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4 de julio de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XV y XVI)

A todas las antiguas violencias en las sierras del Perú, durante la Guerra de Republiquetas, había sobrevivido el amor de Manuela Zarate. Aldao la había conocido en la casa de un patriota peruano, Manuel de Alcara, poco tiempo después de los fragores de Huancayo.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Manuela era una joven criolla de ojos renegridos y cejas pobladas. Dotada de una distinción innata en sus maneras, acompañaba algunas de sus frases ingeniosas con una risa liviana y desenfadada. Las largas trenzas que enmarcaban el rostro estaban atadas con paño de color rojo, y desde los hombros hasta los codos, los brazos estaban cubiertos por estolas indígenas que velaban parcialmente la hermosura de su silueta. En ocasiones vestía sombrero negro y poncho calamaco. De todas las mujeres del poblado de Pasco, ninguna cantaba con tanto encanto los villancicos navideños. El gracejo del acento recogido y cálido de su voz había hechizado el instinto de Aldao desde el primer momento. En un aparte que tuvieron en un balcón de la casa de Alcara, el antiguo fraile le había dicho:

- Nunca pensé que la luna peruana me dejara ver tanta hermosura.

Manuela, que apenas tenía quince años, y no conocía hombre, le respondió:

- En sus tierras son dados a los desvaríos, por lo que veo.

Aldao la tomó entonces del tallo con una presión amortiguada, la atrajo hacia sí, y en el crepúsculo de aquella tarde peruana, la besó por primera vez. Manuela, que no podía imaginar hasta entonces la plenitud de aquellos acercamientos, le dijo:

- Dicen que usted, además de coronel, es cura y borracho, y que le gustan demasiado las mujeres. Lo dicen en mi familia y en el pueblo.

Aldao contestó sonriendo:

- Cura y borracho, pero animoso. Pregunte a los del pueblo y en las sierras qué piensan los realistas del coronel Aldao.

Manuela lanzó la carcajada y dijo:

- No es necesario preguntarlo: usted me gusta mucho.

Aldao y Manuela volvieron al salón de la casa con paso decidido. Dos meses después abandonarían Pasco para siempre.

CAPÍTULO XVI

Me atacan desde el “Iris Argentino”. Dicen que soy un hereje, un fraile apóstata que olvida mi fe y escarmiento a mis hermanos. Es fácil para ellos escribir estas infamias: son hombres de pluma y verbo fácil y embustero; cagatintas. Muy distinto es mi papel en este drama, mucho más arduo su cometido: someter las voluntades contrarias de hombres descarriados e ilusos; armonizar las aspiraciones desiguales de seres variopintos en su procedencia y su cultura. Los curas sanjuaninos, mis propios hermanos de formación y vida, por ejemplo. Quisieron desoír la “Carta de Mayo” de un gobierno probo como el del doctor Salvador María del Carril, llevar al mismo fuego los pliegos sobre los que se expresa el conjunto de ideas de los representantes de un cuerpo legítimo, elegido mediante voto popular y soberano.

Quisiera ver a esos plumíferos -rastreras aves de corral-, aquí, en la frontera sur de la provincia, preparando este escuadrón de Granaderos a Caballo para la lucha final contra los pehuenches. Unitarios cobardes que montan el caballo como las señoritas: de costado y con el miriñaque puesto; asquerosos afeminados de afeites subidos y uñas pulidas. Dejé mis tierras en el Plumerillo para guerrear con los infieles y llevar la paz a toda Cuyo. La recompensa a mi sacrificio es el libelo y la injuria. Mis pequeños hijos son alcanzados también por el tenor de sus diatribas. No importa. Dios, que a todos ve, y que todo juzga, será el garante de mis intenciones y mis actos. Ese es mi consuelo; esa, mi venganza. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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