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19 de septiembre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXXIII y XXXIV)

Me sirvió un té bien cargado y aromático; fue muy gentil ante mi reclamo y me comunicó que en unas semanas el litigio encontraría una solución feliz. Es raro: en ningún momento de mi estadía en su casa estuve tranquilo. Ese hombre tiene algo, como si estuviese poseído. Cuando gané el caballo para irme hasta mi quinta, me temblaba hasta el tuétano.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Soy Lorenzo Barcala. Mañana, a esta misma hora, seré fusilado por los hombres del general Aldao. No hay temor en mí: redacto esta carta final (despacharé otra a mi compadre Timoteo Maradona para el envío del equipaje a mi desgraciada familia) con el ánimo tranquilo y despejado. Se me acusa de traición a la patria y a las provincias de Mendoza y San Juan. Tales acusaciones, que yo rebatí en mis alegatos, son un ardid de los hombres de Aldao: de sus jueces y sus escribas. Yo he sido sentenciado por el fraile mucho tiempo antes. Sus antiguas palabras a Quiroga, “¡cómo no ha matado todavía a este negro!”, son el testimonio cabal de lo que afirmo. 

Mi suerte está echada, pero no reniego de la misma. La vida no es otra cosa que esto: lados de una moneda que dictaminan nuestro destino. Hace poco más de diez años, yo mismo, encargado del pelotón de fusilamiento que dio muerte al chileno José Miguel de la Carrera, y en esta misma plaza en la que seré muerto, alenté al reo enfrentar con ánimo viril el final de sus días. Ahora es mi turno. Moriré de pie y sin banquillo que me soporte: eso es de flojos. Aldao cargará en su conciencia mi muerte vergonzante.

CAPÍTULO XXXIV

Entre el regreso de Aldao desde Tarija y el fusilamiento de Lorenzo Barcala habían pasado más de tres años. El poder de Aldao –operado desde las sombras de su quinta en Plumerillo y desde la Comandancia General de Armas de la provincia- había adquirido una forma proteica que, cambiando de dimensiones, aspecto y sentidos, alcanzaba todas las dimensiones de la vida provinciana. Los actos ejecutivos del gobierno, las deliberaciones constituyentes, la unidad y las divergencias en la vida clerical y los mismos actos públicos y privados, estaban teñidos de un temor –fundamentado o no- que tenía como epicentro las maquinaciones (imaginarias o reales) que el pueblo llano atribuía al antiguo fraile. En una ocasión, un vecino respetado y pudiente de Plumerillo (y al que Aldao profesaba una simpatía genuina y manifiesta) expresó a un grupo de amigos reunidos en una pulpería: 

  -Ayer visité a Aldao. Le hice llegar una ordenanza que pone en disputa unas tierras que tengo a unas diez leguas de San Rafael del Diamante. Me recibió en la biblioteca de su casa. No la conocía. Es de elogiar el orden de la misma y los volúmenes que hermosean la estancia. El general estaba de paisano y me llamaron la atención su estatura y el ancho de sus hombros. Había dos perros que, me explicó, eran viejos cimarrones amansados que había rescatado en una de sus incursiones contra los indios en las proximidades de la Isla de Limay-Mahuida. Le pregunté para que los había traído de tan lejos y me contestó: “Valen mucho. Son fieles como nadie y muy mansos. Me acompañan durante mi insomnio”. Me sirvió un té bien cargado y aromático; fue muy gentil ante mi reclamo y me comunicó que en unas semanas el litigio encontraría una solución feliz. Es raro: en ningún momento de mi estadía en su casa estuve tranquilo. Ese hombre tiene algo, como si estuviese poseído. Cuando gané el caballo para irme hasta mi quinta, me temblaba hasta el tuétano. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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