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12 de enero de 2020 | Historia

Golpe al unitarismo

El motín de Arequito, eje de las autonomías provinciales

El 8 de enero de 1820 tuvo lugar el motín de Arequito. Se trató de una sublevación del ejército del Norte contra la autoridad del Directorio, que tuvo lugar en la localidad de Arequito, en la provincia de Santa Fe, y que concluiría con la caída del directorio y la reasunción de la soberanía por parte de las provincias argentinas. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

La historia oficial sistemáticamente condenó este acontecimiento, adjudicándole la responsabilidad de la caída del poder central y la reinstalación de la anarquía y de las guerras civiles en la Argentina. En la práctica, debe interpretárselo como algo muy diferente, ya que fue el disparador para la recuperación de las autonomías provinciales y un certero golpe a las pretensiones hegemónicas del unitarismo porteño, que pretendía colonizar al resto de las provincias bajo su autoridad.  

Si bien el ejército del Norte había sido creado para combatir con los realistas del Alto Perú, una sucesión de derrotas, lo dejó reducido a poco más que una acotada guarnición en la provincia de Tucumán a la espera de la llegada de nuevos efectivos y armamentos para reiniciar las acciones. 

Sin embargo, el Directorio –que por entonces detentaba su autoridad sobre las provincias que habían firmado la independencia en Tucumán-, en ese mismo año de 1816, dio un brusco giro para utilizarlo para aplastar los levantamientos federales en La Rioja y Santiago del Estero y promover un cambio de autoridades en Córdoba. 

El Litoral escapaba a su autoridad, ya que las provincias aceptaban el liderazgo de José Gervasio de Artigas, el “protector de los Pueblos Libres”. Este conglomerado regional había sancionado la independencia en 1815, en el Congreso del Arroyo de la China (Concepción del Uruguay). Entre ambas entidades existía una paz provisoria que el director Supremo Juan Martín de Pueyrredón intentó liquidar en 1818, disponiendo la invasión de Santa Fe a través del ataque simultáneo de un ejército porteño desde el sur, y de una división del ejército del Norte que avanzaría desde Córdoba, a las órdenes de Juan Bautista Bustos

Sin embargo, la apuesta fracasó en toda la línea, ya que el caudillo y gobernador santafesino, Estanislao López, reaccionó inmediatamente, rechazando primero a Bustos y luego al ataque bonaerense. Si bien Pueyrredón envió un nuevo ejército en 1819, nuevamente llevó las de perder, y debió firmar la paz con el gobernador santafesino.

Para entonces, el ejército del Norte se había establecido en la provincia de Córdoba, muy lejos del frente de batalla original. Si bien se esperaba que la paz con López permitiera devolverlo al combate con los realistas, esto no sucedió. Ni Artigas ni el directorio estaban dispuestos a sostenerla. Para Artigas significaba la pérdida de su autoridad sobre López. Para el Directorio, la aceptación del fracaso del proyecto hegemónico porteño. 

Pueyerrdón había sido reemplazado por José Rondeau, quien no hesitó en establecer conversaciones con los portugueses para invadir Santa Fe. También le ordenó al ejército de los Andes, establecido en la zona de Cuyo, y al ejército del Norte trasladarse al Litoral para derrocar a López. Allí San Martín se rebeló, y le contestó con una misiva terminante: "Jamás derramaré la sangre de mis compatriotas y solo desenvainare mi espada contra los enemigos de la independencia". Belgrano, enfermo y debilitado, aceptó en principio la orden, pero resignó el mando en su segundo, Francisco Fernández de la Cruz, quien designó a Bustos como jefe del Estado Mayor. 

Artigas reaccionó inmediatamente, y le ordenó al caudillo y gobernador de Entre Ríos, Francisco “Pancho” Ramírez, que cruzara el Paraná e invadiera el norte de la provincia de Buenos Aires. El entrerriano así lo hizo, para luego retornar a su provincia. 

Rondeau no aceptó la intromisión, y decidió lanzar una ofensiva general contra el Litoral, poniéndose a la cabeza de un ejército porteño, mientras le indicaba a Fernández de la Cruz que se trasladara inmediatamente de Córdoba a las proximidades de Pergamino (provincia de Buenos Aires). Fernández de la Cruz así lo hizo el 12 de diciembre de 1819, pero, a poco de ponerse en marcha se produjo un ataque de fuerzas federales cordobesas y tucumanas para tratar de apoderarse de la provincia mediterránea, que había quedado desprotegida. Sin embargo, la rápida llegada del por entonces coronel José María Paz los puso en retirada. A continuación, el propio “Manco” Paz marchó con sus tropas hacia la provincia de Buenos Aires para participar del ataque contra Ramírez, arribando a las proximidades de Arequito el 7 de enero de 1820.  

