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17 de noviembre de 2019 | Historia

Violencia versus razón

La pasión de Jorge Luis Borges por los autoritarismos étnicos

María Kodama, viuda del escritor Jorge Luis Borges, desentrañó el misterio. La Academia Sueca sancionó a su finado marido, negándole el premio Nobel, en 1976, por su decisión de aceptar un doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de Chile. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Kodama recordó que, enterados del inminente viaje de Borges para reunirse además con el dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte, una llamada de Estocolmo le advirtió que la confirmación de esa visita echaría por tierra su inminente premiación, a lo que Borges respondió: “Después de lo que usted acaba de decirme, mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar”.

La decisión principista de Borges no debe ocultarnos el fondo de la cuestión: su seducción por la violencia y los sistemas elitistas y autocráticos, así como su desprecio por todo aquello que tuviera algún tufillo de popular, por no hablar ya de las grandes mayorías populares, que le producían tanto repudio como escozor. Esa adicción por la violencia, su descalificación de la democracia, lo acompañó durante toda su vida. En efecto, ya en El Aleph (1949), en su cuento Deutsches réquiem, redactaba un terrible alegato, a través del personaje del criminal nazi Otto Dietrich zur Linde, quien luego de presentar los pergaminos familiares que lo enlazan con una excelsa tradición guerrera, pasa a presentarse a sí mismo:

En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo”.

De este modo, Borges intenta desarrollar una justificación de los crímenes de lesa humanidad, tratando de volver comprensibles los motivos del genocida. Un genocida, como lamentablemente experimentaríamos largamente en nuestro país, no pretende ser perdonado, ya que ha cumplido una misión que sólo sería comprensible para unos pocos iniciados.

Pero no se limita a esto, sino que además intenta desentrañar un hilo conductor de la historia, identificado con una especie de violencia intrínseca del ser humano, que convierte a nuestra especie en ejecutora inconsciente de un mandato sobrenatural. Aplicando este argumento, Borges pretende reivindicar al propio Adolf Hitler, en su condición de agente ciego de esa verdad oculta. 

También la historia de los pueblos –sostiene- registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto”.

Como puede apreciarse, el judaísmo, y sobre todo el cristianismo, y su mensaje de amor y de paz, constituían para Borges una enfermedad que resultaba necesario erradicar. ¿Cómo? A través de la “violencia y la fe de la espada”. Y aunque Alemania haya sido derrotada en la guerra, y Otto Dietrich zur Linde condenado a muerte, esa muerte es celebrada por el escritor como el premio a la misión cumplida. 

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

Por eso Borges concluye en que, de todos modos, la causa de la violencia como práctica excluyente de las relaciones sociales es la que ha conseguido imponerse de todos modos, ya que la condena a muerte del reo es el castigo aplicado a su violencia enfermiza. De este modo, la violencia termina imponiéndose a la razón, conquistando así las mentes de quienes pretendían castigarla. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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