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9 de julio de 2019 | Cultura

Recuerdos del ex presidente

De la Rúa y el rock: una relación entre los escombros

El reconocimiento a Soda Stereo, muertos en un recital propio, la gestión cultural de Darío Lopérfido y la “lástima” de Charly García: postales rockeras de un tipo que quiso sintonizar con el género pero no pudo.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Provéndola

“Las despedidas siempre son tristes y dejan una señal en el corazón”. Con esa frase, Fernando De la Rúa pretendió imprimirle emoción a un discurso monocorde y breve tras el cual le entregó unas plaquetas de reconocimiento a Soda Stereo. 

Fue el 20 de septiembre de 1997, pocas horas antes de que el grupo ofreciera su show despedida en el estadio de River. De la Rúa era jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires desde el año anterior (el primero electo en la historia) y en el acto estaba flanqueado por Darío Lopérfido. Una escena premonitoria de lo que sería su interrumpida presidencia de la Nación: el uso funcionalista del rock, discursos vacíos y la presencia de Lopérfido en la gestión cultural. 

De los pasos de De la Rúa por los poderes ejecutivos de Buenos Aires y de la Nación (en ninguno de los casos terminó el mandato) quedaron numerosas postales rockeras que no sólo expresaban el deseo ya atávico que persigue todo político por mostrarse cercano a ese género de relevancia juvenil, sino también las desavenencias que esta relación ofrece cuando la misma es exageradamente forzada. 

El ejemplo principal de aquello sucedió el 1 de marzo de 1999, cuando dos jóvenes murieron electrocutados durante un show que Divididos y Los Caballeros de la Quema ofrecían en Costanera Sur el marco de “Buenos Aires Vivo”, ciclo que alineaba a convocantes músicos en shows gratuitos. Diego Aguilera tenía veinte años, Alejandro Lumille veintiuno y ambos provenían del sur conurbano en procura del recital gratuito que organizaba el gobierno porteño. Dos días antes, Charly García había realizado en el mismo ciclo aquel concierto famoso por su intento frustrado de tirar muñecos al Río de la Plata desde un avión.

Pero además de las muertes de Aguilera y Lumille, se registraron en ese show veintiún heridos, varios de ellos con heridas de arma blanca. La productora Fénix (que co-organizaba el evento) y Edesur se patearon responsabilidades, nunca hubo culpables ni condenados y el entonces alcalde porteño continuó su camino hacia la presidencia de la Nación, que obtendría meses después.

Incluso una vez que De la Rúa llegó a la primera magistratura, el ciclo en cuestión alcanzó carácter federal ya con el nombre de “Argentina en vivo” y un despliegue de artistas y logística que demandaba gastos superlativos en época de ajustes, reducción del estado y recesión. Una vez más el brazo ejecutor fue el ya ex secretario de Cultura de la Ciudad, Darío Lopérfido, premiado con el mismo cargo pero en Nación. 

La llegada a artistas importantes y la disposición de onerosos presupuestos en un contexto de recortes y austeridad le dio a Lopérfido una relevancia inusitada. Integrante del Grupo Sushi (un “think tank” de jóvenes pero no tanto al servicio de De la Rúa), supo usufructuar incluso mucho mejor que su jefe este vínculo que lo llevó a la tapa de la edición argentina de la revista Rolling Stone. “El rock al poder” decía la publicación, mientras Lopérfido aparecía en una cama junto a María Gabriela Epúmer, su pareja de entonces, fundadora de Viuda e Hijas de Roque Enroll y guitarrista de Charly García. Evidentemente el rock y el poder político nunca habían estado tan “íntimamente” cerca como bajo la gestión presidencia de De la Rúa.

Sin embargo el gobierno del radical consagrado por la tristemente recordada Alianza terminó de la peor manera: la adquisición compulsiva de deuda vía FMI, una crisis galopante, la represión como único reflejo estatal hacia la protesta social y la indiferencia de otros sectores políticos obligaron a De la Rúa a renunciar a su cargo y huir de la Casa Rosada en helicóptero el 20 de diciembre de 2001. 

A partir de ese día, su nombre y apellido quedaron inevitablemente asociados a tiempos de ineficacia política, malas lecturas sociales y el escape como única forma de evitar conflictos. Y su acercamiento al rock (más pragmático que vocacional) a punta de billetera y recursos del estado, ni siquiera le sirvió para que los músicos contratados lo recordaran con algún tipo de estima. “De la Rúa me da lástima”, fustigó Charly García en la revista Gente. “Tuvo la desgracia de ser presidente, pero eligió la profesión equivocada. Ni él estaba convencido. Los radicales dijeron: ‘Vamos a ponerle a éste y después le enseñamos cómo se hace’. Pero terminó muy aislado y acorralado por su familia”. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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