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31 de mayo de 2020 | Nacionales

Entre el Pro y los K

En medio de la cuarentena, Alberto juega sus fichas para el 2021

Por delante está la montaña. Justo en el momento tan temido, en el que la curva de contagios del COVID-19 comienza a elevarse y las expectativas de los especialistas se vuelven cada vez más trágicas, la dirigencia política decidió lanzar la campaña electoral 2021.

A falta de propuestas económicas, y en medio de la incertidumbre por la resolución de la renegociación de la deuda, los actores políticos decidieron hacer eje en la cuarentena para posicionarse. Al fin de cuentas, es el tema excluyente del debate mediático nacional.

El que marcó la cancha fue Alberto Fernández. Con un gobierno declinante y sin brújula desde un primer momento, la cuarentena le acercó milagrosamente un programa y condiciones excepcionales para gobernar por fuera de las instituciones. De ese modo consiguió incrementar su imagen a niveles inéditos para la democracia contemporánea argentina. Pero así como subieron comenzaron a deteriorarse a partir de una serie de decisiones desacertadas tomadas por un gabinete mediopelo, sin rumbo ni experticia para capitalizar la situación. 

La oposición se dividió frente a la situación excepcional. Quienes tenían gestión a cargo se acercaron al presidente. Los más recalcitrantes trataron de profundizar la grieta, denunciando el enamoramiento de la cuarentena de Alberto y ninguneando los riesgos reales de la pandemia, con el aporte de los principales oligopolios mediáticos.

Pero lo que realmente fue debilitando la autoridad presidencial fue la cruda realidad del empobrecimiento generalizado de una sociedad ya avasallada por la gestión de Cambiemos, con un estado deteriorado e incapaz de afrontar el financiamiento de las políticas de protección de la vida que pretendió implantar.

Paradójicamente, el crecimiento de la imagen presidencial motivo el recrudecimiento de la presión y de los ataques a ambos lados de la grieta. A punto tal que, en los últimos días, la moderación política que caracterizó la relación entre Alberto Fernández y los gobernadores y el jefe de Gobierno de la CABA comenzó a resentirse.

De un lado, Rodríguez Larreta debió endurecer su discurso a riesgo de quedar desplazado por los referentes del Pro residual, con Patricia Bullrich a la cabeza.

Del otro, la insistencia de Axel Kicillof en echarle en cara las deudas de su gestión a María Eugenia Vidal en actos institucionales compartidos.con el jefe de Gobierno porteño significaron una provocación que ya ha pasado de lo tolerable.

El cristinismo presiona a Alberto para que rompa con la oposición. El sector moderado de la oposición, para que rompa con el cristinismo. Alberto Fernández es un surfista, no un estadista. Es hábil para esquivar las olas, pero incapaz de trazar un rumbo.

A sus más allegados los desvela su indecisión para armar un espacio propio. Santiago Cafiero -cada vez más cuestionado por los ultra K- intenta hacerlo sin mayor éxito. Designa cuadros del Pro en la administración nacional para tratar de cerrar una alianza por derecha, para verse obligado inmediatamente a recular por la presión K sobre el presidente.

Sabiendo que la cuarentena no será eterna, y que deberá salir con cierta dignidad de la trampa en que terminó convirtiéndose, Alberto Fernández comenzó a tratar de recomponer su relación con los gobernadores del Frente de Todos.

En sus raids desaconsejados en tiempo de pandemia insiste en participar de actos públicos en los que no se respetan los requisitos básicos de protección que él mismo ha impuesto. Pero lo peor es que los gobernadores le han perdido la confianza, ya que deshonró la mayoría de los acuerdos sellados antes de su acceso a la presidencia.

Para dar una señal de fortaleza, el presidente salió a desautorizar a la diputada Fernanda Vallejos por su iniciativa de canje de la ayuda estatal por acciones de las empresas auxiliadas, algo que desvelaba a la oposición y a varios gobernadores.

La propuesta de la diputada está avalada por Cristina y por Máximo, y nada tiene de "comunista", ya que es similar a la impuesta por Angela Merkel y por varios gobiernos de Europa Occidental. Qué consecuencias tendrá está decisión entra en el terreno de las especulaciones.

Alberto continúa con su política del tero -grita en un lado y pone los huevos en el otro-: declama en favor de las mayorías, pero recula ante las corporaciones, y termina pagándole los sueldos hasta a la Sociedad Rural.

Al fin y al cabo, su corazón es radical. La orientación de su gobierno hasta ahora, también. 

¿Lo será también su destino?. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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