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12 de diciembre de 2020 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo III)

A las patadas corrieron a los perros amontonados a la entrada y como único pago a la caña que habían tomado y los pesos que robaron de la caja, dibujaron un barbijo profundo y sangrante -con un facón de gavilán en S manoteado a uno de los parroquianos- en la cara del pulpero.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

En ninguna de sus imaginaciones de infancia Francisco Ramírez hubiese presentido el fin que le estaba destinado. A orillas del Uruguay, en Arroyo de la China, miraba pasar las lentas y pequeñas embarcaciones -entre ellas, la de su mismo padrastro- que sorteaban el manto verde y violáceo de los camalotes, y con los ojos entrecerrados - mientras las hojas de los álamos amortecían la hora de la siesta y el piar de los pájaros innumerables tejía una cortina sonora que lo cercaba como un tierno arrullo- pensaba en un destino lejano e incierto que no alcanzaba a precisar su ciencia precaria y vacilante.

Había leído dos libros en sus primeros once años de vida, guiado por el buen juicio del fraile Mariano Agüero, un hombre cejijunto que amaba el buen vino y la cercanía de las parroquianas: un conjunto de cánticos piadosos y una fábula esópica en metro de silva y gran formato, El asno erudito, del extremeño Juan Pablo Forner y Segarra, que escondía celosamente de las miradas severas de sus padres y que nunca alcanzó a comprender del todo. Estas lecturas, sumadas a la socarronería licenciosa y divertida del fraile -que relataba historias de tabernas, amoríos y duelos en la “gran España” con un estilo inimitable y altisonante- poblaban la vigorosa imaginación del niño con escenas imprecisas y coloridas en completo desacuerdo con la verdeante realidad exterior.

Un carpintero santiagueño le había tallado un remedo de sable con la madera noble y dura del palosanto. Durante la siesta, mientras los mayores dormían el copioso almuerzo, corría vertiginosamente entre los árboles jóvenes, grabando la marca de su entusiasmo deslumbrado en los troncos y ramas que lo iban cercando mientras su pequeña y noble voz soltaba insultos a los “lusitanos” que su enfebrecida imaginación imaginaba en aquellos.

Había aprendido a remar a los diez años bajo la mirada conminatoria y amenazante de su padrastro y, a los doce, podía gobernar el derrotero de una chalupa con una maestría que hacía la envidia de los niños vecinos y el orgullo de su familia. Aprendió a distinguir el canto del ñacurutú, el picabuey y el jilguero y conocer las pisadas del yaguarundí, el tatú de rabo y el puma. Antes de los doce, dominaba cualquier bagual, y montaba, como los indios, a pelo. Muchos años después, y ya hombre de recado, utilizaría en su alazán un apero salteño con carona de tigre y puntas de plata sobre él que sucumbiría en su última montonera.

Catorce años después de su nacimiento -el 13 de marzo de 1786- y apenas veintiuno antes de su muerte prematura, su nombre comenzaría a resonar entre el gauchaje entrerriano.

Dos desertores de las armas luso-brasileñas, -hombres pendencieros y con causas de justicia- habían entrado al pueblo lanzando vivas por la corona portuguesa antes de dejar sus cabalgaduras en el palenque de la única pulpería. A las patadas corrieron a los perros amontonados a la entrada y como único pago a la caña que habían tomado y los pesos que robaron de la caja, dibujaron un barbijo profundo y sangrante -con un facón de gavilán en S manoteado a uno de los parroquianos- en la cara del pulpero.

El temor había apagado las candelas en los ranchos vecinos, pero desde la esquina, y antes de que los portugueses, a la salida del boliche, hubiesen ganado la altura de sus pingos, un pequeño muchacho -“el Francisco Ramírez”-, armado con chuza de madera de timbó colorado y punta de tijera, flojo de pilchas, pero duro el semblante, arremetió desde la altura de su tobiano contra los “lusitanos” que siempre había esperado.

Mató a uno, persiguió e hirió al otro -que escapó a la selva de Montiel- y volvió al trotecito a la pulpería, donde habría de entregar al dueño los pesos que le habían robado, y el facón que lo había desfigurado. (www.REALPOLITIK.com.ar) 

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