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3 de enero de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo VII)

Artigas estaba parado frente al río. El Uruguay se deslizaba en una corriente calma, retenida por el tránsito de los embalsados y el surco cambiante de las canoas pescadoras. Paysandú, a sus espaldas, recibía el ocaso en una plenitud de sepias, mientras las borrosas siluetas de los pobladores comenzaban a buscar la incierta seguridad de las casas.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Solamente había luz en la capilla donde habría de realizarse el oficio nocturno. Las órdenes eran terminantes: ningún poblador fuera de sus casas a partir de las ocho, y los candiles, fogones y velas, apagados.

Del otro lado del río, los pequeños vivacs se dibujaban diminutos, acechantes, avivados por hombres de aspiraciones contrarias a los que capitaneaba el capitán oriental. Un dejo de melancolía, que a veces lo sorprendía por las tardes, invadió al militar. Pensó: “Muy pronto gusanos, como todos nosotros. Qué importará al futuro su destino y el nuestro. El pájaro que trina sobre mi cabeza es tan ajeno a nuestro devenir como el tiempo en el que estamos presos”. De estas sombrías cavilaciones lo apartaron la voz marcial de un cabo anunciando la cena de bagre y papas. “Ningún manjar”, pensó Artigas. Escupió en dirección al agua, limpió las botas españolas en el pasto más avanzado de la playa y se dirigió a su puesto con el aire marcial que desde sus mocedades orientales -en las milicias de blandengues- lo había acompañado en su ascendente trayectoria por las armas.

Era una tarde espléndida y átona de febrero de 1811 y habrían de ser necesarios todavía nueve años para que Ramírez lo expulsara de tierras argentinas, poco tiempo después de la Batalla de las Tunas.

El presente era diferente, y Artigas sopesaba, casi cada minuto del día, las implicancias de una decisión ya tomada: la deserción de las fuerzas realistas y su incorporación a las fuerzas de los patriotas que, del otro lado del río, y en ese momento, eran sus enemigas.

Pocos días antes había recibido correos oficiosos redactados por oficiales acantonados en Entre Ríos, que no hacían más que seguir la voluntad expresada por Mariano Moreno en agosto de 1810: “Sería muy del caso atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos consta son muy extensos en la campaña, como por sus talentos, opiniones, concepto y respeto; como son los del Capitán de Dragones don José Rondeau y los del Capitán de blandengues don José Artigas; quienes, puesta la campaña en este tono y concediéndoles facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de la plaza”.

Había que volver con los hombres. Artigas apuró el paso, cruzo la pequeña picada que lo conducía a su puesto de operaciones y fue saludando a cada uno de los soldados y oficiales que lo interceptaban, haciendo votos internos por la salud de todos, y sabiendo, con absoluta certeza, que muchos de ellos serían, y en circunstancias contrarias a las actuales, las victimas de su impiedad. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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José Gervasio de Artigas

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