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31 de octubre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XL)

En marzo de 1842, algunos meses después de la ejecución de Mariano Acha en la frontera con San Luis, Aldao había emprendido un viaje secreto para un encuentro decisivo con los pehuenches asentados en las proximidades del río Colorado.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

A todas aquellas tormentas del destino y la fortuna habían sobrevivido los amores desordenados y sucesivos del antiguo fraile. Manuela Zárate, la peruana, había abandonado la casa matrimonial algunos meses después del advenimiento de la última esposa de Aldao, la riojana Romana Luna. Las amantes de ocasión –amantes que Aldao tomaba pacíficamente en el azar de su tránsito por las tierras recorridas- recibían el mismo trato paciente que el caudillo tributaba a cada una de las mujeres de su vida: el oído siempre dispuesto a las confidencias, una ciencia que no perdía, sino que ganaba con el transcurso de los años vividos, y una práctica de las destrezas, que al no haber sido nunca un motivo presente en las preocupaciones diarias del caudillo, se ejercía de manera desinteresada y generosa. Las mujeres aceptaban maravilladas tales muestras amorosas porque veían en ellas (y en esto consistía el error) una predilección que las señalaba como “elegidas” en los apetitos y la inteligencia de Aldao. Solamente una de entre todas esas mujeres había podido sojuzgar la voluntad inquebrantable del caudillo. Su imagen y el recuerdo imborrable de sus amores habrían de imprimirse de tal manera en el pensamiento de Aldao, que sería a ella, y pocos minutos antes de perder la conciencia, en la antesala borrosa que precede a la muerte, que habrían de ser destinadas las últimas palabras moribundas en el alto camastro que custodiaba la agonía del enfermo.

En marzo de 1842, algunos meses después de la ejecución de Mariano Acha en la frontera con San Luis, Aldao había emprendido un viaje secreto para un encuentro decisivo con los pehuenches asentados en las proximidades del río Colorado. La galera que lo transportaba era escoltada por un batallón de cuarenta y cuatro granaderos entrenados en el arte de la montonera. Con la galera viajaban cuatro carruajes livianos ocupados por infantes y vituallas y un parque formado por el mejor armamento de refuerzo. Aldao mismo portaba un fusil en bandolera y el viejo sable curvo que lo había acompañado en la mayoría de sus gestas. Antes de comenzar el viaje, y al pie del estribo de la galera, había manifestado a su ministro Ortiz:

-Conmigo no podrán como con el compadre Quiroga. Félix Aldao nunca comete errores.

Las palabras de Aldao no habrían de ser desmentidas por los hechos: después de un tránsito de 214 leguas, y en las proximidades de la laguna de Limay-Mauida, el cacique Paillerén había conferenciado con el caudillo en la intimidad de un toldo de cuero de yeguarizo para un acuerdo que estipulaba condiciones de convivencia más pacíficas entre los “huincas” y las tribus aliadas a los pehuenches. A Paillerén acompañaban tres lenguaraces (uno de ellos antiguo desertor de las tropas de Quiroga); los de Aldao eran dos. El “arreglo” estipulaba la sujeción estricta de los grupos indígenas a un perímetro de acción alejado 250 leguas de la capital cuyana. A cambio de eso, Aldao comprometía el envío de unas 900 cabezas de ganado vacuno hasta las proximidades de Limay-Mauida, cuarenta toneles de vino y aguardiente, géneros de varios de los tipos conocidos y la entrega de diecisiete prisioneros utilizados en la edificación de fortines. Como última muestra de la concordia reinante a pocos minutos de haber concluido el acuerdo, Paillerén hizo traer de una toldería cercana una cautiva cordobesa de apellido Iribarne. “Esta mujer le pertenece, general, llévela a sus tierras” dijo Paillerén. Aldao miró a la cautiva: era alta y de hermosas proporciones. Los ojos azules destacaban en la piel bruñida por el sol y las ventiscas. Se llamaba Remigia y había sido maloneada en las proximidades de Córdoba durante el 39. Cinco años de convivencia con los pehuenches no habían cambiado el acento ni la exactitud del lenguaje. A la claridad lunar de la galera que protegía la hermosura de su talle, la cordobesa se entregó al amor de Aldao en un recupero de la pasión que habría de dejar profunda huella en el alma del caudillo. A la madrugada siguiente, y en medio de los preparativos definitivos del regreso a Mendoza, Aldao le dijo:

-Mientras tenga sangre en las venas seré su ángel guardián. En Mendoza tendrá la mejor casa, los sirvientes más devotos y el amor de este hombre. Nunca olvide lo que le digo en este momento. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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