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30 de mayo de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulos VII y VIII)

De todas las acciones de Aldao en las fuerzas sanmartinianas, ninguna fue tan dramática como la protagonizada en las alturas de los cerros circundantes a Lima, en las postrimerías de 1820 y los comienzos de 1821.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

En la profundidad de las selvas de serranías, desde la populosa Ica hasta los villorios de Huanta y Huancayo, con el auxilio de las fuerzas indígenas reclutadas de manera amistosa o a la fuerza, la Guerra de Republiquetas alcanzaría entonces el máximo desarrollo gracias al instinto depredador de Aldao, su excepcional firmeza en la transmisión de las órdenes y el genio estratégico de que dio muestras en cada una de las acciones. En un amanecer tórrido de la más desapacible de las primaveras, y luego de una reunión de urgencia con sus lugartenientes, Aldao había fijado para siempre la naturaleza y el carácter de sus decisiones guerreras.

- Todo el mando me corresponde -dijo Aldao-. No permito consejos. Vidal o Narvajas harán lo propio con sus hombres. Los caciques y capitanejos me deben obediencia. Cada traición o impericia en la ejecución de las órdenes, será penada con la muerte, y eso los incluye también a ustedes. Destrozaremos a los realistas. Será una acción de tierra quemada. Todos los abastecimientos deben quedar interrumpidos, las cabalgaduras y bagajes sustraídos. Si los matamos de hambre, habremos vencido.

- De eso quería hablarle, capitán -intervino el sargento Parra, un mendocino de la región de Tunuyán-. Los indios no ven con buen ojo la sujeción a la causa. Piensan que eso les va a traer una peste de desgracias. Ayer nomás, el cacique Itol me dijo: “Cuando ustedes se vayan de estas tierras, volverán los españoles, y con ellos, nuestro sufrimiento”.

- El mejor indio, es el indio muerto -replicó Aldao-. Cuando hable con Itol nuevamente, se lo dice. Creo que no he sido claro con ustedes: no hay dudas en nuestras acciones; no hay retrocesos. El que afloje, será enterrado en medio de la quebrada, desnudo y con la cabeza cortada.

- Andan diciendo por ahí que las tropas de Ricafort y Landívar nos superan en número -aventuró Parra después de la amenaza de Aldao.

- Pueden superarnos en número y vituallas, pero los indios conocen el terreno, y nosotros, su gobierno. Es cuestión de tiempo. Lima está condenada. Ricafort y los otros estarán vestidos con miriñaques el año que viene en España. De miriñaque y bailando minué.

Capítulo VIII

Para la época de la “guerra en la sierra”, Aldao usaba botas de potro, un bonete hecho de piel de carnero y el viaje hábito de dominico con las jerarquías del grado. No abandonaba nunca su viejo sable corvo ni la tercerola madrileña. Había suplantado al viejo bayo con un semental de cabos negros. Ataviado de esta manera había defendido el apoteósico ataque al puente de Izcuchaca en febrero del 1821.

La prepotencia amenazante y minuciosa de Aldao encontraba respuesta en el temor reverencial de sus hombres y daba pábulo a una infinidad de historias reales o imaginarias. La llegada del “fraile” a los poblados era seguida del atrancar de puertas y ventanas, el ocultamiento del ganado en los rincones más inhóspitos de la montaña y la aparición de un silencio casi sepulcral en casi todos los habitantes. Aldao reía buenamente con su lugarteniente Medina de tales muestras reverenciales, porque le permitían una sujeción de los hombres casi hipnótica y de pocas renuncias.

- Es mejor que así sea -decía-. Me ahorra cuidados y molestias. Esta gente es muy sencilla. Analfabetos y supersticiosos, me miran como al mismo demonio que ha llegado a sus tierras. No tendría que ser así: sus antepasados guerrearon entre sí y con los españoles, y hasta sacrificaban gentes.

- Se anda diciendo -dijo Medina- que empalamos y quemamos a los desertores de Izcuchaca.

- Que crean esas mentiras -contestó Aldao-. Me ayuda en mi ministerio de guerra en la sierra y atemoriza a los realistas. Usted sabe bien que matamos a algunos indios cobardes, pero no los sometimos a tormento ni suplicio.

En Izcuchaca las cosas habían sucedido tal como lo había dicho Aldao: los indígenas ejecutados fueron trece, y solamente en aquellos casos en los que se había podido probar de manera fehaciente y flagrante el abandono de la defensa del puente. El combate había comenzado a la madrugada. Aldao había dispuesto un cañón en uno de los extremos del puente, y un grupo de treinta fusileros en las cuatro ventanas de una vieja alquería abandonada en las afueras del pueblo. Entre los fusileros había siete indígenas a los que el mismo Aldao había instruido en el manejo del pedernal y la pólvora.

Los realistas eran más de doscientos: tropas de infantería y un pequeño grupo de artilleros, que a falta de cañones con los que atacar a los defensores capitaneados por Aldao, enarbolaron lanzas con los pendones del virrey. Las primeras escaramuzas habían comenzado dos días antes en una selva de altura a dos leguas de Izcuchaca. Aldao había dicho entonces a los milicianos indígenas:

- El terreno es de ustedes: la propiedad y el conocimiento. Piensen en sus hijos y en su libertad. Que ningún realista quede vivo.

Las prevenciones y las amenazas de Aldao tenían origen en la derrota en la pampa de Huancayo a manos del realista Ricafort. En ese combate ante tropas en todo sentido superiores, el escuadrón de Aldao había perdido más de veinte hombres y dejado además cuarenta prisioneros. Ricafort ordenó el fusilamiento admonitorio de seis de ellos y el castigo del látigo y el cepo a los treinta y cuatro restantes. Aldao nunca se habría de perdonar esa derrota. Pocas horas después, y ante la lectura del parte de guerra, había dicho a Medina:

- Por cada uno de nuestros muertos, cuatro de ellos. Esa será nuestra cuota.

Los días posteriores le permitieron la ejecución de esa amenaza. Un domingo de amanecida, y poco antes del rezo dominical con el que instruía a sus hombres, cuatro prisioneros realistas fueron fusilados en una pequeña abra de selva a pocas leguas de Izcuchaca. Aldao mismo despidió a cada uno de los sentenciados con una palmada en los hombros y un tranquilizador: “Esté tranquilo, en unos momentos estará en el Reino del Señor”. Las represalias no continuarían más allá.

- Es suficiente -había dicho entonces Aldao al grupo de indígenas encargado de las custodias-. Vamos a utilizar el resto para intercambiar prisioneros.

- No es lo que usted había dicho hace unos días -dijo desafiante el capitanejo Yansecruz, un indígena asimilado de la región de los llanos.

Aldao acercó su rostro al de Yansecruz, y le contestó:

- No provoque la cólera de sus dioses. El próximo ejecutado podría ser usted mismo. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Yo Aldao, Juan Basterrra

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