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29 de agosto de 2020 | Historia

Una familia política

El “Pampa” Adolfo Rodriguez Saá, fundador del estado moderno puntano                       

La arquitectura original de peronismo se nutrió de diversas fuentes, cuya síntesis permitió conformar la amalgama del movimiento popular más importante y perdurable de los tiempos contemporáneos. 

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

En su articulación es posible reconocer componentes cristianos, a través de la doctrina social de la iglesia; burocrático - militares, en lo referido al orden, la planificación y la organización; el reformismo social; el sindicalismo; la economía, por medio de la concepción del estado interventor y la subordinación de la economía a las necesidades sociales; el americanismo, etcétera. En lo referido a las alianzas sociales y políticas que se articularon en sus orígenes, se acepta en general la existencia de dos grandes amalgamas, adaptadas a las características de la estructura socioeconómica de las distintas regiones y provincias. En las grandes ciudades –sobre todo del Litoral- resultó natural que la base social del movimiento fuera predominantemente el movimiento obrero organizado, habida cuenta de los procesos de industrialización sustitutiva que se habían constatado a partir de la primera guerra mundial, para luego sumarse los empresarios pymes nucleados en la Confederación General Económica y los pequeños productores rurales, la iglesia y el ejército. En términos políticos, los partidos que habían gozado de protagonismo en las décadas anteriores se organizaron en la opositora Unión Democrática, a excepción de algunos sectores modernizadores del radicalismo que se habían reconocido en las ideas de FORJA en la década de 1930, y el nuevo -y efímero- Partido Laborista. En las provincias del interior -y, sobre todo, en las aquellas que no participaban del modelo agroexportador característico de la Pampa Húmeda-,  el peronismo recibió un aporte preferencial de los partidos conservadores populares, de los sindicatos locales, allí donde existían, y de algunas corporaciones, como la iglesia o las fuerzas de seguridad.                                                                            

De este modo, si bien hubo diferencias marcadas en la composición social del nuevo movimiento entre ambos espacios geográficos, la unidad de conducción, la doctrina justicialista y americanista y la pretensión policlasista que le imprimió Juan Domingo Perón, proveyeron de una sólida amalgama mutua.

Es de destacar que, cuando nos referimos a estos sectores conservadores de las provincias, no debemos dejarnos confundir en lo referido a su mentalidad y sus prácticas, ya que lejos de asumir la matriz reaccionaria que les ha adjudicado habitualmente la mirada eurocéntrica de muchos intelectuales, al asignarles similitud de rasgos con sus similares del otro lado del Atlántico, los conservadores argentinos demostraron a menudo un llamativo progresismo, tanto en el manejo de sus negocios y sus actividades económicas, en el desempeño de las funciones estatales o en la relación establecida con las clases subalternas. Así, por ejemplo, la década del 30, tan cuestionable en lo referido a la práctica sistemática del fraude electoral o a la firma del tratado Roca - Runciman, fue también el momento de creación de las juntas reguladoras de la producción –antecedente fundamental para la creación del IAPI durante el gobierno del general Perón- y de la elaboración del plan de industrialización del ministro Pinedo, vetado finalmente en las cámaras nacionales por los legisladores radicales.

Tal como puede apreciarse, el peronismo de los años 40 y 50 se constituyó de manera pragmática, a partir de una nueva configuración de prácticas, ideas, valores y actores sociales, articulados por la unidad doctrinaria y un liderazgo común. En las provincias que no formaban parte de la Pampa Húmeda, la incorporación de las clases sociales más acomodadas no resulta difícil de explicar, ya que para ellas -a diferencia de sus pares litorales que se beneficiaban del modelo agroexportador- el librecambio constituía una pesada carga que desalentaba el crecimiento económico y la producción local. El estado justicialista, por su parte, precisaba generar las condiciones para proteger al mercado interno de la competencia externa, a los fines de garantizar el pleno empleo  y, con él,  la redistribución social a través del desarrollo del mercado interno y la infraestructura.  A la vez, el concepto de comunidad organizada alentaba la unidad en la diversidad, tomando distancia tanto de la asimilación artificial de los individuos que promovía la sociedad comunista, como de la guerra de todos contra todos que suponía la libre competencia característica del modelo capitalista. Otro aporte de esa tradición cristiana que no deberá desdeñarse es la concepción de la preexistencia del orden social respecto del político, razón por la cual los liderazgos no habrían de ser exclusivamente el resultado de elecciones u otras formas de acción políticas, sino de un reconocimiento social previo de los protagonistas, los “notables”, capaces de transmitir su prestigio al régimen político y garantizar el orden social indispensable para el desarrollo del proyecto popular y el reinado de la justicia social.