Durante la marcha, las tropas de Paz experimentaron la deserción de once soldados. Cuando reportó de lo sucedido a Fernández de la Cruz, sufrió una dura recriminación, por lo que inmediatamente Paz se reunió con Bustos. En sus memorias, Paz afirma que “no había la menor inteligencia, ni con los jefes federales, ni con la montonera santafesina; que tampoco entró ni por un momento en los cálculos de los revolucionarios, unirse á ellos ni hacer guerra ofensiva al gobierno, ni á las tropas que podían sostenerlo; tan solo se proponían separarse de la cuestión civil y regresar a nuestras fronteras amenazadas por los enemigos de la independencia; al menos este fue el sentimiento general más o menos modificado, de los revolucionarios de Arequito”. ​

El 8 de enero, Bustos, como jefe interino del estado mayor general, con el respaldo de los coroneles Paz y Alejandro Heredia, se puso a la cabeza de la sublevación general. Los sublevados se acercaron a las proximidades del campamento de Fernández de la Cruz y le anoticiaron que había un “gran movimiento en el ejército”. Luego de consultar con su estado mayor, Fernández de la Cruz los intimó a deponer su actitud sin éxito, ya que los jefes de la rebelión aseguraron que “no seguirían haciendo la guerra civil” y que retornarían al norte para continuar la guerra contra los realistas. 

Luego de una rápida negociación, los sublevados emprendieron la marcha, sin que Fernández de la Cruz cumpliera su parte del trato, consistente en la entrega de la mitad del armamento y municiones del parque y reses de consumo.  

Bustos le ordenó a Heredia que persiguiera con la caballería a Fernández de la Cruz para exigir lo acordado. En las horas siguientes, numerosos efectivos del regimiento 2, el batallón 10 y de los regimientos 3 y 9, junto varios artilleros, se sumaron a la sublevación. 

Mientras que el ejército de Fernández de la Cruz se desintegraba, una fuerza de entre 300 y 400 montoneros santafesinos atacó su campamento, pero fueron disuadidos por Heredia de mantenerse al margen del conflicto. 

Derrotado definitivamente, Fernández de la Cruz entregó el mando de las tropas a Bustos, quien designó a Heredia como jefe del estado mayor, y envió a López y a Rondeau dos cartas, fechadas el 12 de enero de 1820, en las que explicaba lo sucedido, y su deseo de regresar al frente realista. 

“Las armas de la patria, distraídas del todo de su objeto principal, ya no se empleaban sino en derramar sangre de sus conciudadanos, de los mismos cuyo sudor y trabajo les aseguraba la subsistencia”.

Inmediatamente López envió a su secretario y al general chileno José Miguel Carrera a convencer a Bustos de sumarse al bando federal, sin éxito. Bustos llegó a Córdoba capital a fines de enero. Para entonces, el gobernador Manuel Antonio Castro había renunciado, y desempeñaba el mando interinamente el jefe de los federales, José Javier Díaz. Inmediatamente se convocó a una asamblea que declaró a Córdoba “como provincia soberana y libre (que) no conoce la dependencia ni debe subordinación a otra; que mira como uno de sus principales deberes la fraternidad y unión con todas y las más estrechas relaciones de amistad con ellas, entre tanto todas reunidas en Congreso General se ajustan los tratados de una verdadera federación en paz y en guerra, a que aspira la conformidad de los demás”.

Mientras tanto, en el litoral, Rondeau enfrentó la ofensiva conjunta de Ramírez y de López sólo con sus tropas porteñas, y sufrió una derrota terminante en la batalla de Cepeda, el 1 de febrero de 1820. Una semana después, Rondeau renunció y el Congreso iniciado en Tucumán fue disuelto. En las negociaciones posteriores a la batalla se firmó el tratado del Pilar. Ya no habría orden político unificado, por lo que Buenos Aires debió designar un gobernador. 

La historiografía oficial, redactada por los porteños, definió al proceso iniciado con el tratado del Pilar como “anarquía del año XX”, adjudicándole la responsabilidad del reinicio de las guerras civiles en el Río de la Plata. En la práctica, se trató de una expresión exitosa del descontento de la mayoría de las provincias respecto de la pretensión hegemónica de Buenos Aires, que así reasumieron su soberanía, a la espera de la concreción de un orden político más equitativo. 

El conocimiento del proceso posterior no debe contaminar el análisis del devenir histórico, sobre todo en una problemática como la tensión entre federalismo y centralización que aún no termina de resolverse en nuestro país. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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