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20 de octubre de 2019 | Historia

El peso de una historia

La leyenda del primer sello postal

Las leyendas son el producto de la distorsión del acontecer histórico aunque, vaya a saberse por qué extrañas razones, quedan marcadas a fuego en el imaginario popular, por lo que poco termina importando su veracidad.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Una vez que se instalan en el sentido común, es altamente improbable que vayan a abandonarlo, a punto tal que las sociedades prefieren desestimar los argumentos veraces, privilegiando sus tradiciones y creencias. 

Una de estas anécdotas instalada en el imaginario británico es la que refiere a las razones que llevaron a James Chalmers (1834) y Rowland Hill (1837) a emitir el primer sello postal, en el marco de una profunda reforma del servicio de correos inglés. Hasta ese momento, el envío lo pagaba el destinatario y se calculaba en base a los kilómetros recorridos y no al peso del envío. Fue entonces que Hill propuso que el envío lo pagara el remitente según una tarifa uniforme según el peso y no por el kilometraje a recorrer.

La leyenda nos cuenta que, en el año 1835, el profesor Rowland Hill se encontraba viajando por Escocia y decidió hacer noche en una posada. Mientras se calefaccionaba junto a una chimenea vio que llegaba el cartero y entregaba una carta a la posadera. Ella tomó la carta, la examinó con detenimiento y se la devolvió, afirmando: “Como somos bastante pobres, no podemos pagar el importe de la carta, por lo que le ruego que la devuelva al remitente”.

La respuesta impactó la sensibilidad de Hill, quien se acercó al cartero y abonó el importe del envío, para permitir que la mujer pudiera tomar conocimiento de los contenidos de la carta. El cartero recibió el pago del importe -media corona- y se marchó.

Sin embargo, la reacción de la mujer fue sensiblemente diferente a la esperada por Hill, ya que dejó la carta sobre la mesa y ni se molestó en abrirla. Ante la expresión de sorpresa que se dibujó en el rostro del profesor, la posadera le explicó en tono amable: “Señor, le agradezco de veras el detalle que ha tenido de pagar el importe de la carta. Soy pobre, pero no tanto como para no poder pagar el coste de la misma. Si no lo hice, fue porque dentro no hay nada escrito, sólo la dirección. Mi familia vive a mucha distancia y para saber que estamos bien nos escribimos cartas, pero teniendo cuidado de que cada línea de la dirección esté escrita por diferente mano. Si aparece la letra de todos, significa que todos están bien. Una vez examinada la dirección de la carta la devolvemos al cartero diciendo que no podemos pagarla y así tenemos noticias unos de otros sin que nos cueste un penique”. 

La anécdota ha sido tomada como verídica y transcripta en el magazine francés Lectures Pour Tous. También figura en el Grand Dictionnaire Universel du XIX Siècle, de Pierre Larousse, en su edición de 1874. Y también la Enciclopedia Espasa de España la reproduce. En todos los casos se asegura su autenticidad.  

Sin embargo, todas estas publicaciones omitieron un elemento de juicio fundamental. la consulta de las memorias del propio Rowland Hill, quien explícitamente desmiente que ese hecho haya tenido lugar. Sin embargo, casi un siglo y medio después, la amable leyenda se mantiene viva y es aceptada a pie juntillas por la mayoría de los británicos. 

Porque, en efecto, ¿qué sería de nuestras vidas, desprovistas de ilusiones y de fantasÍas?. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Rowland Hill, James Chalmers

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