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14 de noviembre de 2020 | Literatura

El caudillo fraile

Yo, Aldao (capítulo XLII)

El tiempo es relativo y todos estamos muertos, pensó. Las deudas, pendientes o no, serían anuladas en la voluntad del Dios omnipotente y compasivo. El bien y el mal serían entonces dos caras necesarias del mismo doblón.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

El domingo 19 de enero de 1845 fue un día destemplado en Mendoza. Habían concluido las copiosas lluvias de las vísperas y en el caserón de Aldao se registraba una actividad amortiguada. En la pieza vecina a la cocina principal, dos sirvientes sanjuaninos de la zona de Ischigualasto remendaban viejos manteles mientras el padre Rodríguez repasaba distraído las oraciones de un breviario. “Es cosa de horas”, había manifestado la tarde anterior el doctor Rivera. Los emplastos manchados con sangre, y los vómitos copiosos de Aldao en el balde de estaño del dormitorio, conformaban una serie ininterrumpida del sufrimiento de la carne, y el reverendo pensó en aquellos pequeños cochinillos que, de niño, había visto sacrificar en el patio del hospicio de su pueblo. De aquellos episodios singulares y crueles volvía a recuperar nítido uno de ellos: otros dos niños y él estaban fregando dos de las mesas de mármol del comedor común del recinto. Por la ventana más grande, el sol de la mañana, distante, pero ya presente en toda su dimensión, dejaba sentir su potencia tiránica en el piso de ladrillos de la estancia. De la calle vecina al hospicio llegaban los gritos de algunos vendedores ambulantes. El niño miró cuatro cuchillos sobre una mesa desgastada en el centro del patio. Sobre la mesa estaban dispuestos algunos cochinillos con las patas atadas. Los estertores de los pequeños animales le parecieron entonces mucho más terribles que la sangre, probablemente, como reflexionó luego a través de los años innúmeros que formaban su vida, porque la sangre es un fluido, rojo sí, pero impersonal, y los estertores eran, por el contrario, el símbolo más elocuente de una vida que se resiste al paso definitivo. El recuerdo era tan antiguo que por un momento dudó de la existencia real del hecho. Se sonrió a sí mismo: cada hora, cada día que pasaba, le traían experiencias semejantes. Todos los episodios le parecían entonces como las hojas de un libro interminable del que no se podía precisar su contenido, velado por la sucesión de una lectura infinita en la que no se vislumbraba nunca el fin y, mucho menos, su lejano comienzo. Rodríguez miró las palmas de sus manos: había pocas arrugas, sí, pero sabía que eso era lo de menos. El tiempo es relativo y todos estamos muertos, pensó. Las deudas, pendientes o no, serían anuladas en la voluntad del Dios omnipotente y compasivo. El bien y el mal serían entonces dos caras necesarias del mismo doblón. Uno de los padres asistentes se acercó en ese momento a la puerta de entrada a la pieza y le dijo:

- El doctor Rivera quiere verlo. Es de urgencia. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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