en 1890, fue ministro del Interior de la Nación por apenas un mese en 1893, cuando el presidente Luis Sáenz Peña lo designó interventor federal en la explosiva provincia de Buenos Aires de entonces. Allí comenzaría su salto al vacío. 

Paul Groussac nos cuenta que, como interventor, el "el López (Lucio V.) debió proceder administrativamente contra numerosas personas comprometidas en torno al Banco Hipotecario, por operaciones que él juzgaba irregulares. Entre aquellas se encontraba el coronel Carlos Sarmiento. Los tribunales acogieron el asunto, Sarmiento fue arrestado, condenado en primera instancia y absuelto por la Cámara de Apelación". 

El coronel, de apenas 33 años, estaba convencido de que era objeto de una persecución política y personal por López, y al salir en libertad publicó un carta agresiva y descalificadora en el diario La Prensa, el  27 de diciembre de 1894: "Usted ha pretendido manchar a un hombre y a un apellido a quienes debe respeto, y sólo ha logrado comprobar la fama de hombre díscolo, perverso y cobarde de que goza en el país”. Para rematar: “En su patria nativa, como en esta hospitalaria tierra donde vino a buscar fortuna, ha conquistado usted lo único que merece: el desprecio al intrigante clandestino". 

Sarmiento cerraba la carta con el término “Proceda”, lo que, para los códigos de la época significaba un desafío a duelo. En lugar de concurrir a la Justicia –lo que también, según dichos códigos, hubiera significado colgarse el mote de “cobarde” públicamente-, López no vaciló y lo retó a duelo. Groussac nos aclara un poco más al respecto: "Durante su brillante carrera había cosechado muchas enemistades: tenía numerosos enemigos, sobre todo entre los que no podían sino envidiarlo. Había gente vulgar que lo creía incapaz de arriesgar la vida en defensa de su honor". 

Los padrinos de López fueron el general Lucio V. Mansilla y Francisco J. Beazley. El general Francisco M. Bosch y el contraalmirante Daniel de Solier los del coronel Sarmiento. Se reunieron en el Círculo Militar para acordar las condiciones, y tanto Mansilla como Bosch trataron de evitar su concreción. No sirvió de nada, ya que Beazley aseguró que López insistía en batirse en "salvaguarda de su honor tan brutalmente agredido, porque se había insinuado que él esquivaba su responsabilidad personal, y porque quería evitar incidentes callejeros que forzosamente debían producirse, provocados por su adversario, si él dejaba pasar en silencio la publicación".

Al no quedar otro camino, se acordaron las condiciones en un acta. La cita sería el 28 de diciembre, a las 11.00 de la mañana,  en la localidad de San Martín. Sería "un duelo a pistola de arzón, a doce pasos de distancia, debiendo cambiarse dos balas y ser los disparos simultáneos y a la voz de mando". La dirección del macabro evento –que finalmente se realizó en el Hipódromo Nacional, en Belgrano, la asumiría el general Bosch.  

La catástrofe estaba por llegar. Algún tiempo después, Groussac escribió en "Le Courrier Francais" criticando a los padrinos por "establecer esas condiciones excesivamente rigurosas, casi inevitablemente fatales. El duelo a menos de quince pasos no es considerado legal: es excepcional, inclusive para las más graves ofensas materiales".

Los contendientes llegaron a la cita en carruajes, con la presencia de varios amigos y allegados de ambos, y algunas figuras de relevancia de la primera sociedad porteña. Sólo se tomó la precaución de utilizar una "bala esférica, menos peligrosa y más fácil de desinfectar". 

En un clima cargado de tensión, el primer disparo de cada uno resultó fallido. Usualmente era ese el momento de la reconciliación, ya que ambos habían demostrado su valor. Pero, lamenta Groussac, los padrinos “no tuvieron la feliz inspiración de detener el combate". Más aún, Alberto López, hijo de Lucio, recordaría que, haciéndose el gracioso, Mansilla expresó:  "¿Qué les parece un tirito más antes de amigarse?"

La tragedia había ganado la escena. El segundo disparo del coronel Sarmiento resultó certero. Un disparo perfecto al corazón de Lucio V. López, que cayó en medio de un charco de sangre. "Herida penetrante en el abdomen, con lesiones viscerales, complicada de shock traumático, hemorragia interna y peritonitis”, aseguró el parte médico respectivo.

En el funeral, al que asistió buena parte de la élite, pronunciaron discursos Carlos Pellegrini, Miguel Cané, Carlos Rodríguez Larreta y el joven Juan J. Beltrán por el Centro Universitario. Las palabras de Pellegrini dedicadas a su amigo muerto "en nombre de exigencias que acumulan un atavismo de barbarie, a cuya influencia todos hemos cedido casi inconscientemente”, quedaron flotando en el aire. 

Tal como era de práctica, se celebró el proceso judicial respectivo, y luego de un año y medio de trámites, la Cámara del Crimen condenó a Sarmiento a dos años de prisión, pago de costas e indemnización de daños, el 31 de diciembre de 1895. Una sentencia sumamente leve, como también era de práctica, ya que, en ese desenlace, habían tomado parte algunos de referentes más destacados de la sociedad porteña de entonces. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Lucio Vicente López, Carlos Sarmiento

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