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11 de julio de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulos XVII y XVIII)

Las acciones en el Combate de Leñas contra la insurgencia unitaria, y el control de los pehuenches en la frontera sur de Mendoza, dos años más tarde, habían sido el preámbulo necesario y violento a la derrota de La Tablada, en la lejana Córdoba, ante los hombres de José María Paz.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Aldao había regresado a Mendoza desde Pasco -a comienzos de 1823- decidido a dejar para siempre el oficio guerrero. En las afueras del  poblado de Plumerillo, a pocas leguas de Mendoza, había comprado un solar con casa de dos plantas, granero, establo y mangrullo. El terreno había pertenecido a un viñatero de San Rafael muerto durante una incursión indígena y a Aldao lo habían seducido el amplio viñedo orientado hacia septentrión, los paseos cubiertos que rodeaban la casa y las tejas romanas que capitulaban la segunda de las plantas. En el comedor principal había colgado los emblemas de sus rangos: dos viejos hábitos de dominico y un soporte de hierro forjado y madera de sándalo con el arcabuz toledano, cuatro facones caroneros de antigua y probada eficacia, el sable corvo toledano y un puñal corto de hoja triangular y punta casi roma. Las piezas para la servidumbre fueron levantadas en el viejo granero. La cocina de grandes dimensiones tenía dos hornos alimentados a leña y una mesa central con tapa de mármol en la que descuartizar a las presas.

Aldao, que era un hombre extremadamente exigente en cuestiones de higiene, había hecho remozar los dos baños con piezas y muebles traídos desde San Rafael. Las paredes fueron blanqueadas a la cal y sobre el piso de ladrillos de la más grande de las dos dependencias se dispuso una bañera exenta con cuerpo de hierro fundido y patas de bronce. Las jofainas de estaño reposaban en los ángulos. Los dos dormitorios para la familia estaban en la plata alta, con balcones hacia poniente, y entre ellos, un pequeño salón con mesas circulares y sillas otomanas en las que entretener los ocios. En el medio del salon, Aldao había ordenado colocar un piano. Era un pequeño instrumento de disposición vertical en el que el antiguo fraile ejecutaba valses aprendidos durante su seminario en Mendoza y Santiago de Chile. Durante la atardecida, y ante un pequeño grupo de vecinos, Aldao acompañaba con el piano la voz melodiosa de Manuela Zarate. El vibrato firme y la sonoridad poderosa en las notas bajas del registro dotaban a la voz de la mujer del fraile de un encanto que seguía perdurando en la memoria de los invitados mucho después de haberse abandonado el salón de la casa, un poco a la manera de aquellos carrillones que, habiéndose acallado el impulso que los dotó de una vida efímera y transitoria en las conciencias de los paseantes, continúan su eco ordenado en el recuerdo de cada uno de ellos.

Desde junio del 23 hasta agosto del 25, la vida de Aldao había transcurrido de manera industriosa y apacible en los dominios de Plumerillo. Las vicisitudes pasadas le parecían entonces al fraile episodios de una vida vivida por otro: destellos antiguos a los que era casi imposible dotar de sentido, unidad, y casi existencia. Las labores de labranza, el cuidado de las vides y la supervisión de los pequeños ganados ovinos de sus tierras, ocupaban, en la conciencia anestesiada del fraile, la mayoría de sus preocupaciones y desvelos. El instinto depredador y violento de Aldao parecía adormecido para siempre, un poco a las maneras de aquellos animales metamórficos que, debiendo ajustar sus necesidades a los cambios que su cuerpo les reclama, entran en un período de quietud y calma, quietud y calma que muchas veces son el preanuncio de renovados furores y nuevas violencias.

