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24 de noviembre de 2019 | Cultura

Tristeza en el mundo del rock

Tomy Loiseau y un adiós que no queremos dar

Perfil de un tipo creativo, laburante y generoso que se fue demasiado temprano, pero haciendo lo que más le gustaba: música.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Provéndola

El periodismo y el rock son dos actividades que nos acostumbran a relaciones golondrinas, encuentros fugaces y anécdotas fuera lo normal. De todo ese inventario, el primero que tuve con Tomy Loiseau se ajusta perfectamente a esas características: fue cerca de la medianoche en los pasillos de un centro cultural en Alto Comedero, barrio periférico de la capital jujeña. Sin planearlo, nos conocimos 1500 kilómetros al norte de nuestras casas, que -después lo supimos- estaban a apenas 30 cuadras de distancia entre sí. 

Yo venía de recorrer la Quebrada de Humahuaca y la Puna durante la semana previa compartiendo unas charlas sobre rock y política y tocando unas canciones en plan fogonero con los próceres del punk argentino Pil Chalar y Tucán Barauskas bajo el nombre de Pilsen, la banda que ambos lideraban. Aunque, en efecto, el verdadero Pilsen (Pil, Tucán, Tomy y el baterista Tulio Pozzio) comenzaba esa misma noche en el centro cultural Jorge Cafrune una gira que los llevaría luego por Salta, Tucumán y Santiago del Estero.

Después de ese show en el Cafrune, la banda tenía arreglado otro toque pocos minutos después en un bar del centro de San Salvador del Jujuy, adonde los acompañé. La noche estaba linda, nos sentamos todos en un balcón a picar y a tomar algo y estuvimos charlando varias horas: Pilsen nunca tocó ni cobró, aunque la tertulia nos mantuvo a todos distraídos y con ánimo. Esa noche descubrí lo mismo que cualquiera que lo conoció: las inquietudes culturales y los conocimientos musicales de Tomy estaban muy por encima del standard de nuestro rock, el cual generalmente se encuentra más bien proclive a frivolidades, deseos de poca monta, pensamientos pomelescos y razonamientos sin demasiada profundidad. 

Al otro día de aquel encuentro en Jujuy, el grupo siguió su camino hacia Salta y yo regresé a Buenos Aires, pero de ahí en más compartimos una intensa cantidad de actividades con Pilsen en las que Tomy era una pieza fundamental por su creatividad, su generosidad y su prepotencia de trabajo: ya sea toda vez que replicábamos el formato de charla más acústico, o bien cuando ellos eventualmente me invitaban a tocar alguna canción, sabía que contaba con él para ajustar cuestiones de sonido, alinear a la tropa y hasta saber en qué lugar del escenario me tenía que ubicar (hay un video donde se nota esto con claridad).

Recuerdo especialmente una actividad de junio pasado en una de las salas de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde doy una materia optativa en la carrera de Comunicación Social sobre cultura rock y Pilsen fue uno de los invitados. Cada integrante de la banda venía de un lugar distinto: Pil Chalar recién llegado de Perú, Tucán Barauskas de su San Nicolás natal y Tulio Pozzio en tren desde La Plata. Tomy, que era el que técnicamente más cerca vivía de la facultad, había estado toda la noche dedicado a un trabajo de urgente entrega, pero así y todo le dio una pausa para venir. A la hora de tocar presenté a cada uno, y de él dije que no sólo era un gran músico y una gran persona, sino también “un docente a su manera, produciendo músicos y enseñándoles caminos y opciones, tal como hacen los grandes maestros”.

Se había armado en su casa de Caballito un estudio de grabación llamado Estocolmo. Ahí grababa y producía piezas publicitarias de distintos clientes, ya que tenía una gran experiencia en producción audiovisual para medios. Pero además hacía lo mismo con las bandas que requerían de sus servicios y especialmente de las dos a las que le ponía su tripa: Pilsen (en la que tocaba el bajo) y sobre todo Mamushkas, liderada y compartida con su amigo Chino Morales desde hace casi dos décadas. 

“Con Mamushkas pasaron un montón de cosas en el camino. Tocamos muchísimo en vivo y sin embargo grabamos poco, casi que un disco cada cinco años, más o menos. Ahora que tengo el estudio en casa queremos revertir eso, aunque en el medio me salieron otros laburos y eso complica los tiempos”, me contó Tomy la última vez que hablamos, el miércoles 13.

