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20 de junio de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XIII)

Cuatro años agotó Aldao en esos placeres mundanos. En enero de 1817, sus hermanos José y Francisco lo comprometieron para cumplir funciones de capellán en el Ejército de los Andes.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Mendoza era en ese entonces un hervidero de actividad y vida -actividad y vida que serían el preámbulo necesario a un sinfín de muertes- y Aldao sentía como un mandato divino y paterno el llamado a las armas. En la plaza central de la ciudad; en los talleres atestados de fraguas para la preparación de sables, tercerolas, machetes y bayonetas; en los telares extendidos en las aceras; en el movimiento industrioso de los individuos; en el ruido desordenado y permanente de todas las acciones que anuncian la inminencia de los movimientos bélicos, el fraile respiraba un aire, que le parecía, en los mediodías ventosos y desapacibles de aquel verano de 1817, un ensayo definitivo de la bienaventuranza.

 

Faltaba todavía un mes para el bautismo de fuego de Aldao en las alturas de Guardia Vieja, pero el joven fraile comenzaba los preparativos de sus instrumentos de guerra en la fragua del maestro barbero José Antonio Sosa, experto en menesteres de sables, espadas y puñales. En la cercanía del calor de los hornos, la presencia el hierro fundido y las virutas del metal afilado a la piedra despertaban en la imaginación desbordada de Aldao las imágenes del infierno a muchos destinado: un infierno al que se asomaba su alma en las largas noches insomnes; el preámbulo necesario de aquella gesta de la que muchos no verían su desarrollo sobresaltado, ni mucho menos, su final apoteósico.

 

Aldao hizo suyo uno de los sables corvos templados por Sosa. En la hoja de acero hizo grabar la divisa “No me saques sin motivo ni me envaines sin temor”. Recogió también del taller de Sosa dos bayonetas y una tercerola española de manufactura madrileña. En el claustro dominico de San Ignacio veló las armas y las santificó con agua bendita y vino sanjuanino.  Del hábito blanco quitó las inscripciones latinas y las suplantó con un bordado que rezaba: “Muerto por la patria, velaré por sus suelos”.

 

De unos de los cajones inferiores del ropero principal del claustro sacó dos capas de color negro con las que cubrir el hábito. Se vistió lentamente antes de rezar cuatro padrenuestros consecutivos. Se miró en el espejo del ropero: un fraile guerrero de elevada estatura y mirar confiado le devolvía el gesto. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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