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26 de septiembre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXXV)

En marzo del 33, poco más de un año después de su regreso desde Tarija, y a seis meses de haber sido nombrado como Comandante General de Fronteras y Armas de la Provincia de Mendoza, Aldao dio inicio al avance de sus tropas desde el Fuerte de San Carlos hasta los confines casi inexplorados del norte patagónico.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

El temor manifestado por el vecino de Aldao era común a muchos de los habitantes de Cuyo. Como tantos otros miedos, la aprensión hacia la figura del antiguo fraile participaba de los prejuicios y las historias imaginarias o reales acerca de su vida. La voz tonante de Aldao, el sentido de irrevocabilidad dado a muchas de sus sentencias y el manejo grave de la gestualidad (facultad aprendida desde muy joven en la práctica de los sermones en el púlpito) colaboraban en la percepción exagerada y temerosa de cada uno de los actos del caudillo. Esto, sin desmedro de las acciones reales y expeditivas a que Aldao se veía impulsado en tiempos en que la violencia y la crueldad eran connaturales a muchos de los actores que, de un lado o del otro, disputaban, en sus cálculos y en sus acciones, una suerte de partida de naipes engañosa, cambiante, la más de las veces sangrienta y de un resultado incierto. 

En marzo del 33, poco más de un año después de su regreso desde Tarija, y a seis meses de haber sido nombrado como Comandante General de Fronteras y Armas de la Provincia de Mendoza, Aldao dio inicio al avance de sus tropas desde el Fuerte de San Carlos hasta los confines casi inexplorados del norte patagónico. La acción, en un todo de acuerdo con sus pares federales Rosas, Quiroga y Estanislao López, tenía como objetivo el amedrentamiento de los “salvajes” y el recupero de “vituallas, seres y víveres” para su devolución a los “sitios de pertenencia”. Las fuerzas comandadas por Aldao estaban constituidas por dos regimientos de caballería –de unos cuatrocientos hombres-: el número 2 de Auxiliares de San Juan, al mando del teniente coronel Nazario Benavídez, y el de Granaderos a Caballo de Mendoza, comandado por el teniente coronel Bernardino Vera. La infantería estaba formada por dos batallones: el número 2 de Auxiliares de los Andes, y el Batallón de Infantería de Mendoza al mando del coronel Jorge Velazco, hombre de guerra y cronista riguroso de los hechos de armas. 

La fuerza expedicionaria de Aldao constituía la columna del oeste en el avance hacia los territorios sureños del país; la columna del centro (encargada de controlar el territorio cordobés y las tierras próximas) estaba comandada por el general Ruiz Huidobro; la columna del este era responsabilidad de Rosas. Facundo Quiroga, expectante en La Rioja, sería el encargado de la Jefatura de Operaciones Generales. A los veinticuatro días de marcha los hombres de Aldao habían alcanzado las proximidades de la Redención del Salado, desde donde el mendocino escribe a Facundo Quiroga: “Quedan en mi poder 57 cautivas, las más de la provincia de San Luis, 133 indios de chusma, 200 caballos de servicio, 120 cabezas entre potrillos y yeguas mansas, 48 chúcaras, 352 cabezas de ganado entre chico y grande y 10.000 cabezas de ganado lanar y caprino”. Se habían dejado atrás el fuerte de La Aguada, Arroyo Hondo, Pichichacay, Chacay (en donde Aldao realizó algunas acciones punitivas en venganza de la muerte de su hermano José), Menuco, Pozos de Tricalcó, Ranquileu, Pichicopal y Cochicó. En el centro de la isla de Limay-Mauida, y mientras espera a la columna del centro comandada por Huidobro (fuerzas que nunca alcanzarían a las de Aldao al desatarse en Córdoba una insurrección que cambiaría para siempre uno de los ejes de la campaña), Aldao delega el mando de las acciones de recupero en el teniente coronel José Antonio Rodríguez. Escribe entonces a Quiroga: “Las fuerzas del teniente coronel salieron de aquí la noche del 7 para sorprender la toldería del cacique Barbón, a unas treinta leguas, río arriba, en la margen del Atuel”. El mismo Aldao ordenaría el empalamiento de Barbón después de muerto. Algunas semanas más tarde, en el paso del Chadileuf, una guarnición de una treintena de hombres es masacrada por una acometida de aborígenes montados. Es el comienzo del fin: la falta de recursos (se comienza a racionar el frangollo de maíz, la carne de caballo y el charque), la invisibilidad de los fantasmales grupos indígenas (expertos en el ataque esporádico y fulminante durante la noche y el amanecer), el abandono de todo tipo de acción conjunta por parte de las tropas de Quiroga y Huidobro (empeñadas en la resolución de los conflictos cordobeses generados por la acción de los hermanos Reynafé), los vientos huracanados de la estación, el descenso alarmante de algunos de los cursos de agua y la dificultad en el traslado de los bienes recuperados, aconsejan a Aldao el regreso definitivo al Fuerte de San Carlos. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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