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16 de marzo de 2019 | Historia

El sanador argentino

El “Gauchito Gil”. Historia y mito de un santo profano

Es frecuente observar a la vera de las rutas argentinas, sobre todo en los lugares más peligrosos o intrincados, una especie de pequeños santuarios. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Pueblan esos lugares múltiples banderas rojas, color con el que también está vestida una imagen o muñeco alegórico del denominado “Gauchito” Gil, descansando sobre una cruz, al cual la mitología popular le ha atribuido propiedades protectivas. Junto con la “Difunta Correa”, el “Gauchito” Gil encabeza el santoral profano argentino, naturalmente no reconocido por las religiones mayoritarias.         

Los santuarios están montados habitualmente sobre árboles, o bien sobre pequeños altares de piedra o de madera.

Tal como en el caso de la “Difunta Correa”, el “Gauchito” Gil tuvo también una existencia histórica concreta. Como sucede habitualmente en el caso de los mitos profanos, no contamos con una fecha exacta de su nacimiento –se cree que nació durante la década de 1830-, y se acepta que su nacimiento se produjo en el actual departamento correntino de Mercedes, que por entonces se denominaba Pay Libre. Justamente en el cementerio de esa localidad se encuentra enterrado su cuerpo, tras su trágica ejecución fechada el 8 de enero de 1878.   

La memoria popular atribuye su nacimiento a los amores informales entre una rica estanciera del lugar, Estrella Díaz de Miraflores, y un gaucho de apellido Gil. La mujer era cortejada por el comisario de la localidad, que no le hizo fáciles las cosas a su contendiente, ni tampoco los hermanos de Estrella, que por todos los medios trataron de quitarlo del medio.

En este punto la coherencia del relato se desvanece, ya que se dan distintas explicaciones sobre el destino de su padre. Algunos afirman que se volvió matrero. Otros, que participó de las luchas civiles. Y no falta quien asegure que terminó ejecutado como desertor durante la guerra del Paraguay. Lo único cierto es que terminó perdiéndosele el rastro.

Su hijo, el “Gauchito” Antonio Gil, vivió la dura época que sucedió a la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852. Por entonces, los federales del Litoral, terminaron dividiéndose en dos fracciones que confrontaban incansablemente entre sí. De un lado los Rojos o Autonomistas, que mantenían el credo federal a ultranza. Del otro, los Celestes o Liberales, que celebraron una alianza con el liberalismo porteño. 

Si bien el “Gauchito” Gil era un Rojo de raza, fue reclutado a la fuerza por los Celestes, a las órdenes del coronel Juan de la Cruz Salazar. Reacio a combatir contra sus hermanos colorados, el “Gauchito” aprovechó un descuido y se fugó en compañía del mestizo Ramiro Pardo y del criollo Francisco Gonçalvez. Aquí aparecen nuevamente varias explicaciones. Las más populares afirman, en un caso, que se convirtieron en cuatreros que robaban a los ricos para distribuir lo producido entre los pobres. Otra explicación es que, simplemente, se los atrapó como fugitivos y se les despojó de todos sus bienes antes conducirlo a Goya para ser juzgado.  

Finalmente, la moneda terminó cayendo del lado de la muerte. Sus compañeros habían sido ejecutados durante la persecución, y Gil fue condenado a muerte. Por más que el sargento Salazar trató de interceder a su favor, no tuvo éxito. Si bien se intentó fusilarlo, las balas no conseguían dar en el blanco, lo que se atribuyó a la protección del payé de San la Muerte que colgaba de su cuello.-de aquí la leyenda de que al “Gauchito” “no le entran las balas”. El castigo aplicado entonces no tuvo nada de humanitario: se lo colgó cabeza abajo en un algarrobo, cerca de Goya (a unos ocho kilómetros de Mercedes) y se lo degolló a sablazos. 

La leyenda asegura que se dispuso ese tipo de ejecución para evitar que posara su mirada sobre los ejecutores, ya que se le atribuían poderes hipnóticos. 

Sin embargo, en ese mismo acto de ejecución brutal se iniciaría su leyenda. Poco antes de morir, el “Gauchito” le comunicó a su verdugo que, al retornar a su casa, encontraría a su hijo en gravísimo estado, al borde de la muerte. Pero que si lo invocaba inmediatamente, el muchacho sanaría. Sus palabras no pasarían desapercibidas, ya que mientras que el comandante depositó su cabeza en una alforja y marchó con destino a Goya, el verdugo dio sepultura a su cuerpo, para protegerlo de la rapiña de los animales salvajes. 

Cuando el sargento que le había dado muerte arribó a su casa pudo comprobar la veracidad de las palabras del “Gauchito”. Su hijo estaba al borde de la muerte. El sargento-verdugo no lo dudó ni un instante y, presuroso, retornó al lugar de la ejecución. Allí construyó una elemental cruz de espinillo o de ñandubay –los relatos difieren en este punto-, e invocó y rezó sobre la tumba del “Gauchito" hasta que su hijo sanó.  

A partir de entonces, las visitas a algarrobo y a la tumba del “Gauchito” de quienes atribuyeron la sanación de seres queridos a la invocación del “Gauchito” Gil se multiplicaron, para dejar sus presentes y velas encendidas.

La llegada de público era tal que el propietario del campo, de apellido Speroni, decidió demoler las precarias construcciones, las velas y hasta la cruz, y deshacerse del cuerpo del “Gauchito”. Una vez realizada su determinación, enfermó gravemente, por lo que no dudó –tampoco él- en prometerle al “Gauchito” la construcción de un pequeño santuario en caso de sanarse. Lo cual debió cumplir inmediatamente, ya que después de invocar y rezarle al “Gauchito”, mejoró. 

Ese santuario existe todavía, y es el escenario de multitudinarias congregaciones de fieles de este santo profano. 

Con el paso del tiempo, las rutas argentinas se fueron poblando de multitud de altares en homenaje al “Gauchito" Gil, por parte de familiares y allegados de personas que sobrevivieron a accidentes de tránsito en apariencia mortales, pero que consiguieron sobrevivir gracias a la invocación y el rezo al santo popular. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Gauchito Gil

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