Los “cuentapropistas” vivimos las rachas de trabajo como un yin-yan: todo lo bueno tiene algo de malo, y viceversa. “Nunca viene mal en épocas de Macrisis”, decía con esa risa honda de fumador. Sin embargo su conexión con la realidad siempre estaba intacta, y por ese motivo había sacado junto a Mamushkas un adelanto de “El dilema del erizo”, el disco que estaba tramando esta formación co-timoneada con el Chino Morales y completada con Tulio Pozzio de Pilsen y la bajista Jesica Anabel. La canción en cuestión se llamaba “Síndrome de Estocolmo” y la compusieron durante este año, aunque antes de las elecciones. “Después de las PASO tenía miedo de que el tema quedara viejo una vez que Macri perdiera… aunque viendo después que el 40 por ciento de la gente lo votó, creo que se mantendrá más vigente que nunca. Porque eso no se explica únicamente por un ‘gorilismo’, sino, justamente, por el Síndrome de Estocolmo”, me explicaba Tomy en aquella conversación. 

Tomy había sido criado en una casa peronista, a la que luego le sumó sus propias lecturas e interpretaciones generacionales propias de un punk pero de la escuela de Joe Strummer y The Clash (a quien le había dedicado la canción “Flores rojas”): entendía que a la revolución le hacía falta reflexión; y a la resistencia, negociación. Su otro gran faro musical acaso haya sido Johnny Cash (tenía una remera con su cara que le duró años), el tipo que nos demostraba que se podía ser sensible a pesar de las canas, las arrugas y los designios del patriarcado instalado como rémora del poder. Además de ser hijo de Caloi y hermano de Tute, Tomy también es hermano de Aldana, compañero de Sole y papá de Luna, con quien se había dado el gusto de compartir escenario para cantar algunas canciones semanas atrás.

Casi que para armonizar los decibeles y las pasiones en torno a un año electoral picante y agrietado, Mamushkas decidió luego sacar luego de “Síndrome de Estocolmo” otro adelanto (acompañado por un video) bajo el nombre de “Ángel Negro”. “Es un tema más cancionesco, más amable”, sostenía, aunque de todos modos no se quedaba ajeno a discusiones sociales, políticas y regionales. “No entiendo la gente que reacciona tipo ganado, tomando las posturas de sus profetas. Que seas de derecha no significa que debas defender lo indefendible. En Bolivia hubo un claro golpe de estado y se está pudriendo todo porque del otro lado hay resistencia. Y no una resistencia cualquiera, sino una resistencia andina, de pueblos que no se comen ni la punta”, interpretaba. 

“El otro día una cantante contó la anécdota de una nenita indígena boliviana a la que le preguntaron qué quería ser de grande, y ella contestó: ‘Presidenta’. El cambio cultural que se dio allá es muy grande y a muchos parece que les molesta”. Tomy conocía y empatizaba mucho con la cultura andina dada su amplitud intelectual, la mudanza de su hermana a Humahuaca y el vínculo entre su su familia y la de Jaime Torres. Cuando el charanguista falleció, Tomy lo recordó en su Facebook con un bonito texto que, entre otras anécdotas, contaba la siguiente: “Cuando yo era un adolescente y andaba tocando por los tugurios porteños, él, un músico reconocido en todo el mundo, fue el primero que me hablaba como un colega, de músico a músico, con la humildad de los grandes. Y de hecho, apareció varias veces por los sótanos de San Telmo cuando yo tocaba.

También en algún momento por venir de una familia del tango y la defensa de las raíces nacionales, sentía un poco de culpa por tocar música foránea. Y en una charla en su casa me dijo algo así cómo “si vos hablás de las cosas que te pasan a vos y los que te rodean, es música de acá como cualquiera otra”

Solo había una cosa que le hacía perder el registro moderado, dialoguista y componedor: el fútbol. Conociendo su fanatismo por River, le hice en esa última charla un chiste sobre su equipo y el VAR (clásico gaste de bostero herido por la derrotada en la Semifinal de la Copa Libertadores). “Dejate de joder, en ese partido le dieron a Boca más de 30 tiros libres para que tiraran la pelota al área, pero ni así pudieron ganarnos”, dijo, aunque reconoció lo que sostendría cualquier persona centrada y de bien: “El fútbol es un desastre y está cada vez más parecido al boxeo”. A principios de este año había encontrado el diseño que su papá y su tío habían hecho para borrar el mote de “gallinas”: el legendario león con el que River ganó en 1986 no sólo su primera Libertadores, sino si única Intercontinental. 

Dos días antes de una nueva final de River en el certamen continental, Mamushkas tocó en El Emergente del barrio porteño de Almagro para anticipar varias de las canciones que serían parte del disco “El dilema del erizo”. La banda hizo todos los temas que se había propuesto. En el último de ellos, sucedió lo que ya otras notas se encargaron de contar. Su amigo y compañero Chino Morales dijo haberlo visto sonreír incluso minutos antes del momento final. Y así preferimos recordarlo nosotros: del modo que lo vimos siempre y seguiremos viéndolo en cada uno de estos recuerdos. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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