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1 de agosto de 2020 | Historia

Su desembarco en la presidencia

El “Tío” Cámpora

El 25 de mayo de 1973 Héctor J. Cámpora asumió la presidencia de la Nación tras 18 años de persecución y proscripción del movimiento popular. Los tiempos que siguieron a la caída del gobierno democrático de Juan Domingo Perón (ocurrida el 16 de septiembre de 1955) significaron una dura prueba para el movimiento nacional y popular. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

La dictadura cívico-militar que asumió el poder, encabezada por el general Pedro E. Aramburu y el almirante Isaac F. Rojas, que pomposamente se autoasignó la denominación de “Revolución Libertadora”, pretendió retrotraer la situación a 1943, borrando todo rastro de las políticas de redistribución e inclusión social impulsadas en el marco del gobierno popular. 

La constitución de 1949 fue suprimida, las universidades y la CGT fueron intervenidas, y hasta se prohibió pronunciar los nombres de Perón y de Evita, lucir símbolos o cantar la marcha partidaria.

La nueva tiranía no intentó ocultar su verdadero rostro. Rápidamente la Argentina se integró al FMI, habilitándose así un nuevo saqueo de las riquezas nacionales -característico del liberalismo oligárquico-, mientras que en los basurales de José León Suárez eran fusilados sin juicio previo 27 patriotas, que participaron de un levantamiento cívico-militar fallido, liderado por el general Valle, e inmortalizado por Rodolfo Walsh en Operación Masacre, que pretendía reponer al gobierno popular.

Los años posteriores dieron prueba cabal de la inconsistencia de la nueva alianza oligárquica. Los militares, incapaces de garantizar la gobernabilidad en virtud de sus desaciertos y sus divisiones internas, pretendieron imponer un inconsistente modelo de república vigilada, que condenaba a la proscripción al partido mayoritario. 

De este modo, con el respaldo de una fracción minoritaria del pueblo argentino, las

administraciones civiles de Arturo Frondizi (1958 - 1962) y de Arturo Illía (1963 - 1966) debieron someterse a la tutela de los impacientes procónsules, empecinados en borrar de la faz de la tierra todo rastro del peronismo. 

La culminación anticipada de ambas experiencias abrió paso a una nueva tiranía, esta vez en manos del general Juan Carlos Onganía (1966-1970), quien pretendió convertirse en un émulo del dictador español Francisco Franco, con el respaldo del FMI.

Las políticas de ajuste, la represión y la supresión de la actividad política, lejos de desalentar al movimiento nacional y popular, permitieron sellar su carácter y su espíritu aguerrido. Desde su obligado exilio en España, la figura de Perón se agigantaba, convirtiéndose progresivamente en el gran árbitro del drama político nacional. 

En nuestro país, la resistencia peronista se incrementó a través de la acción sindical y del aporte creciente de la juventud, que incluía ahora a una nutrida militancia procedente de los sectores medios y altos de la sociedad, muchos de ellos universitarios, que reconocieron al peronismo como doctrina de liberación nacional.

Clausurada la alternativa de la participación democrática de la sociedad argentina, la militancia clandestina, la lucha armada y la protesta social se convirtieron en los únicos canales disponibles para forzar la retirada de los instrumentos del colonialismo y de la oligarquía nacional. 

A partir de 1969 la tiranía de Onganía, entró en un cono de sombras ante el incremento de la resistencia popular y la acción de la CGT de los Argentinos. Su sucesor, el general Roberto M. Levingston (1970-1971), no consiguió consolidarse, desplazado por un acérrimo antiperonista, el general Alejandro A. Lanusse, quien muy a su pesar debió reconocer públicamente que el peronismo era la única solución para la convulsionada sociedad argentina.

Sin embargo, el último dictador de la autotitulada “Revolución Argentina” ensayó un gesto postrero de desprecio a la soberanía popular, al proscribir la candidatura de Perón.

El viejo caudillo reaccionó ante la provocación con temple de experto ajedrecista, y designó como candidato presidencial a un histórico compañero de lucha, Héctor Cámpora, quien venía desempeñándose como su delegado personal desde 1971. 

La elección significaba un reconocimiento a la lealtad y perseverancia de Cámpora, quien había presidido la Cámara de Diputados entre 1948 y 1952, y sufrido la prisión y numerosos padecimientos a partir de 1955.

Como delegado personal de Perón, Cámpora había tenido un exitoso desempeño. Fue protagonista destacado en la creación de “La hora del pueblo”, espacio que articuló la negativa de las fuerzas políticas democráticas al proyecto original de Lanusse de perpetuarse en el poder. Fiel a su confianza y compromiso con los jóvenes, el “Tío” Cámpora creó la rama juvenil del peronismo, reconociendo el protagonismo adquirido por la juventud en la lucha por la recuperación de la democracia. También gestionó el regreso de Perón en 1972, tras 17 años de exilio, y garantizó el armado de un poderoso frente electoral, el Frente Justicialista para la Liberación (FREJULI).

Las elecciones del 11 de marzo de 1973 significaron un verdadero plebiscito para la candidatura de Héctor Cámpora, quien obtuvo el 49,5 por ciento de los votos. Este resultado convenció a su opositor más cercano, el radical Ricardo Balbín (21,3 por ciento de los sufragios) de la inconveniencia de participar de una segunda vuelta electoral. 

El 25 de mayo de 1973, asumió la presidencia, con la presencia, entre otras personalidades destacadas, del presidente de Chile, Salvador Allende, y de Cuba, Osvaldo Dorticós

El nuevo presidente expresó entonces su deseo de concluir su mandato rodeado del compromiso de compañeros y de opositores, y su determinación firme de hacer, “con honestidad, lo que el pueblo quiere”.

Inmediatamente Cámpora puso manos a la obra. El 27 de mayo sancionó una amplia amnistía para los presos políticos. También impulsó cambios en la cúpula de las FFAA y restableció las relaciones diplomáticas con Cuba, desafiando el bloqueo impuesto por los EEUU. 

Respetuoso de su lealtad con Perón, Cámpora se vio obligado a designar un

gabinete heterogéneo que daba cuenta de la fragmentación interna del movimiento popular luego de 18 años de proscripción. Estas contradicciones quedaron explícitas antes de cumplirse un mes de su gestión, el 20 de junio de 1973, cuando los sectores más reaccionarios tomaron el control del palco oficial en la celebración programada con motivo del retorno definitivo de Perón a la Argentina, y que terminó convirtiéndose en una catástrofe.

El retorno del histórico líder, sumado al fortalecimiento de los sectores más reaccionarios tras la masacre de Ezeiza, debilitaron la situación política de Cámpora, quien finalmente presentó su renuncia el 13 de julio de 1973, tras 49 días de gestión. 

Su alejamiento significó un claro retroceso del papel asignado a la juventud dentro de la estructura partidaria e institucional, en beneficio de la burocracia sindical y de la derecha partidaria, encabezada por José López Rega.

Si bien su relación con Evita nunca había sido buena, ella siempre le reconoció su lealtad a Perón, aunque le incomodaba su sumisión extrema. A la hora de la verdad, con su renuncia, el "Tío" confirmó ambas cosas. 

Una vez más, Evita no se había equivocado. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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