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28 de octubre de 2020 | Nacionales

Cada vez más solo

CFK le suelta la mano a Alberto

La política se compone de palabras, gestos y acciones concretas. La carta que publicó Cristina Fernández en su cuenta de Twitter el lunes pasado levantó polvareda en esos tres niveles de la acción política. No podía ser de otro modo. 

La vicepresidenta elige muy bien cómo y cuándo intervenir, con la precisión de un cirujano. Por eso sus palabras hablan tanto como sus silencios o sus gestos. Y Cristina habló y dijo mucho, pero mantuvo la ambigüedad sobre otras cuestiones y generó la polémica. Sin lugar a dudas, esta publicación fue el hecho político más importante -exceptuando las elecciones del año pasado- desde que anunció su determinación de escoger a Alberto Fernández como candidato a presidente.

Necesariamente un documento de estas características, proviniendo de quién proviene, debía generar polémica y reacciones diversas. Alberto Fernández, pese a su interpretación oficial de que entendía la publicación como un apoyo explícito, en la práctica no queda bien parado. En principio Cristina señala que no lo eligió por su capacidad, sino por llevarse bien con los medios. Resulta imposible leer esa afirmación sin recordar aquella antigua canción de Joan Manuel Serrat: “Yo me manejo bien con todo el mundo”. En cuanto a sus méritos, sólo le reconoció haber secundado a Néstor Kirchner y participar un breve período en su propio gobierno. Estuvo en el lugar indicado en el momento justo.

A continuación señaló algo que debería ser una obviedad, pero tratándose de un presidente elegido por su vice todavía es puesto en duda por muchos. Cristina afirmó que Alberto no es un “títere”, que el actual es el “gobierno de Alberto Fernández” y que él recogerá tanto los méritos como las responsabilidades de un eventual fracaso. Ahora bien, tratándose de un sistema presidencialista extremadamente centralizado como el nuestro, que la vicepresidenta que fue su gran electora salga a explicitar esta situación sólo puede ser entendido como una toma de distancias. Las cosas no venían bien entre ambos. La gestión de Alberto dista de ser exitosa y tampoco consigue generar esperanzas. Más allá de las declaraciones formales del presidente, queda claro que Cristina le soltó la mano.

A lo largo de la publicación, la vicepresidenta le pasa factura a aliados y adversarios. Por un lado  descarga sus cañones tácitamente sobre tres protagonistas clave del entorno más cercano de Alberto: Sergio Massa, a quien le reprocha haber exigido su procesamiento y el de varios miembros de su gabinete, y Vilma Ibarra y Matías Kulfas por haber publicado libros muy críticos de su gestión. Sin embargo, acepta que, para concretar la coalición política, ha debido dejar esas cuestiones a un lado. 

Aquí viene el primero de los gestos. Alberto, quien había declarado que extraía de la carta un apoyo generoso de Cristina, decidió recorrer las cinco cuadras que separan a la Casa Rosada del CCK en compañía de Vilma y de Massa, decisión que sólo puede interpretarse como una respuesta confrontativa a esas declaraciones. Además lo acompañaron Santiago Cafiero –otro de los cuestionados por su capacidad- y Wado de Pedro.

No fue el único gesto. Desde la asunción de Alberto Fernández, Cristina ha evitado las fotos en común. En vano se esperó su participación en el acto de la CGT del 17 de octubre. Lo mismo sucedía con el del 27, aunque en la carta expresó las razones personales por las que no asistiría. El problema es que tampoco participó Máximo Kirchner, quien voluntariamente eligió acompañar a Martín Insaurralde en un acto en homenaje a su padre que se realizó en Lomas de Zamora a esa misma hora. ¿Un homenaje oficial de la presidencia a Néstor con la ausencia de quien fuera su “compañera de vida” y de su hijo, que además preside el bloque de diputados del Frente de Todos?  “Algo huele mal en Dinamarca”, diría Shakespare en Otelo.

Cristina también denunció que hay “funcionarios que no funcionan”. Si es por la evaluación general, de los veintiún ministros del gabinete actual sólo seis o siete escaparían a esta definición. Algunas interpretaciones aseguran que, entre otros, hace referencia a Santiago Cafiero, Marcela Losardo, Matías Lammens, Miguel Pesce y otro que parece haber caído en desgracia últimamente en la consideración de la vice: Martín Guzmán. Otros ven una jugada por elevación para proteger a dos ministros que provienen de la órbita de la vicepresidenta, y que habrían colmado la paciencia presidencial: Tristán Bauer y Juan Cabandié. Si Alberto respondiera a la acusación tácita de Cristina modificando su gabinete daría una sensación de fragilidad conmovedora y recrudecerían las caracterizaciones que lo presentan como un títere. Con sólo una  frase dicha casi al pasar la ex presidenta exigió algunas cabezas y salvó las propias.

Finalmente llega la parte prescriptiva de su discurso. Tras aclarar que no eran sus modos los que molestaban a la oposición sino sus políticas, Cristina ensayó un diagnóstico económico, social y político sombrío. Y reconociendo que no los une el amor sino espanto, recomendó convocar a un amplio acuerdo nacional del que deberían participar empresarios, la oposición, las organizaciones sociales y los medios, a los que les reconoció formalmente su papel determinante en la política y los procesos de formación de la opinión pública. Llamativamente dejó afuera a la corporación que mejor trato tiene con Alberto Fernández y con el que ella siempre mantuvo una relación difícil: los sindicatos. Nada menos que la “columna vertebral del peronismo”, según la definición del general.

Esta convocatoria plantea una controversia. ¿Cristina habilitó a Alberto Fernández para avanzar en  su política de diálogo con la oposición o le impuso una agenda de gobierno? Tanto en uno como en otro caso, una vez más la vicepresidenta pasó a ocupar el centro de la escena, un lugar que le pertenece  por votos y por gravitación propia, y que sólo resigna cuando le parece oportuno.

La oposición interpretó la iniciativa de manera muy favorable, como una decisión implicada en una visión cruda de realpolitik. Si bien Mauricio Macri difícilmente participaría de la convocatorios, tanto Miguel Pichetto como “Lilita” Carrió explicitaron o dieron señales de avalar la convocatoria. A través de Carlos Pagni, La Nación elogió la iniciativa. Desde el oficialismo, en cambio, hubo pluralidad de lecturas. Tal vez la misma pluralidad que, hasta ahora, ha impedido convertir una alianza electoral en una coalición de gobierno.

Jugó la Dama. ¿También cantó jaque?. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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