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2 de febrero de 2020 | Historia

3 de febrero de 1852

Caseros y la defección de Urquiza 

El 3 de febrero de 1852, el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, al mando del denominado ejército Grande Aliado de América del Sur, puso fin a la extensa y pródiga etapa de la federación rosista, abriendo la puerta al colonialismo liberal. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Un general procedente del bando federal propiciaba las condiciones para el éxito de una empresa que ya habían ensayado infructuosamente Carlos María de Alvear, Bernardino Rivadavia, Juan Lavalle y José María Paz, entre otros. Sólo un par de años después de la gloriosa victoria sobre Inglaterra y Francia en la guerra del Paraná, la traición de un enemigo interno, camuflado bajo una supuesta reivindicación republicana, hacía posible la victoria de una facción liberal desprovista de fuerza suficiente para imponerse por su cuenta. 

Pese a los beneficios que obtuvo Urquiza de su defección -la presidencia de la Nación y un incremento exponencial de sus bienes-, no conseguiría escapar al pronóstico que, algunos años más tarde, en 1863, le formularía su hombre editorialista más destacado, José Hernández: la muerte bajo puñal federal sería la consecuencia natural de su sucesión de traiciones.

Para sus contemporáneos quedaba en claro que, sin la colaboración determinante de Urquiza, el proyecto hegemónico en clave dependiente del liberalismo porteño estaba condenado al fracaso. Durante su extensa gestión, Rosas había desarticulado cada una de las amenazas que se cernían sobre la causa nacional. Unitarios, liberales, bloqueos externos que incluyeron la complicidad de opositores internos –Lavalle, los denominados “Libres del Sur” y la “Coalición del Norte”, sumados a la guerra con la Confederación Peruano Boliviana, durante la agresión francesa de 1837; “El Manco” Paz, los gobiernos de Corrientes y de Montevideo y el dictador paraguayo Carlos Antonio López durante la intervención anglo francesa iniciada en 1845–, la publicista europeizante de la generación del 37, la nefasta acción de los exiliados en los países limítrofes.

Nada de eso había conseguido quebrar la resistencia de Rosas ni mellar su liderazgo nacional. Por esa razón, unitarios y liberales jugaron su última carta a la ambición desmesurada de quien había forjado su liderazgo provincial bajo la tutela del “Restaurador” hasta convertirse en su principal lugarteniente. Algunas de sus acciones durante el bloqueo anglo - francés autorizaban a que los enemigos de la Nación mantuvieran encendida la llama de la esperanza. No estaban equivocados.

El bloqueo anglo-francés iniciado en 1845 había sido considerado como una especie de excursión por parte de los agresores, que descontaban una rápida victoria de la desmesurada fuerza de choque enviada a nuestras tierras. Sin embargo, la heroica gesta de Obligado inició una serie de combates que no sólo dilataron indefinidamente esa resolución, sino que comenzaron a cambiar el curso de la guerra. Luego de más de tres años de un conflicto que paralizó el comercio de exportación a través del puerto de Buenos Aires, los acreedores británicos y franceses manifestaron inocultables señales de fastidio, ya que al clausurarse la actividad comercial los pagos de intereses y vencimientos de la deuda pública nacional habían sido suspendidos. Ese malestar rápidamente se tradujo en presión sobre sus gobiernos, que se vieron forzados a solicitar la paz sin condiciones al gobierno de Rosas, abandonando todas sus exigencias previas. Los acuerdos Arana - Mackau (1849) y Arana - Lepredour (1850) significaron una rutilante victoria del patriotismo nacional, que inmediatamente alcanzó dimensión internacional y convirtió a Rosas en ícono de la lucha anticolonialista.

Paradójicamente este desenlace tan favorable para los intereses de la Nación en su conjunto, en lugar de propiciar la consolidación definitiva de la federación rosista, significó el punto de inflexión hacia su desmoronamiento. En efecto, una vez desarticulada la amenaza bélica, los intereses corporativos locales pasaron a asumir la conducción de la oposición al modelo nacional, con el auxilio del poder financiero internacional y de los estados que garantizaban sus intereses. 

Por su parte, desengañados por el fracaso de dos intervenciones fallidas de las potencias europeas -en 1837 y 1845, los publicistas liberales, y, en especial, Alberdi– se esforzaron para magnificar a través de sus escritos los perjuicios que una política irreductible en defensa de la soberanía nacional imponía a los ganaderos del Litoral. Esa prédica encontró por entonces terreno fértil dentro de una oligarquía que había visto mermados drásticamente sus ingresos durante el bloqueo del puerto, y que, ante la desarticulación experimentada por la vertiente política de unitarios y liberales, no podía temer ninguna sanción concreta de un eventual desplazamiento del “Restaurador", ya que el recambio posible sólo podría producirse al interior del Partido Federal. 

El liderazgo de Rosas transitó del esplendor al abismo sin solución de continuidad. Una serie de actitudes provocativas de la monarquía brasileña, avaladas por Gran Bretaña, forzaron la ruptura de relaciones en 1851, y significaron una señal inconfundible hacia Urquiza de que, en caso de rebelarse, contaría con apoyo externo. Hacia fines de ese mismo año, a través de su tristemente célebre “Pronunciamiento”, el entrerriano se negó a renovar la delegación de las RREE de la federación a Rosas, lo cual significó en la práctica una declaración de guerra. Inmediatamente, el gobernador rebelde pasó a territorio uruguayo con los ejércitos de Entre Ríos y de Corrientes, a los que sumó un fabuloso aporte de tropas y recursos materiales del Imperio Brasileño, numerosos exiliados unitarios y liberales que no querían quedar al margen del reparto del botín de una eventual victoria, y el respaldo moral y financiero de los británicos.

Sin gloria y casi sin lucha, el 3 de febrero de 1852 Urquiza desarticuló de un plumazo el orden federal en la Batalla de Caseros, para reemplazarlo por una constitución y un reparto de poder crecientemente centralista, a la medida de los intereses que comenzaron a operar sobre el puerto de Buenos Aires. Así convertía en realidad otra premonición: el terrible fantasma que el “Libertador” José de San Martín veía cernirse sobre nuestro futuro en tiempos del reciente bloqueo. 

“El deshonor que recaerá en nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”. Un nuevo orden colonial comenzaba a levantarse en suelo patrio. 

Justo José de Urquiza había sido su instrumento. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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