El estudio de esas dirigencias conservadoras con mentalidad modernizadora, que imprimieron una matriz proactiva a los estados provinciales ya desde las décadas previas al surgimiento del peronismo, constituye aún una tarea cubierta muy parcialmente por las investigaciones disponibles e, incluso donde se ha trabajado con la biografía de notables y de familias caracterizadas, raramente se ha superado el plano del relato biográfico o la dimensión local. Resulta menester, entonces, avanzar sobre esta combinación entre cierto conservadurismo social, vocación estatal proactiva y aspiraciones de modernización para reconstruir e identificar sus aportes  al proceso de formación del peronismo en la Argentina.

En este artículo, intentaré realizar una aproximación inicial sobre los orígenes sociales, la trayectoria política y la gestión ejecutiva de Adolfo Rodríguez Saa, el “Pampa”, quien parece haber impreso no sólo una matriz innovadora al estado de San Luis, sino que también fue el fundador de una familia política, cuyo protagonismo  político –interrumpido por un largo interregno hasta los años 1980- se proyecta hasta nuestros días.

EL “PAMPA” ADOLFO RODRÍGUEZ SAÁ Y LA MODERNIZACIÓN DEL ESTADO PUNTANO

El apellido Rodríguez Saá se originó a mediados del Siglo XIX, con el casamiento de Feliciana Saá, hija de Francisco Saá y sobrina del caudillo Juan Saá, con un próspero comerciante y político, Benigno Rodríguez Jurado. Por la vía materna, el apellido Saá había desempeñado un manifiesto protagonismo en la vida de la provincia de San Luis. Juan Saá alcanzó notoriedad en el curso del siglo XIX como defensor del federalismo provincial frente a los intentos centralistas de Buenos Aires, tanto durante la gestión del federal Juan Manuel de Rosas como del liberal Bartolomé Mitre, al tiempo que ofreció su valioso aporte a la construcción de la Confederación bajo el liderazgo de Justo José de Urquiza. Se desempeñó como jefe militar, gobernador y caudillo, obteniendo renombre nacional, y también su hermano, Felipe Saá (abuelo del “Pampa”), alcanzaría la gobernación provincial en 1866. Su agitada vida pública quedaría clausurada en 1867, tras ser derrotado a manos del enviado de Bartolomé Mitre, Juan Paunero. Décadas más tarde, el 29 de julio de 1893, el hijo de Juan Saá, Teófilo, participó de la revolución radical que estalló a nivel nacional, y que en San Luis depuso al gobernador Jacinto Videla, miembro del denominado “mendocismo”, expresión política de la oligarquía puntana que respondía al liderazgo de Julio A. Roca. La junta revolucionaria lo designó como gobernador  interino, y poco después fue confirmado por una elección. Si bien en un principio el ministro del Interior, Aristóbulo del Valle, reconoció su designación, su rápido desplazamiento del ministerio nacional trajo aparejada la intervención federal de la provincia, a principios de 1894. 

Por la vía paterna, el “Pampa” era nieto de Carlos Juan Rodríguez, un destacado político federal, e hijo de Benigno Rodríguez Jurado, quien también llegaría a ocupar la gobernación provincial, en 1904. Adolfo Rodríguez Saá nació en San Luis el 19 de octubre de 1876. Recibió el mote de “El Pampa” debido a que su madre, Feliciana Saá, había nacido en las tolderías de los ranqueles, a consecuencia de los vaivenes de la política provincial y nacional del siglo XIX que en ocasiones exigía internarse en territorio indígena en busca de refugio. Según se ha reseñado,  la trayectoria pública de sus antepasados se caracterizó por su protagonismo, su compromiso con el federalismo y las autonomías provinciales, el desempeño de funciones políticas y militares de altísima reputación y una excelente relación con los sectores populares y las tribus de la región. Esto los colocó frontalmente en contra del “mendocismo”, expresión de la oligarquía puntana referenciada en Roca. El debut del “Pampa” en la alta política provincial se constató en el 13 de junio de 1904, cuando participó de una revolución organizada por el Partido Unión Provincial, compuesto por mitristas, ex mendocistas y liberales disidentes, que puso fin a la etapa filo roquista. Poco después asumió la gobernación su padre, Benigno Rodríguez Jurado, quien ya había desempeñado diversas funciones como ministro y diputado nacional antes de romper con los “mendocistas” ligados al PAN. Durante su gestión, que concluyó en 1907, se destacó la promoción de la educación y la cultura.

