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26 de diciembre de 2020 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo VI)

Muchos años después de la muerte de Ramírez, los habitantes de Arroyo de la China verían pasar durante los atardeceres la figura severa y delgada de Norberta Calvento.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Vestía un riguroso luto en tela de gro -realzado por ramilletes de hortensias lilas que llevaba prendidos en su pecho- y sobre sus cabellos deslavados por una canicie cinérea portaba una mantilla española de color gris que había pasado a convertirse en un símbolo de su tristeza.

De todas las jóvenes casaderas de Arroyo de la China ninguna como ella reunió en tan alto grado las esperanzas y las promesas. Hija de uno de los principales cívicos del poblado, había aprendido a tocar el piano a los siete años y, a los doce, podía leer de corrido las escasas novelas francesas que habían franqueado -escondidas en pipas de harina y vinos- el riguroso examen de la censura borbónica.

Francisco Ramírez la conoció a los veinticuatro años. En esa época, el joven entrerriano cumplía funciones de correo entre el general José Rondeau y las fuerzas patriotas acantonadas en la Bajada del Paraná y comandadas por el coronel Díaz Vélez, y había llegado a la casa de los Calvento en busca de unas comunicaciones secretas que debía hacer llegar hasta las inmediaciones de Nogoyá. Cuando Norberta abrió la puerta de la casa familiar -una de las pocas que erigía un porte nobiliario entre la humilde proximidad de los ranchos que caracterizaban la arquitectura del lugar- Ramírez quedó tan pasmado ante la belleza de la joven, que olvidó el motivo de su visita y entrecortadamente pidió hablar con el jefe de familia.

Andrés Narciso Calvento -un hombre de buen porte y maneras correctas, y a quien Ramírez adoraba por su valor cívico- hizo pasar al joven a la pequeña biblioteca familiar -guarnecida con librerías de la más pura caoba y que lindaba con un patio interno abrumado de malvones y jazmines- y le dijo:

-Mire bien a mi hija. No encontrará a ninguna como ella, ni siquiera en sueños. Usted es joven todavía, y es probable que no entienda mis palabras, pero recuérdelas cuando tenga decidido sentar cabeza. En este mismo escritorio lo estaré esperando.

Ramírez respondió confuso a la sugerencia paterna pero durante los siguientes meses no hizo otra cosa que pensar en Norberta.

Al cabo de un año regresó a la biblioteca de Calvento y pidió la mano de la hija del cívico.

Hubo cena en la casa esa noche. Se destaparon las mejores botellas españolas, las perdices con macarrones atestaron la lujosa vajilla de mesa, y ni por un momento los circunstantes imaginaron que las dulces expansiones a las que se entregaban los tiernos novios serían las únicas muestras de un amor de tan felices augurios y tan macabro final.

El tiempo, a la manera de un escultor de monumentos fúnebres, destinaría para ambos jóvenes un conjunto exquisito de realizaciones infaustas: el amor de otra mujer y la muerte para Ramírez; la soltería, el oprobio y la infelicidad para Calvento. (www.REALPOLITIK.com.ar) 

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