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5 de septiembre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXIX y XXX)

Tengo la conciencia bien tranquila, porque sé perfectamente que Dios es el garante de mis actos y el testigo de mis intenciones. Además, está el tema de mis mujeres -continuó Aldao-. Eso es algo que nunca me será perdonado: los hombres, por envidia; las mujeres, por defensa.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

La mendicidad de Aldao en la lejana Tarija duró pocos meses. El mismo cura que lo había interrogado en el portal de la Iglesia de San Roque le dio abrigo y comida en una de las dependencias del templo. Los hermanos de la orden apenas podían dar crédito a la historia de Aldao y fueron con la buena nueva a las autoridades civiles del distrito. Esa misma noche, fue organizado un convite modesto al que acudieron algunas de las damas del pueblo, el gobernador con su esposa y siete de los monjes más antiguos de la parroquia. Aldao vistió prendas nuevas después de más de un año y medio de cautiverio y exilio. Algunas horas antes de la cena, un peluquero provisto por la casa gubernativa dio arreglo al cabello desordenado y acrecido por el tránsito de meses y sobresaltos. El bigote volvió a dar al rostro severo del caudillo el tono marcial que lo habría de acompañar hasta la muerte. Aldao vistió además una levita de corte perfecto y paño de astracán regalada por el gobernador. Con esta nueva apariencia, entró al comedor de la recepción. La reacción de los invitados fue de estupefacción: el hombre seguro y firme que atravesaba el pavimento de la sala estaba en completo desacuerdo con el mendigo tímido y oscuro que habían conocido hasta hace apenas unas horas. El primero en hablar fue el abad del convento de San Francisco, fray Rodríguez, quien expresó:

-Hermano, bienvenido a la casa del Señor.

-Muchas gracias por el recibimiento, pero he dejado el ministerio del espíritu hace muchos años. Pretender otra cosa me convertiría en un sacrílego.

-Eso no importa –continuó con tono bondadoso el abad-. La piel oculta en muchas ocasiones el verdadero rostro del alma. No otra cosa ha demostrado su tránsito por las iglesias de nuestra ciudad, además de su tono compasivo y distinguido. Somos muy dichosos de contarlo en nuestra grey.

-Soy Félix Aldao, prisionero liberto de los unitarios de mi país y pecador impenitente. No sé si esos antecedentes convengan a su mesa.

-Todos son bienvenidos a este lugar –intervino una de las damas presentes-. No hacemos distingos con nuestros invitados, presentes o futuros.

-Se los agradezco nuevamente, pero quisiera contarles, si me permiten, el tránsito tortuoso que signa mis años.

Durante la cena y a los postres (regados con los mejores vapores espirituosos de la zona), Aldao refirió detalles de su vida: su formación religiosa en Mendoza y Chile, la apostasía en las proximidades de la lejana Uspallata, el conflicto interno entre su credo y las violencias políticas, su cárcel en Córdoba y el camino hacia el exilio. Solamente calló – considerando, en esto, sobre todo, las presencias femeninas- los hechos de sangre a que estaba acostumbrado y el deseo de venganzas a que lo impulsaba su naturaleza ingobernable.

CAPÍTULO XXX

Los desacuerdos de Aldao con la fe católica continuaron durante toda su vida. El abandono del hábito y el cilicio cotidianos fueron suplantados por persistentes escrúpulos de conciencia y una revisión casi diaria de los pecados y ofensas a los que se creía predestinado. Esto, sumado al furor a que lo impulsaba su voluntad desordenada y febril, lo mantenía en un estado próximo a la cólera y el paroxismo más violentos. Las confesiones amistosas que, en la intimidad de sus conversaciones, intercambiaba con el reverendo Pedro Rodríguez, constituían un alivio pasajero a la culpa siempre recomenzada y al temor supersticioso sobre su destino final. En una ocasión, poco antes de su muerte, y en relación a los actos de caridad a los que se entregaba sin distinciones y sin credo particular alguno, expresó:

-La gente cree que exagero en mis demostraciones de generosidad. Lo que no alcanzan a comprender es que esas muestras son consustanciales a mi espíritu y necesarias a la salvación de mi alma.

-La gente también cree otra cosa, excelencia, y usted bien lo sabe -contestó el reverendo con firmeza-. Se dice que la generosidad de usted procede de la culpa por tantas muertes, y no de las convicciones reales.

-Hemos hablado mucho de este tema, reverendo, y también lo he hablado con el “Huaso” Manrique. Son muchas más las muertes que se me endilgan que aquellas de las que soy responsable. No miento, no exagero ni disminuyo. Allá ellos con sus mentiras. Tengo la conciencia bien tranquila, porque sé perfectamente que Dios es el garante de mis actos y el testigo de mis intenciones. Además, está el tema de mis mujeres -continuó Aldao-. Eso es algo que nunca me será perdonado: los hombres, por envidia; las mujeres, por defensa. De todas maneras, ya estoy acostumbrado. Los unitarios siempre hacen caldo gordo con las sobras. Y en esto, fueron y son todos iguales: Paz, Lavalle o Deheza. Me pueden vencer en una batalla, pero no en la persistencia. Tengo mucho que hacer, padre -concluyó-, vaya usted con el Señor. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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