Dos años más tarde, en 1909, le llegaría el turno de asumir la gobernación al “Pampa”. Su desempeño es realmente llamativo, ya que en sólo cuatro años (hasta 1913), se gestionaron importantes acuerdos que permitieron zanjar las cuestiones limítrofes en disputa con las provincias de Mendoza y la Rioja. Durante su mandato evidenció una marcada preocupación por la cultura: organizó una celebración solemne del centenario de la revolución de mayo, y encargó construir monumentos en honor del general José de San Martín y de Juan Pascual Pringles. También se encargó la redacción de la primera historia general de la provincia de San Luis al profesor Juan Gez.

El “Pampa” Rodríguez Saá impulsó la modernización administrativa de la provincia, mediante la sanción de una ley de Ministerios y la organización de nuevos municipios, como los de Santa Rosa de Conlara, Dixonville, Talita, Bagual y Fraga. Asimismo, y en sintonía con la sanción de la ley Sáenz Peña, se adoptó el padrón electoral de la Nación para las elecciones provinciales.    

Durante su gestión, la obra pública recibió un espaldarazo significativo. Se construyó la casa de gobierno de la provincia y la cárcel de mujeres, así como varias decenas de edificios públicos. También se proveyó de agua corriente a diversas localidades de la provincia, se desarrollaron importantes obras de irrigación y se mejoró significativamente la red de caminos y las comunicaciones.  

El “Pampa” también se preocupó por el desarrollo de la salud pública, por medio de la creación del Consejo Provincial de Higiene, entre varias iniciativas conexas. Su gestión como gobernador nos permite reconocerlo como un actor proactivo, impulsor de la eficiencia y la gestión pública aplicada a la modernización, que en apenas un mandato consiguió imprimir un sello distintivo a su provincia.   

Sin embargo, no se contentó con eso. A poco de concluir su mandato, en 1913, fundó el diario La Opinión de San Luis, cuya extensa trayectoria recién habría de concluir en 2004. Un año después fundó el Partido Demócrata Progresista, del que tomaría distancia en 1918, para fundar entonces el Partido Liberal de San Luis, cuya existencia se extendió hasta la década de 1980. Asimismo se desempeño repetidamente como ministro de Gobierno, y en 1923 fue designado senador nacional, cargo que retuvo hasta el golpe de estado de 1930. Poco después pasó a desempeñarse como juez en los fueros Civil y Comercial de San Luis, hasta que fue elegido nuevamente como senador nacional en 1932, hasta su muerte, ocurrida en Buenos Aires el 16 de junio de 1933.

Si bien el “Pampa” Adolfo Rodríguez Saá no alcanzó a presenciar el surgimiento del peronismo, su origen y su trayectoria personal constituyen en cambio un excelente referente sobre las características que adquirieron algunos sectores de las clases dirigentes de las provincias, y que desmienten la connotación sistemáticamente negativa y reaccionaria que la historiografía académica ha tendido a asignarles. Durante su gestión, la relevancia asignada a la inversión en la obra pública, el impulso de la cultura y la educación, la modernización y racionalización del estado, el impulso de mejoras en las comunicaciones y el sistema de riego, la expansión interior de la provincia, tanto en términos territoriales como económicos, mediante la fundación de nuevas ciudades, anticipan varias de las características esenciales que destacarían al proyecto nacional a partir de 1946. Más allá de estos aportes, sin dudas muy significativos, es posible afirmar que, tal vez sin proponérselo, el  “Pampa” proveyó de una nueva matriz al estado puntano, un sello característico que combina una acendrada defensa de la autonomía, eficiencia burocrática y modernización, con una destacada habilidad diplomática en sus relaciones con otras provincias y con el estado nacional. No resultaría extraña, pues, la exitosa articulación entre la provincia y el proyecto nacional conducido por el general Perón una década más tarde, ni los renovados logros obtenidos en las décadas más recientes de nuestra historia nacional. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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