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10 de octubre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXXVII)

Tenemos de nuestro lado a Lamadrid, Acha y Lavalle. Aldao solo tiene a Rosas, Cuyo y los litoraleños. Además, la amenaza alcanza a los miembros federales del cuerpo. Ya conocemos a ese hombre: no tiene lealtades, salvo aquella que se profesa a sí mismo. 

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Las palabras exageradas de Aldao expresaban el temor padecido por sus enemigos. Pocos días después de la conversación de Correas y el caudillo, ocho miembros de la legislatura provincial -entre los que destacaban José Antonio Estrella, Benito González, Vicente Gil y Juan de Rosas- tuvieron una reunión secreta en la casa del primero. Los días por venir eran, en la representación imaginaria de cada uno de los legisladores, un terreno yermo, misterioso y amenazante. Pocos días antes, Aldao había expresado la necesidad imperiosa de someter todos los ámbitos provinciales al imperio de “Las necesidades de la hora”. También había dicho: “Es la hora de mis conquistadores del desierto”. “Yo estoy dispuesto a hacerles la guerra a los unitarios de todos los modos posibles”, había rematado en una de sus comunicaciones al gobernador delegado Ortiz. Vicente Gil, un unitario de gran inteligencia y maneras exquisitas al que había llegado una de las copias secretas de los pedidos de Aldao, expresó a sus colegas de bancada:

-Tenemos que ser prudentes en el tratamiento a sus reclamos. Voy a redactar un proyecto de acción que, operando de acuerdo a los deseos de Aldao, traicione en su espíritu, que no en la letra, las intenciones de ese asesino. Les pido el mayor de los silencios; las familias y nuestros amigos deben desconocer los términos aquí tratados. En eso se nos va la vida; un solo fallo precipitaría la mayor de las desgracias.

-Pienso lo mismo que usted –respondió José Antonio Estrella-. Debemos dar tiempo a la evolución de los acontecimientos. Los correos oficiosos y secretos que recibimos en las últimas semanas pueden -tratemos de ser prudentes en nuestras apreciaciones- ser un reflejo acertado de las horas. Tenemos de nuestro lado a Lamadrid, Acha y Lavalle. Aldao solo tiene a Rosas, Cuyo y los litoraleños. Además, la amenaza alcanza a los miembros federales del cuerpo. Ya conocemos a ese hombre: no tiene lealtades, salvo aquella que se profesa a sí mismo. 

-En el marco de las deliberaciones debemos mostrarnos ecuánimes y aquiescentes con los pedidos de Aldao –dijo Gil-. No olvidemos el papel verdadero que juegan sus espías. Mientras el fraile viva, ningún mendocino estará seguro, salvo, claro está, los integrantes de su misma familia.

Mientras los legisladores deliberaban secretamente en la casa de Estrella, los hombres de Aldao se aprestan en las proximidades del Fuerte de San Carlos para la resistencia a las fuerzas unitarias que desde la Banda Oriental, Córdoba, el eje norteño de las provincias cordilleranas y las afueras de Buenos Aires coordinan las embestidas destinadas a terminar con el poder de Rosas. Los caminos y el tiempo necesarios a tal anhelo, y el reguero de muertes a lo largo de la patria -el fusilamiento, la decapitación y la exhibición de la cabeza de Mariano Acha el 16 de septiembre de 1841, a manos de los hombres de Pacheco y Aldao, sería una de las tantas muestras del conflicto interminable-, excederían, con mucho, las esperanzas más fervientes y las previsiones más sombrías. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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