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9 de marzo de 2019 | Historia

El renunciamiento de 1829 

El día en que San Martín decidió volver al Río de la Plata

A principios de 1829, el general José de San Martín regresó al Río de la Plata. El libertador, con bien merecida gloria reconocida a nivel internacional, había tenido que exiliarse cinco años antes, perseguido y difamado por los unitarios porteños liderados por Bernardino Rivadavia. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Por más que la historia oficial redactada por Bartolomé Mitre se haya empeñado en presentarnos a un San Martín prescindente en las guerras civiles entre federales y unitarios, la realidad histórica, a cada paso, desmiente la monumental construcción intelectual del fundador del diario La Nación. Y es que San Martín siempre se consideró americano y, una vez dividido y arrasado el territorio nacional por las sangrientas disputas entre Buenos Aires y las provincias, no tuvo dudas al momento de asociar la causa de la libertad americana con la gesta del Partido Federal. Por cierto que lo desgarraba la guerra intestina entre hermanos. Pero fue muy claro al momento de afirmar que quien mejor expresaba su idea sobre la construcción del nuevo orden era Juan Manuel de Rosas, o al calificar a la guerra del Paraná, iniciada con el legendario combate de Vuelta de Obligado, como “la segunda independencia argentina”. 

Del otro lado estaban los cipayos. Los agentes del orden imperial vendidos al oro inglés. Eran esos unitarios afincados en Buenos Aires, que querían que la provincia se convirtiera en metrópoli de sus hermanas. Aquellos que planteaban la construcción de un orden basado en el privilegio, la exclusión y la concentración de la riqueza. Aquellos que, bajo un discurso liberal, en realidad propiciaban un futuro colonial para la Argentina.

Habían sido, justamente, esos mismos unitarios los que lo habían declarado “traidor a la Patria” cuando se negó a renunciar a la campaña Libertadora de América del Sur para venir con sus ejércitos a aplastar la rebelión de las provincias litorales en 1820. ¿Qué querían esos paisanos? Simplemente ser tratados de manera digna, que su opinión fuese tenida en cuenta en el proceso de toma de decisiones. En síntesis, un orden auténticamente federal, opuesto al centralismo exacerbado de los unitarios porteños.

Esos unitarios habían urdido planes para asesinarlo, aunque fracasaron al momento de aplicarlos. Ellos mismos le habían impedido visitar a su mujer, Remedios de Escalada, en su lecho de agonía. Eran la crueldad personificada. El desprecio por la dignidad humana. 

Por esa razón, cuando Manuel Dorrego asumió la gobernación de Buenos Aires, el 13 de agosto de 1827, el libertador comenzó a considerar su retorno a esa amada patria que era el motivo de sus desvelos a la distancia. 

Después de mucho meditarlo, finalmente tomó la decisión. Y así fue que el 6 de febrero de 1829 llegó al Puerto de Buenos Aires, a bordo del buque “Contess of Chichester”. Sin embargo, no desembarcaría. Días atrás, en la escala de Río de Janeiro, el general había tomado conocimiento de la terrible noticia: un golpe de estado organizado por los unitarios, con Rivadavia como uno de sus principales instigadores, había depuesto y asesinado al gobernador Dorrego. El brazo ejecutor había sido uno de los antiguos oficiales del propio San Martín en el Ejército de los Andes: el general Juan Lavalle. Un hombre valeroso, sin dudas, pero escasamente reflexivo. A punto tal que, más adelante, en vista de las consecuencias que su propia conspiración había causado, los unitarios trataron de desentenderse del asunto, y denominaron a Lavalle “la espada sin cabeza”. 

El arribo del general San Martín causó revuelo en Buenos Aires. Los unitarios, nuevamente al mando, aunque en precaria situación, desesperaron. Con su criminal proyecto habían reavivado la llama de la guerra civil en la Argentina. Y la presencia de San Martín, su enemigo más calificado, no les auguraba nada bueno.

Desde las páginas del periódico rivadaviano El Pampero, uno de los jefes de la sangrienta conspiración, Florencio Varela, no se animaba a descargar frontalmente sus cañones cargados de odio y resentimiento sobre el general. Prefirió sembrar la sospecha sobre los verdaderos fines de San Martín, en un artículo titulado “Ambigüedades”: “En esta clase reputamos el arribo inesperado a estas playas del general San Martín, sobre lo que diremos, a más de lo expuesto por nuestro coescritor El Tiempo, que este general ha venido a su país a los cinco años, pero después que ha sabido que se han hecho las paces con el emperador del Brasil”. 

El gobernador de facto, Juan Lavalle, cada vez más aislado y abandonado por quienes lo habían utilizado como instrumento, decidió por su cuenta hacerle llegar a San Martín el ofrecimiento de convertirlo en presidente, para aplicar su prestigio a la pacificación de una situación que él mismo, con total irresponsabilidad, había hecho estallar. 

En el barco fondeado en el Puerto de Buenos Aires, San Martín recibió la visita del coronel Manuel de Olazábal y el sargento mayor Pedro N. Alvarez de Condarco, ambos amigos y antiguos subordinados. Allí el general les comunicó su terrible decisión: había renunciado a desembarcar en territorio argentino. Las luchas entre hermanos lo desesperaban. No estaba dispuesto a aceptar el poder de una espada manchada de sangre. Sólo aceptaría esa responsabilidad por delegación del pueblo argentino. 

“Yo supe en Río de Janeiro sobre la revolución encabezada por Lavalle y en Montevideo el fusilamiento de Dorrego -les comentó-. Entonces me decidí venir y por nada desembarcar, atendiendo desde aquí algunos asuntos que tenía que arreglar, y regresar a Europa. Mi sable no se desenvainará jamás en guerras civiles”.

Olazábal, en sus memorias, apunta que el libertador había engordado y estaba canoso, pero que conservaba los ojos centelleantes que lo caracterizaban. 

En carta a su amigo Bernardo O’Higgins, San Martín daría una prueba más de su grandeza. Si bien la situación era inmejorable para tomar revancha sobre los unitarios que habían mancillado su honor y agraviado a sus más caros afectos, no estaba dispuesto a aprovecharla. En esas circunstancias es cuando puede medirse la valía de alguien. 

“Los autores del movimiento del 1 de diciembre son Rivadavia y sus satélites -le anoticiaba a su entrañable amigo chileno-, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no solamente a este país, sino al resto de América, con su conducta infernal. Si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay entre un hombre honrado y uno malvado”.

Entristecido y preocupado por el futuro de la patria, el general San Martín decidió retornar a su exilio europeo para nunca más volver. Sin embargo, ese dolor no le impediría seguir prestando sus servicios a la distancia hasta el día de su muerte. En este nuevo renunciamiento quedaría sellada su grandeza, su estatura moral frente a la miseria unitaria. Sin caer en la soberbia a la que tan afectos eran sus enemigos, ya que, en sus propias palabras: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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