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23 de marzo de 2019 | Historia

Semana de la Memoria

Rock y dictadura: Exilios y censuras 

En la semana de la Memoria, hacemos un repaso por los músicos argentinos que debieron asilarse en el extranjero entre 1976 y 1983 y también por las numerosas canciones prohibidas durante ese período.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Provéndola

“Autos, jets, aviones, barcos… Se está yendo todo el mundo”, comienza cantando David Lebón en el primer tema del disco debut de Serú Girán. Tanto él como Charly García acababan de regresar de un breve autoconfinamiento en Búzios, Brasil.  Corría el año 1978, la dictadura desplegaba su temporada alta de terrorismo de estado y muchos se largaban al exilio porque, al decir del músico Willy Crook con ironía y precisión, “en ese entonces Argentina era un gran país para irse por el mundo”.

“No me banqué la censura ni tener que llegar al punto de autocensurarme”, explicó Gustavo Santaolalla, quien decidió mudarse a Los Ángeles aquel año. En simultáneo, León Gieco tomó la misma decisión y por idéntico motivo, aunque su estadía en Estados Unidos duró apenas unos meses. 

Para ese entonces ya estaban viviendo afuera Pappo (en Londres), mientras que España había recibido a Moris (afincado en Madrid) y a Miguel Cantilo (establecido en Ibiza, epicentro de muchos rockeros argentinos en la diáspora). 

Todos estos se habían ido de Argentina por motivos laborales, ninguno por amenazas concretas o peligros mayores. No fue el caso, en cambio, de Roque Narvaja, quien había publicado discos críticos y picantes como “Octubre, mes de cambios”, “Primavera para un valle de lágrimas” y “Chimango”. Demasiada audacia le valió amenazas y tres intentos de secuestro en 1977 que lo obligaron a refugiarse en España, donde supo desarrollar una exitosa carrera melódica. 

Otro que padeció hostigamientos severos fue Tommy Gubitsch, guitarrista de Invisible y también de Astor Piazzolla, quien se fue a Francia y allí debió quedarse casi forzosamente, ya que al llegar la embajada argentina le retuvo el pasaje de regreso. 

Ya desde el mismo 1976 comenzaron a circular en las radios (entonces todas ellas intervenidas por las Fuerzas Armadas, al igual que los canales de televisión) diversas listas que imponían la prohibición de numerosas canciones. La primera de ellas proscribió obras de Charly García, Sui Generis, Litto Nebbia, Arco Iris y Luis Alberto Spinetta, además de grupos extranjeros como Los Beatles, Led Zeppelin, Bob Dylan, Genesis.

Un año después la SIDE publicó un documento de 311 titulado “Antecedentes ideológicos de artistas nacionales y extranjeros que desarrollan actividades en la República Argentina”. En el mismo se incluía una “nómina de compositores e intérpretes con antecedentes ideológicos desfavorables”, entre los que figuraban Pedro y Pablo y el mencionado Narvaja

Simultáneamente el álbum “El fantasma de Canterville” de León Gieco padecía la censura de cuatro canciones: dos de ellas debieron ser modificadas y otras dos directamente eliminadas. Para cumplir con este requisito, el Comité Federal de Radiodifusión ordenó retirar de circulación los 5 mil discos que el sello Music Hall había lanzado a la calle. 

En 1979 el secretario de la Nación Raúl Crespo Montes afirmaba en una entrevista que “el rock es una música impuesta a presión. Creo que se trata del gusto deformado de algunos directores musicales de las radios o de algún DJ”. Ya desde 1977 se podía advertir una campaña orquestada por el gobierno y apoyada por ciertos medios de comunicación en donde se vinculaba al rock con “la toxicomanía y la violencia política”.

La censura oficial se volvió tan evidente que en 1981 el diario Clarín publicó una lista con 242 canciones prohibidas. Allí aparecían Moris, Gieco, Alma y Vida, Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, Pescado Rabioso y Serú Girán. Una curiosidad se desprende de esta nómina: de Serú se impugnaba “Viernes 3 AM” por “apología del suicidio”, pero no así “Canción de Alicia en el país”, cuyas metáforas aludían claramente al terrorismo de estado y a la violencia institucional. 

Como muchos saben, la guerra de Malvinas propició una inesperada reivindicación de una cultura rock hasta entonces prohibida o despreciada. El Festival de la Solidaridad Latinoamericana es una muestra de ello, pero si quedan dudas aparece una especie de “lista blanca” que el COMFER divulgó luego del conflicto donde le solicita a las radios divulgar una serie de 85 canciones que “exaltan la nacionalidad, reivindican la soberanía argentina sobre Malvinas y resaltan la fe religiosa y el antibelicismo”. Entre ellas “Solo le pido a Dios” y “Muchacha, ojos de papel”, que años anteriores habían sido censuradas. 

A partir de allí, las oposiciones al rock argentino durante la agonía de la dictadura fueron mínimas y exclusivas de espacios de extrema derecha o de nacionalismo patológico. Como el caso de la revista Cabildo, que a fines de 1983 le dedicó a este género varios artículos vinculándolo al Vietcong, el “deseo de matar a la policía” y “la homosexualidad”. 

El autor de estos delirantes textos en tiempos donde la democracia se preparaba para su retorno fue Carlos Manfroni, quien luego continuó su derrotero en el ostracismo hasta que Patricia Bullrich lo volvió a traer a la luz pública cuando pretendió nombrarlo en diciembre de 2005 al frente de una de las secretarías del ministerio de Seguridad que ella encabeza. El nombramiento fue finalmente declinado gracias a una carta pública de Charly García, quien se encargó de recordarle a la sociedad quién era este sujeto.  (www.REALPOLITIK.com.ar)

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