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4 de mayo de 2019 | Historia

Una historia de novela

Evita, la pieza clave del peronismo

El 26 de julio de 1952 fallecía en Buenos Aires María Eva Duarte de Perón. A diferencia de otros actores menos favorecidos por la lealtad popular, la muerte de Evita no implicó el olvido sino la inmediata potenciación como mito de quien propulsó una nueva conciencia social, de la que habían carecido las mayorías marginadas. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

“Donde existe una necesidad nace un derecho”, sentenció Evita. El pueblo creyó en ella y la transformó en leyenda.

Desde pequeña había sufrido la pobreza y la injusticia. Una vez obtenido cierto éxito como actriz, su compromiso con Juan Domingo Perón terminaría de torcer el destino de la patria, avanzando en el camino revolucionario que se había comenzado a abonar desde 1943. Pero faltaba Evita. ¿Cómo explicar el peronismo sin ella? Así, mientras Perón fue el estratega y el conductor, Evita fue la expresión de la sensibilidad y del afán de reivindicación de las mayorías postergadas. Fue el grito desgarrado, revulsivo, visceral del pueblo del que provenía y al que nunca estuvo dispuesta a abandonar. “Cuando elegí ser Evita -decía- sé que elegí el camino de mi pueblo. Sólo el pueblo me llama Evita”.

Aprendió política a través de la praxis, de la enseñanza y el ejemplo de su compañero y admirado maestro. También de la observación de la devastada y miserable Europa de posguerra que recorrió convertida en la “dama de la esperanza”. E ignoró la advertencia del futuro Juan XXIII: “Acuérdese que el camino de servicio a los pobres siempre termina en la cruz”.

Mientras Perón garantizaba la inclusión social a través del trabajo, Evita integraba a los más débiles. La fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, creada en 1948 y luego reconvertida simplemente en fundación Eva Perón, en 1950, construyó hogares para mujeres y niños sin techo, ciudades universitarias e infantiles y más de mil escuelas. Los niños pobres recibieron lujosos regalos y, a través de las competencias deportivas, accedieron a controles médicos y odontológicos. Los ancianos tuvieron asistencia, techo, comida digna, vestimenta y seguridad.

La fundación construyó doce hospitales y un tren sanitario que brindaba sus servicios a lo largo del país. Los más débiles no eran ya abandonados o apilados en depósitos. La calidad y gratuidad de las prestaciones certificó que la hora de la igualdad había llegado.

También encabezó la reivindicación política femenina. En 1947 se aprobó el voto femenino y en 1951 las mujeres arribaron al Congreso. No fue un hecho aislado: de “nada valdría un movimiento femenino en un mundo sin justicia social”. Sólo el peronismo presentó candidatas. Para las mujeres de la oposición, la casa y la subordinación a sus maridos.

La postulación a la vicepresidencia por parte de la CGT y del Partido Peronista Femenino en 1952 motivó la inmediata reacción del ejército y de las corporaciones oligárquicas. Un Perón preocupado en garantizar la unidad militar sólo habilitó la vía del “renunciamiento” (aquel 31 de agosto de 1952) como respuesta al clamor de más de 2 millones de personas movilizadas en la avenida 9 de Julio. La división llegó de todos modos. Pocos días después, el general Menéndez fracasó en su intento golpista. Entonces, la “Evita capitana” retornó y adquirió armas para los trabajadores y defender la revolución. Pero terminaron en poder del ejército… Las armas y los obreros no iban de la mano en el reparto de atribuciones sociales imaginado por Perón.

La salud de Evita colapsó el 26 de septiembre de 1952. La herida abierta de la Argentina quedaba expuesta una vez más. La lealtad de las mayorías populares, expresada en marchas masivas y desgarradoras a lo largo de los catorce días de funerales, contrastó con los “viva el cáncer” de las pintadas de una oposición que reclamaba con hipocresía la “democracia” cuando en realidad sólo deseaba restablecer sus antiguos privilegios.

Tras la muerte de Evita, su pueblo no tardó en convertirla en santa. Seguía más viva que nunca. Y aunque el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón fue derribado por un golpe de estado auspiciado por quienes gustaban presentase como defensores de la república y de la democracia, su presencia permaneció inmutable, venciendo a la muerte.

Una vez desplazado Perón, los autodenominados “libertadores” abordaron la empresa de borrar todo rastro del paraíso plebeyo peronista: proscribieron al partido, prohibieron exhibir sus símbolos y mencionar a Perón y a Evita. Se apropiaron de los inmuebles de la fundación y destruyeron todo aquello que recordara al odiado mito. Incuso el cuerpo de Evita. El golpista Rojas exigió excluir el cadáver de la vida política y eso implicó su secuestro, múltiples violaciones y mutilaciones en un periplo que sólo concluyó con la última dictadura cívico - militar.

Fue en vano. Evita siguió viviendo “eterna en el alma de su pueblo” y creciendo en la memoria popular. Cuando finalmente el 3 de setiembre de 1971 finalmente el general Perón consiguió recuperar su cuerpo, estalló en lágrimas al comprobar las mutilaciones y vejaciones a que había sido cometido. En medio del llanto, sólo atino a balbucear con ternura: “No está muerta, sólo está durmiendo”.

Visceral e inconformista, salvaje y comprometida con los derechos y la dignidad de los humildes, a cien años de su nacimiento, Evita sigue siendo referente esencial del proyecto nacional y popular, concretando así su propia profecía: “Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Evita, María Eva Duarte

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