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15 de abril de 2020 | Nacionales

Radiografía

El presidente hippie

El voluntarismo y el éxito político a menudo no van de la mano. El Gobierno Nacional heredó una situación económica, financiera y social catastrófica, que lo dejó en pésimas condiciones para afrontar la pandemia del COVID-19. ¿Cómo podrá resistir?

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Nadie puede reprocharle al presidente Alberto Fernández su falta de compromiso con el trabajo. Su tarea incansable se destaca aún más al contraponerla con la de su predecesor, mucho más propenso al descanso y la recreación que a asumir las responsabilidades que implica la primera magistratura. El problema es que le toca resolver una serie de desafíos en las peores condiciones: no sólo es la pandemia, sino el estado de la sociedad y la economía en la Argentina post Cambiemos en el que debe afrontársela. Y si bien su opción por la vida frente a las exigencias de la economía es valorable desde una mirada humanitaria, en la práctica es muy complicada de sostener en el tiempo.

Por mucho que pueda condenarse moralmente, el capital sólo busca su reproducción ampliada. Es la lógica del sistema capitalista. La pretensión de que los empresarios voluntariamente contribuyan manteniendo sus plantas de trabajadores y pagando religiosamente sus sueldos sin recorte ni quita sólo puede sostenerse en el marco de un estado fuerte y consolidado, o de un gobierno autoritario. No existe ni lo uno ni lo otro en nuestro país.

La decisión de los grandes empresarios de plantarse en la trinchera opuesta a la del gobierno está asociada a la lógica del sistema. Ningún empresario acepta voluntariamente perder capital, sin la amenaza de una sanción que le resulte aún más dañina. El gobierno no está en condiciones de hacerlo. Ni Alberto Fernández se caracteriza por la confrontación como estilo político, ni el poder judicial le responde como para soñar con la aplicación de esas decisiones. Tampoco cuenta con mayorías legislativas automáticas para propiciar cambios profundos en la normativa -más allá de alguna pequeña quita en las acreencias de los que más tienen-, y su gobierno, a consecuencia del reparto que supone cualquier alianza político - electoral, no se caracteriza precisamente por la homogeneidad, ni por adherir a una filosofía o un programa comunes.

Más aún, ni siquiera el funcionamiento indispensable del Congreso Nacional puede garantizarse en el marco de la restricción de la movilidad. Cristina Fernández de Kirchner solicitó a la Corte Suprema autorización para sesionar a distancia. Parece lógico. Pero nadie se anima a anticipar la decisión de los jueces.

Por estas razones el presidente debe estar en todos lados y aparecer tomando todas las decisiones, ya que, por ahora, ninguno de los funcionarios o de las autoridades de la Nación ha optado por salir a cruzarlo. El interrogante es si esta situación seguirá inconmovible.

Las pocas veces en que derivó responsabilidades en sus ministros y funcionarios el resultado fue nefasto. Hasta ahora parece haber bastado con el enojo presidencial y con sus cotidianas apariciones en los medios en las que despliega su capacidad de seducción y su larga experiencia docente. Nadie se animaría a pronosticar hasta cuándo funcionará.

Más allá del respaldo público que recibe Alberto Fernández, la preocupación y el malestar va creciendo. Las grandes corporaciones ya salieron a marcarle la cancha. En concordancia, los grandes medios nacionales incrementan sus críticas y condicionamientos. Las pymes, por más que sus cámaras respalden la gestión presidencial, están con la soga al cuello y a muchas ya las tapó el agua. El macrismo las había arrasado y, a las que consiguieron sobrevivir, las dejó groggys. La mayoría no pudo pagar sus sueldos de marzo. ¿Cómo pretender, entonces, que esto se modifique el mes próximo? Los trabajadores formales experimentan la caída en sus ingresos y la pérdida de capacidad de compra de sus salarios de manera cotidiana. Aprecian a Alberto desde lo sentimental. Sus bolsillos dicen otra cosa.

Ni qué hablar con el caso de los trabajadores informales y de oficios. Sus actividades están imposibilitadas por las restricciones y, aún en el caso de que estas se alivianen, no hay dinero en la sociedad para requerir sus servicios.

Las ayudas de 10 mil pesos son otra solución que terminó generando más problemas y desilusiones. La mayoría de los solicitantes fue rechazado, en la mayor parte sin explicaciones adecuadas o ameritando datos desactualizados de los registros públicos.

En los hospitales públicos la situación es gravísima. En muchos casos, la atención está a cargo de mayoría de practicantes y los médicos deben proveerse los elementos antisépticos indispensables. Circula un petitorio redactado por un reconocido jurista jubilado para ser presentado al presidente, cuya difusión pública no le haría favor alguno.

El sistema educativo expresa el voluntarismo similar, que tras un fin humanitario encubre contradicciones flagrantes. El ministerio de Educación pretende garantizar el ciclo lectivo de manera online, sin que existan las condiciones para llevarlo adelante. Sólo una porción de los alumnos de todos los niveles tiene acceso a internet, ordenadores y convivientes capacitados para acompañarlos en el proceso educativo. Los docentes no están preparados, en su mayoría, para el diseño de materiales y tareas que implica la educación a distancia y ven incrementado el tiempo dedicado a su trabajo, con resultados inciertos. Adicionalmente deben pagar sus propios servidores de internet o adquirir sus paquetes de datos, para sostener las políticas públicas, sin que exista un reconocimiento complementario. Cambiemos cortó el aprovisionamiento de ordenadores para los alumnos y docentes de las escuelas públicas. Hoy la mayoría no dispone de ellas. Aún sin proponérselo, la decisión del ministerio de Educación termina por ampliar la brecha educativa entre incluidos y excluidos.

En la economía las cosas no marchan mejor. Todos aceptan -de manera tácita o explícita- que el día después será apocalíptico. Cuando más se dilate la cuarentena, la gravedad de la crisis se profundizará. Si no se salvan a las empresas no habrá desde dónde iniciar la recuperación. Si se les impide funcionar, sólo quedará su recuerdo.

Mientras que el ministro Guzmán no consigue resultado alguno en la refinanciación de la deuda y varios fondos ya anticiparon acciones judiciales inmediatas, el ministro Kulfas y el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, sostienen una confrontación cada vez menos disimulable. Uno apuesta a la emisión agresiva -lo que potenciaría la inflación-. El otro, a contenerla -lo que incrementaría de manera exponencial la recesión-. Ninguno apunta a la producción. Hoy el dólar superó los 100 pesos. Total normalidad.

Repartir lo que no se produce parece un absurdo hasta del propio sentido común. No lo es, sin embargo, para una gestión que contrapone la vida con la economía.

En un reportaje concedido el pasado fin de semana, el presidente afirmó que era “más hijo de la cultura hippie que de las veinte verdades peronistas”. Esta definición explica muchas cosas.

Y también permite entrever el futuro. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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15 Apr | 09:36
Pesima nota. Vacia decontenido. COmparaciones absurdas con el gobierno anterior, cuando solo lo continua en inoperancia, torpeza, y burradas
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