El 8 de agosto de 1825, Aldao estaba arreglando cinchas en el alero principal del establo de su propiedad. Lo acompañaban su capataz -un viejo sargento del Ejército de los Andes- y dos labriegos a los que había conchabado en uno de los poblados vecinos hacía apenas un par de semanas. El mate circulaba en la rueda silenciosa del grupo. Del exterior llegaba el sonido asordinado de la lluvia y el canto de algunas aves. En un rincón, cuatro peones erraban una mula joven. Aldao interrumpió las tareas, diciendo:

- Ayer recibí comunicación de mi hermano Francisco. Me habla de una insurrección de los unitarios en San Juan. Con los unitarios están algunos religiosos. Han constituido cabildo y eliminado los poderes. Se me pide ayuda. Mañana a la amanecida, salgo para Mendoza. Andá preparando tus cosas, GarayAldao miró detenidamente al capataz-. No olvides las armas.

CAPÍTULO XVIII

Aldao y su capataz Garay salieron cuatro horas después en dirección a Mendoza. Era una tarde desapacible de invierno y desde las alturas de los cerros distantes los vientos descendentes traían aroma de tomillo y albahaca. En Mendoza fueron recibidos por personal de la guardia del gobernador Juan de Dios Correas. Un teniente que conocía perfectamente a Aldao le dijo:

- Su capataz se queda en el patio. El gobernador lo espera a usted en su escritorio.

- Garay es mi hermano –contestó Aldao-. Entra conmigo.

Detrás del escritorio, y de espaldas a la puerta, estaba Correas. Ordenaba los cuadros de la pared del fondo cuando escuchó los pasos amortiguados de Aldao y Garay. No se dio vuelta de inmediato y dijo a continuación:

- Dichosos los ojos que lo miran -en ese momento enfrentó la mirada de Aldao-. Pensé que seguiría amansando ovejas en sus tierras y que haría oídos sordos a mis pedidos.

Aldao, que estimaba a Correas desde hacía mucho tiempo, le contestó:

- No sé muy bien en que consiste este problema, pero aquí estoy para escucharlo.

- Tenemos un levantamiento en San Juan. Está apadrinado, como probablemente se lo haya explicado su hermano Francisco, por seis monjes rebeldes: cinco clérigos y un fraile. A este último lo conozco, es un buen hombre de apellido Mallea.

- También lo conozco yo -interrumpió Aldao-. Tuvimos misiones comunes hace unos diez años. En una ocasión tuvimos una disputa sobre los Tópicos de Aristóteles y las refutaciones sofísticas. No es necesario aclarar que en tal discusión llevé las de ganar. Eso, sin embargo, no lo oscurece en nada: es un hombre animoso y bravío.

- Eso parece -continuó Correas-. El problema es que sus antiguos compañeros de fe tienen apoyo de algunas personas de Buenos Aires y se han rebelado al poder central hace menos de un mes. Y con su rebelión, animaron a los personajes civiles y militares de la provincia hermana. Quemaron la Carta de Mayo en la misma Sala de Representantes del Congreso de San Juan. Es un problema de vieja data, como usted seguramente sabe: hace cosa de dos años, cuando se sancionó la Constitución provisoria, los religiosos pusieron grito en cielo ante la pérdida de algunos de los privilegios. Creo que usted andaba por ese entonces por el Perú, pero es harto comprobado que los cambios en la relación con el clero trajeron infinidad de otros problemas. Fíjese lo que pasa ahora: el mismo gobernador Del Carril está aquí con muchas de las familias de los miembros gubernativos. Mendoza está llena de sanjuaninos desterrados. La sedición de la que forman parte los clérigos es inaceptable porque puede alentar ánimos adversos en nuestra propia provincia. No vamos a tolerar ese atropello. Debemos actuar: yo, usted, y sus hermanos.

- Lo que usted ordene, CorreasAldao dejó de lado las consideraciones de grado y prevalencia, hasta tal punto estaba convencido de su propia importancia-. No dejaremos impune estos atropellos, estén o no las cosas de Dios entreveradas en ellos.

- Usted sabe que hablé con su hermano José hace unos días –dijo Correas-. Lo nombré como comandante de las fuerzas. Usted será su jefe de estado mayor. Sin misericordia con esos sediciosos. Me los traen engrillados y en pelotas a Mendoza. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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