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17 de octubre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XXXVIII)

Tengo orden, general, de ejecutarlo”. “No me extraña. Cúmplala”, le respondió Acha. Sacó de su bolsillo el reloj y unas onzas y de su dedo un anillo. Nos dijo: “Repartan esto entre ustedes. Tiren al pecho. Que nadie dude”. Lo fusilaron de espaldas, y arrodillado. De un rancho abandonado se trajo el palo de álamo, donde clavaron la cabeza.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

La decapitación de Acha por septiembre del ‘41, en las proximidades de Posta de la Cabra, a pocas leguas del río Desaguadero, fue un hecho oscuro, despiadado y contradictorio, adjudicado a diecisiete subordinados de Aldao y Pacheco. Durante los trece meses anteriores, las disputas, el estado relativo de los acontecimientos y los padecimientos de miles de hombres en la mayoría de las provincias argentinas habían transformado el escenario de los conflictos en un mapa de lectura difícil, trabajosa e imprevisible. Aldao mismo -dotado de un poder cada vez más omnímodo y voraz- experimentaría los reveses de la fortuna y el movimiento pendular de los acaecimientos: vencido de manera humillante por las tropas unitarias de Mariano Acha en Angaco, tomaría revancha definitiva un mes después con la exhibición de la cabeza del jefe unitario en un palo de álamo de 12 metros de alto y a la vera de un camino de tránsito lento, trabajoso y enlodado. Pocos días antes, los hombres de Acha habían compartido un asado de carne recién matada en un potrero ubicado a pocas leguas de la capital sanjuanina. A la carne habían acompañado centenares de litros de vino robados a las bodegas de la zona, y a la embriaguez nocturna –propiciada por los gritos, los cantos jubilosos y el desorden del más caótico de los carnavales-, el sueño más profundo. Muy diferente era el estado de las tropas federales: en las profundidades de cuatro graneros ubicados en el extrarradio de la ciudad, 470 hombres preparaban las monturas y las armas en medio del silencio y el sigilo más estrictos. Desde los cerros próximos, las embestidas de un Zonda despiadado y descendente, dificultaban la visibilidad nocturna en los mangrullos de las fuerzas unitarias y atenuaban el relincho aquiescente de la caballada de los hombres del general Benavídez a pocas horas del triunfo definitivo. Algunos días antes, Aldao había dicho a sus coroneles y capitanes:

-Quiero la cabeza de Acha. Que se le dé exhibición en el más alto de los cerros. Vengaremos de esa manera, si tal cosa es posible, la muerte de nuestros novecientos héroes de Angaco. Es una orden. No fracasen en el empeño. 

La orden fue cumplida el 16 de septiembre por un pelotón de hombres comandados por un joven teniente de apellido Marín. El relato de la ejecución y decapitación de Acha sería repetido hasta el cansancio por uno de los integrantes de la escolta de Aldao, el veterano Sandalio García:

-El 15 de mañana acampamos en la costa del Desaguadero, hacia el lado de Mendoza. Con nosotros había tres carros con palos altos y sin toldo donde se guardaba a los prisioneros. En el del medio estaba Acha. Era un hombre de barba entera, ojos vivos y prendas de militar y paisano. Tenía un poncho catamarqueño de vicuña. Se lo veía tranquilo. A la noche le acerqué un poco de charque y me dio las gracias diciendo: “Gracias soldado. Que Dios esté con ustedes”. Como a las cinco de la madrugada del día siguiente apagamos los fogones y seguimos camino con la caravana. Yo formaba parte del piquete que escoltaba a los prisioneros. Acha fue montado como mujer, de costado, en un bayo de los más altos. Estaba engrillado de pies y miraba a cada rato el cielo. Me dijo que le gustaban las aves. Hablamos de algunas. Le dije que tenía loros en mi rancho; me habló de los milanos riojanos. Me preguntó a dónde íbamos. Le dije que a San Luis. Unas seis leguas más adelante el teniente que mandaba la partida nos dio orden de bajar al prisionero del caballo mientras le decía: “Tengo orden, general, de ejecutarlo”. “No me extraña. Cúmplala”, le respondió Acha. Sacó de su bolsillo el reloj y unas onzas y de su dedo un anillo. Nos dijo: “Repartan esto entre ustedes. Tiren al pecho. Que nadie dude”. Lo fusilaron de espaldas, y arrodillado. De un rancho abandonado se trajo el palo de álamo, donde clavaron la cabeza. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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